PÁLIDA LUZ EN LAS COLINAS
LA REPRODUCCIÓN PROHIBIDA
La incorporación del cuadro de René Magritte, La reproducción prohibida (1937), al antepenúltimo largometraje de Kei Ishikawa A man (2022) evidencia gran parte de las preocupaciones del cineasta japonés. A esta obra se le añade primero sonido: se escucha de fondo el ruido de la ciudad. El motivo visual se repite constantemente pero no es hasta el final que Ishikawa decide añadir al protagonista como una continuación de dicha pintura. ¿Se puede llegar a conocer a alguien realmente? ¿O siempre quedará una parte del ser que se resista a ser mostrada?
En Pálida luz en las colinas (2025), su último largometraje, Ishikawa decide adaptar la novela homónima del ganador del Premio Nobel de literatura Kazuo Ishiguro. El gesto de este traslado a la gran pantalla no es casualidad. La obra de Ishiguro se construye a través de la selectividad de la memoria, de esa reproducción prohibida. La acción situada en los ochenta explora el recuerdo de una mujer, Etsuko, que vivió su juventud en Nagasaki durante y después de la Segunda Guerra Mundial. El recuerdo borra el dolor; Ishikawa muestra un pasado estético a partir de una mayor saturación y tonos cálidos. Las nubes y la iluminación son demasiado agradables y esa perfección genera desestabilidad. Sin embargo, esta decisión formal termina en cierto forzamiento de la belleza -véase aquella imagen final, inundada de luz, que augura un futuro marcado por el cambio-. La cámara, al contrario, recuerda y evidencia la castrante figura del ideal femenino influenciado por el neoconfucianismo. Etsuko es atrapada por la ventana de la cocina que impide ver su rostro. Es en este espacio reducido donde el cristal traslúcido evidencia su infelicidad matrimonial.

Al igual que sucedía en Gukoroku: Traces of Sin (2016) o en Previously Saved Version (2024), la sociedad expuesta por el cineasta es una fuertemente arraigada en el poder patriarcal y de clase. Los edificios que separan a Etsuko de su amiga Sachiko lo evidencian. Así, como la superioridad moral con la que se juzga “el amigo americano”. Para Ishikawa la identidad esta inevitablemente unida al ambiente y como ocurría en el resto de los filmes mencionados la atención del director diverge hacia los márgenes, hacía lo olvidado por el poder y la historia, ya sea aquel abogado de descendencia coreana o como ocurre en Pálida luz en las colinas poder narrar desde la perspectiva femenina del periodo de posguerra, así como el desplazamiento de la generación que apoyó la guerra. Por ello, suegro y nuera son capaces de verse. Ambos no encajan en el relato oficial.

Poco a poco, el dolor se cuela en la pantalla como la luz que da sentido al título y permite tomar conciencia de lo acontecido, sea a través del plano sonoro, unas cicatrices o, como ocurre al final del filme, a partir del uso del negro y rojo. Nikki, la hija de Etsuko, intenta comprender lo que vivió su madre, de esta forma se irán transitando los diferentes espacios de la antigua casa familiar, recovecos que evidencian el proceso de defensa que genera el cerebro frente a lo traumático -secuencias que se ven afectadas por una puesta en escena demasiado rígida, que nunca terminan de generar contraste frente al recuerdo. En un momento, Nikki le dice a su madre que nunca podrá llegar a conocer exactamente lo que vivió, ¿acaso se puede llegar a conocer a alguien en su totalidad? ¿Incluso a uno mismo? Tal vez la respuesta se encuentre en el cuadro de Magritte.
Pálida luz en las colinas (A Pale View OF Hills, Kei Ishikawa, Japón, 2025)
Dirección: Kei Ishikawa / Guion: Kei Ishikawa / Producción: Miyuki Fukuma, Marta Gmosinska, Hiroyuki Ishiguro, Elizabeth Karlsen, Mariusz Wlodarski, Stephen Woolley / Fotografía: Piotr Niemyjski / Montaje: Kei Ishikawa / Música: Pawel Mykietyn / Reparto: Suzu Hirose, Fumi Nikaido, Yoh Yoshida, Camilla Aiko, Kohei Matsushita, Tomokazu Miura.
