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PILLION

FUGACIDAD ENTRE GASOLINA Y CANDADOS

¿De qué hablamos cuando hablamos de candados y llaves? Esa es una de las incógnitas que plantea Pillion (2025), la ópera prima de Harry Lighton. Collin (Harry Melling), un joven introvertido y aparentemente inofensivo, conoce a Ray (Alexander Skarsgård), un estereotipado motero en su máxima forma: tipo duro, reservado, chulo y atractivo.

Collin empieza a distanciarse de sus gustos, de su familia y de todo lo que hasta entonces había definido su vida. En apenas tres meses experimenta una transformación radical con el único objetivo de complacer por completo a Ray, incluso aceptando un trato físico y psicológico degradante que lleva la relación a extremos propios del BDSM. Hasta aquí, la narrativa podría parecer una historia ya vista en numerosas ocasiones dentro del cine contemporáneo. Sin embargo, Lighton corta de raíz esa aparente familiaridad para abrir el relato a una serie de elementos cinematográficos que permiten pensar el mundo en el que vivimos. La banda motera a la que pertenece Ray establece una división clara: los que llevan una llave colgada al cuello, como él, y los que portan un candado, como Collin. Esa diferencia simbólica habla de las jerarquías que estructuran la vida social, de los roles que asumimos o aceptamos. En ese gesto aparentemente trivial se filtra una lectura más amplia: la de los sistemas de poder que operan de manera soterrada en nuestras sociedades. Lighton sugiere que bajo ciertas dinámicas afectivas se esconden lógicas cercanas al autoritarismo, incluso al fascismo por formas de dominación que muchas veces se camuflan en la normalidad cotidiana.

Pillion Revista Mutaciones

La puesta en escena refuerza esa idea. La oscuridad que rodea a Ray se contagia progresivamente a Collin, y la película queda dominada por una imagen sombría en la que la luz aparece solo en momentos muy concretos. El hogar familiar se convierte en uno de los pocos espacios donde todavía se filtra cierta claridad. En una de las escenas más reveladoras, durante el cumpleaños de Collin, sus padres corren las cortinas para que pueda soplar las velas a oscuras. Mientras le cantan, recibe una llamada de Ray: tiene que ir a hacer la compra para preparar la comida. Ante la presión de la situación y la evidente desaprobación de su madre hacia la relación, Collin se agobia y abre de golpe las persianas del salón, dejando entrar una luz que tanto él como la propia película parecen necesitar. Pero esa luz solo aparece en situaciones límite. La película, como la madre, invita al espectador a preguntarse por los problemas psicológicos que se esconden detrás de estas dinámicas. No se trata solo de por qué alguien abusa de otro, sino también de por qué alguien acepta ser sometido. Esa reflexión se refuerza formalmente a través de una estructura circular y repetitiva empezando y terminando el film con las mismas preguntas que subraya la naturaleza adictiva de la relación.

En ese sentido, la fugacidad de la gasolina y el rugido constante de los motores terminan por convertirse en una metáfora de la propia vida de los personajes. Los planos de carretera, atravesados por el sonido insistente de la moto, construyen una estética donde todo parece avanzar a gran velocidad. La vida ocurre mientras vas a doscientos por hora. El dinamismo y el montaje frenético en los desplazamientos ofrecen pequeñas pistas sobre la mentalidad de alguien que, en apariencia, no siente ni padece. Pero incluso el combustible se agota y necesita ser rellenado. Y en esa lógica de consumo y reposición, también se inscribe la relación entre Collin y Ray.


Pillion (Harry Lighton, 2025)

Dirección: Harry Lighton / Guion: Harry Lighton, Adam Mars-Jones / Fotografía: Nick Morris / Montaje: Gareth C. Scales / Reparto: Alexander Skarsgård, Harry Melling, Brian Martin, Zamir Mesiti / Música: Oliver Coates

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