FESTIVAL DE MÁLAGA 2020

La sombra de Atresmedia es alargada…

Trato de no atender demasiado a mis fantasías para evitarme así momentos desagradables. Sin embargo, la vida se cuela por todas partes, y ocurre que a veces esas fantasías, con su vital magnetismo, se antojan como la única utopía para escapar de una existencia gris. Algo parecido me pasa con las películas, simulacros de vidas posibles para las fábulas que me invento. Y algo muy parecido cuando voy a un festival de cine, donde las opciones vitales se multiplican.

Fantasías y expectativas son lo mismo, sin embargo, estas últimas tienen algo que las acerca a un tipo de realidad un poco más tangible, ya que se basan de un modo u otro, en la experiencia. Cuando uno asiste a un festival de cine tiene la expectativa (o la fantasía) de hallar entre todo su amplísimo escaparate de títulos y secciones, figuraciones, visiones, miradas, en definitiva, épicas distintas que lo proyecten a uno lejos y, en el camino de regreso, haya encontrado “algo”.

Esto puede ser así, o puede ser un espejismo.

Las ninas Revista Mutaciones
Las niñas (Pilar Palomero, 2020)

Es triste pensar que en este festival todos los hallazgos encontrados se puedan contar con los dedos de una mano. Cabría pensar también, que muy probablemente éste no haya sido un buen año en términos cinematográficos, debido a la paralización de la industria del sector a causa de la pandemia, deteniendo, cancelando o aplazando buena parte de la cosecha cinematográfica española. Este pretexto en favor de la crisis le motiva a uno a pensar condescendientemente. Sin embargo, cuando hablaba con los compañeros periodistas que también cubrían el festival, no podía evadir el asombro cuando me decían con cierta ironía, que este año en concreto la calidad de los títulos había “aumentado” muchísimo. – Este año no tiene nada que ver con los anteriores, ¡pero nada! – decían con innegable sarcasmo. Es decir, que con COVID o sin ella, el festival siempre había sido así, o peor. Por lo que, ante semejante paradigma, prefiero rehusar pensar condescendientemente y sospechar que, la ortodoxia insípida de relatos anodinos de obediencia canónica que hegemonizaba la mayor parte de las producciones, se debe a otro tipo de intereses y servidumbres, y que la sombra de Atresmedia es alargada… (patrocinador oficial del festival). Espejismos

Pero terrible es pensar igualmente que, si debido a la paralización de los circuitos de producción, eso provoca una disminución en la selección de títulos españoles (que tiene que ser compensada con mayor presencia iberoamericana que otros años, -ya que se trata de un festival de cine en español- ), y ese factor determine que la calidad del festival “aumente”, estamos hablando de un grave problema (aunque de sobra, por todos conocido): o se hace poco buen cine español, o se hace mucho, e insulso. No obstante, y más allá de prejuicios históricos y criterios que algunos puedan compartir o no, bien es cierto que ésta era la sensación generalizada por muchos de los compañeros de profesión allí presentes.

El diablo entre las piernas Revista Mutaciones
El diablo entre las piernas (Arturo Ripstein, 2019)

Aunque la parrilla de programación de la Sección Oficial la ostentaban las películas más esperadas de los grandes conocidos (y sospechosos habituales): Trueba (que no Fernando) con A este lado del mundo (2020); Bollaín (La boda de Rosa, 2020); Achero Mañas (Un mundo normal, 2020) o Calparsoro (Hasta el cielo, 2020), sus productos (así, en conjunto) no proponían nada más sugerente que una estética temática “atractiva” pero rellena de argumentos planos, sin volumen (Calparsoro diseña un retrato de ascensión al crimen organizado pero desde una espectacularidad abusiva y una virilidad infantil, machista y caprichosa), intentos estériles y muchas carencias (La boda de Rosa ensaya un alegato feminista pero se queda en un artificial panfleto sensiblero). Algunos más vanidosos o con más ínfulas de Netflix que otros, la mayoría de los relatos convivía en un delicado equilibrio entre lo mainstream y lo fútil. Películas para resultar efectivas y empaquetadas para gustar y facturar audiencias. Además, con la paradoja de un inmediato estreno en salas o plataformas. La boda de Rosa se estrenó en cines el mismo día en que tuvo lugar su pase de prensa por la mañana, la de David Trueba al día siguiente de su presentación a prensa o, Los Europeos (Víctor García León, 2020) tres días después en plataformas. Todo este acortamiento de distancias con la recaudación, evidenciaba una indudable estrategia de rendimiento económico para rentabilizar pérdidas, cuestionándose así el valor y función fundamentales de los circuitos clásicos de distribución y exhibición.

Siempre he entendido que un festival de cine ha de saber moverse entre cierta capacidad de riesgo y una visión de conjunto intuitiva y audaz capaz de ofrecer una sólida línea de programación. De alguna manera, saber reunir a las películas con una especial singularidad y atrevimiento que renueve el modelo hegemónico actual, el cual parece haberse instalado en el subconsciente (y no tan sub-) del panorama cinematográfico contemporáneo. El Festival de Málaga parece no saber (o no querer) acercarse o asimilarse dentro de estos paisajes. Inclinado hacia un circuito mucho más comercial y popular, sus apuestas son herederas del discurso canónico oficial en lo referente a argumento, diálogos (sobreexplicativos y connotativos) o la construcción de personajes (arquetípica, estereotipada y según unas convenciones dramáticas de manual). En definitiva, un cine excesivamente pautado, mecánico y muy complaciente con su público (nada exigente), donde el concepto de ‘puesta en escena’ es prácticamente inexistente.

Lua vermella Revista Mutaciones
Lúa vermella (Lois Patiño, 2020)

Por suerte, florecían senderos menos explorados donde se adivinaban exóticas islas como Las niñas (Pilar Palomero, 2020), la nueva película de Arturo Ripstein (El diablo entre las piernas, 2019) o el edípico relato Blanco de verano (Rodrigo Ruíz Patterson, 2020). Todas ellas conformaban un tríptico que, alejado de fórmulas y moldes estériles, contribuían a refrescar la agotada mirada. Películas que rechazan reglas e imposiciones caducas; autoconscientes, que innovan el prototípico lenguaje y lo reinventan tanto formal como temáticamente y que, por ello, saben viajar libremente bajo su propio gobierno.

Filmes igual de identitarios y personales brotaban diseminados por otras secciones del certamen, secciones normalmente arrojadas a los márgenes o en algunas ocasiones, proscritas por los propios asistentes al festival, como eran el caso de ZonaZine (“ZonaSiesta” apodada por sus más devotos enemigos) o la Sección Documental. Allí podías encontrar evocadores films como La ofrenda (Ventura Durall, 2020) o Lúa vermella (Lois Patiño, 2020), joyas ocultas catalogadas bajo la etiqueta de “cine experimental”, cuando en muchas ocasiones no eran ni tan rupturistas ni tan vanguardistas, si no que simplemente proponían una mirada diferente donde, en la mayoría de los casos, solo se trataba de otro modo de concepción representacional, de buscar otro significado a las imágenes, de saber mirar

La ofrenda Revista Mutaciones
La ofrenda (Ventura Durall, 2020)

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