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¡LA NOVIA!

¡LA NOVIA!… ERAN ELLAS

Impulsada por el extraordinario éxito en taquilla de El doctor Frankenstein (James Whale, 1931), Universal Pictures emprendió la producción de una continuación, confiando de nuevo su dirección al mismo cineasta. El resultado fue La novia de Frankenstein (1935): una secuela que, en principio, parecía destinada simplemente a explotar el magnetismo del monstruo interpretado por Boris Karloff. Whale, inicialmente reacio a participar en la película, aceptó regresar al proyecto con una condición fundamental: ejercer control artístico total sobre la película. Dicha libertad creativa permitió al director introducir elementos estilísticos y temáticos que trascendían el mero espectáculo monstruoso. Whale, abiertamente homosexual en un Hollywood puritano, incorporó en su película una serie de guiños y subtextos queer que son ampliamente reconocidos desde la mirada contemporánea: la relación entre Henry Frankenstein y el doctor Pretorius o entre el ciego y el monstruo, el inmediato rechazo de la mujer creada, o la propia construcción camp del personaje de Pretorius. El resultado fue una obra donde la monstruosidad, la diferencia y la marginalidad adquirían resonancias que iban mucho más allá del relato fantástico. La visión de Whale transformó lo que podría haber sido una operación comercial rutinaria en una de las obras más celebradas del cine de terror clásico.

No obstante, esa subversión simbólica convivía con una limitación estructural propia del Hollywood de los años treinta que, a su vez, era el reflejo de la propia sociedad de la época: la marginalización de los personajes femeninos. Como ocurría con frecuencia en el cine de los grandes estudios de Hollywood, los hombres actuaban mientras las mujeres existían principalmente como objeto narrativo, discursivo o, en ocasiones, simplemente decorativo. En este sentido, resulta significativo que el personaje que da título a la película apenas aparezca en pantalla durante los últimos minutos del metraje. Su presencia es breve, casi espectral, reducida a una función simbólica dentro de una historia dominada por figuras masculinas.

¡La novia! Revista Mutaciones

Casi un siglo después, Maggie Gyllenhaal retoma ese imaginario en ¡La novia! (2026) para replantearlo desde una perspectiva radicalmente distinta. Tras incomodar al público y fascinar a la crítica con su ópera prima La hija oscura (2021), Gyllenhaal propone ahora una revisión del mito de Frankenstein desplazando el foco narrativo hacia la figura femenina, históricamente relegada.

Desde su inicio, la película declara abiertamente sus intenciones. Si en la introducción del film de Whale se nos presentaba a una Mary Shelley sumisa ante su marido y Lord Byron (bordando una tela mientras recibe las alabanzas de Byron sobre su obra), en la película de Gyllenhaal una poderosa aparición fantasmal de Shelley (Jessie Buckley) se dirige al espectador para afirmar que la historia que está a punto de desarrollarse es la que ella siempre quiso contar. A partir de ese momento, la escritora decimonónica se funde simbólicamente con su criatura, Ida (también Buckley), en una suerte de posesión narrativa donde la autora y el personaje comparten voz y cuerpo. Ida, que también será llamada Penélope y Penny, se convierte así en el vehículo a través del cual Shelley recupera el relato que ni su época, ni la época del cine clásico, le permitieron desarrollar plenamente.

Lejos de reproducir la iconografía gótica habitual en las adaptaciones de la obra de Mary Shelley, como la recreada recientemente por Guillermo del Toro en su Frankenstein (2025), Gyllenhaal construye un universo visual más cercano al glam-punk que al romanticismo, oscuro y tenebroso. En este nuevo contexto, la historia se traslada al Chicago de los años treinta, donde Ida, una escort vinculada a un grupo de mafiosos, es devuelta a la vida por la doctora Euphronious (Annette Bening) a petición de un monstruo de Frankenstein (Christian Bale) completamente humanizado, melancólico y sorprendentemente educado, cansado de las décadas de soledad que arrastra desde su creación.

¡La novia! Revista Mutaciones

La película se construye a partir de una energía caótica y visceral que atraviesa todos sus niveles formales. Ida es pura intensidad, puro desorden vital, y esa cualidad se refleja tanto en la interpretación volcánica de Jessie Buckley como en la puesta en escena de Gyllenhaal. El montaje frenético, la cámara en mano que sigue a la protagonista en sus convulsiones físicas y emocionales y las apariciones espectrales de Mary Shelley, filmadas en un blanco y negro fantasmagórico, configuran una estética que oscila entre lo real, lo fantástico y lo onírico (y a veces casi lo demoníaco).

Dentro de toda esta agitación, Gyllenhaal también permite que aflore su homenaje al cine clásico. Y al contrario de lo que cabría esperar, dicho homenaje no se dirige al terror gótico de Universal, sino a otro de los grandes pilares del Hollywood clásico: el musical. El monstruo de Frankenstein escapa con frecuencia al cine para ver las películas de su ídolo, un estereotipado Ronnie Reed (Jake Gyllenhaal) que evoca la figura de Fred Astaire. Fascinado por esos elegantes bailarines de la pantalla, el monstruo fantasea con convertirse él mismo en protagonista de ese universo coreográfico, lo que permite a la película introducir inesperados números musicales (momentos en los que resulta inevitable recordar con simpatía el célebre número de baile de Peter Boyle en El jovencito Frankenstein (Mel Brooks, 1974). El cine, de hecho, atraviesa la película como un motivo recurrente: las salas de proyección, los cines de verano, los musicales y la fascinación por las estrellas de la pantalla forman parte del imaginario que impulsa la huida del monstruo y su compañera por Estados Unidos en un viaje que evoca el espíritu rebelde de Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967).

¡La novia! constituye ante todo una reconfiguración de los roles narrativos tradicionales. Allí donde la película de 1935 relegaba a la mujer a un papel casi decorativo, la versión de Gyllenhaal convierte la historia en un espacio dominado por presencias femeninas. La película ya no pertenece al monstruo de Frankenstein ni a su creador. Pertenece a Mary Shelley y su legado literario, a la doctora Euphronious de Annette Bening, a la detective Myrna Malloy de Penélope Cruz, y a todas las mujeres que, dentro del universo del film, se rebelan contra el sistema inspiradas por su heroína, en un movimiento que recuerda a la rebelión colectiva de Joker (Todd Phillips, 2019). Pero sobre todo la película pertenece a la indomable Ida / Penny de Jessie Buckley, cuya presencia transforma radicalmente el significado del mito. Ya no es el apéndice de una historia masculina ni el objeto pasivo de un experimento científico. En esta relectura, la criatura ya no es “la novia de Frankenstein”.  Es, simplemente, ¡La Novia!


¡La novia! (The Bride!, EEUU, 2026)

Dirección: Maggie Gyllenhaal / Guión: Maggie Gyllenhaal / Fotografía: Lawrence Sher / Montaje: Dylan Tichenor / Producción: Maggie Gyllenhaal, Osnat Handelsman-Keren, Talia Kleinhendler, Emma Tillinger Koskoff / Música: Hildur Guðnadóttir / Diseño de Producción: Karen Murphy / Diseño de Vestuario: Sandy Powell / Reparto: Jessie Buckley, Christian Bale, Penélope Cruz, Annette Bening, Peter Sarsgaard, Julianne Hough, John Magaro, Jeannie Berlin, Jake Gyllenhaal.

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