LA MUERTE DE ROBIN HOOD
La temblorosa luz de las leyendas

Una pequeña planta de moras resiste en mitad de una ventisca. El viento ruge, la niebla engulle el paisaje y una niña se detiene apenas unos segundos para arrancar un par de frutos antes de seguir caminando. A lo lejos, casi devorada por el blanco del invierno, aparece una luz anaranjada. Es una hoguera. Junto a ella espera Robin Hood (Hugh Jackman). Michael Sarnoski apenas necesita unos minutos para condensar el movimiento entero de La muerte de Robin Hood (2026): un mundo donde la materia parece empeñada en borrar toda forma —la nieve, el barro, el frío, la niebla— mientras una pequeña llama insiste en permanecer encendida.
El fuego atraviesa toda la película. Está en las hogueras, en las velas, en los incendios, pero rara vez cumple una función puramente dramática o simbólica. Sarnoski parece interesado en la naturaleza misma de esa luz: una luz irregular, temblorosa, incapaz de iluminar por completo. El fuego nunca revela el mundo con claridad; lo fragmenta, proyecta sombras, deforma los rostros. Sin embargo, es precisamente esa imperfección la que lo convierte en el único punto de referencia posible dentro de un paisaje dominado por el gris. Mientras la niebla diluye los contornos de todo cuanto existe, la llama permanece. Quizá porque las historias nunca han funcionado de otra manera. También ellas iluminan parcialmente. Exageran, deforman, olvidan. Y aun así son el único resplandor al que podemos acercarnos cuando el mundo deja de ofrecer certezas.
Por eso resulta engañoso pensar que es simplemente otra revisión desencantada del mito. Su primera mitad parece prometer precisamente eso: una deconstrucción solemne, embarrada y brutal de la leyenda. El formato panorámico de las grandes epopeyas medievales se llena de cuerpos agotados, sangre y violencia seca. Los héroes ya no cabalgan hacia la gloria; se arrastran por el barro para degollar a sus enemigos. Durante un tiempo, Sarnoski parece complacerse en desmontar la imagen heroica de Robin Hood reduciéndola a carne, heridas y cansancio.
Sin embargo, tras un extraordinario interludio impresionista situado entre la vida y la muerte, la película modifica por completo su respiración. También cambia de formato. El amplio paisaje se repliega y la épica cede el paso a una suerte de pieza de cámara donde el director deja de preguntarse cómo se destruye un mito para empezar a preguntarse qué significa haberlo construido en primer lugar.
Hay un detalle que sostiene prácticamente todo el film. Ningún personaje habla realmente del pasado. Todos hablan de un pasado. La diferencia parece mínima, pero cambia por completo la naturaleza del relato. Los personajes no recuerdan acontecimientos; recuerdan versiones que les han contado. Hablan del amor, de la fe, de la justicia o de la ciencia a través de historias que el tiempo ha ido sedimentando hasta confundirse con la realidad. Incluso Robin, el único que estuvo allí, ya no consigue separar aquello que vivió de aquello que terminó ocurriendo porque alguien decidió contarlo de esa manera. Su propia leyenda ha colonizado su memoria. Las mentiras, las exageraciones y los gestos heroicos han terminado fundiéndose en un único relato cuya verdad resulta ya imposible de reconstruir.

En ese sentido, la película nunca parece especialmente interesada en averiguar quién fue realmente Robin Hood. La pregunta pierde importancia desde el momento en que comprendemos que un mito nunca depende de la fidelidad a los hechos. Lo verdaderamente decisivo es que, una vez una historia ha sido contada suficientes veces, termina adquiriendo una consistencia propia. Ya no importa si sucedió exactamente así, . Lo que importa es que alguien la necesitó para explicar el mundo.
Es ahí donde la película despliega su verdadera dimensión. Más que hablar del mito, habla de nuestra necesidad de fabricar mitologías. De cómo organizamos el caos mediante relatos. De cómo convertimos el dolor en destino, la pérdida en justicia, el miedo en religión o la memoria en identidad. La película parece preguntarse qué historia necesita contarse un ser humano a sí mismo para seguir adelante. ¿Rezamos? ¿Nos refugiamos en un recuerdo? ¿Inventamos una venganza que dé sentido al sufrimiento? Cada personaje encuentra una respuesta distinta, pero todos comparten la necesidad de seguir narrando.
Robin intenta hacer justamente lo contrario. Renuncia a seguir alimentando la ficción que lo convirtió en leyenda y trata de instalarse en un presente desnudo, reducido únicamente a la espera de la muerte. Parece un gesto de liberación, casi un rechazo de todo aquello que le dio forma. Sin embargo, la película termina revelando que incluso ese silencio era otra forma de relato. Cuando llega el momento definitivo, Robin vuelve a la luz, vuelve a contar. Nunca sabremos cuánto hay de verdad en sus últimas palabras, pero la película comprende que esa ya no es la cuestión sino que Incluso para morir necesitamos una historia.
Toda la puesta en escena acompaña esa intuición. La niebla no solo cubre el paisaje; también difumina los cuerpos, los rostros y las identidades. El mundo entero parece resistirse a ser visto con claridad. En los momentos suspendidos entre la vida y la muerte, Sarnoski lleva esa lógica todavía más lejos y la imagen se vuelve casi abstracta. Destellos de luz, rostros deformados y texturas aparecen entremezcladas con las brasas de una hoguera. La película juega por momentos con una cierta teatralidad de ecos bergmanianos, pero nunca termina de instalarse en ella. Cada vez que una imagen amenaza con convertirse en símbolo, otra aparece para desplazarla. Más que construir alegorías, Sarnoski trabaja con resonancias, permitiendo que los motivos visuales se respondan entre sí, apunten a lugares sin clausurar nunca su significado del todo.

Algo similar sucede con el cambio de formato. El paso del panorámico al encuadre casi cuadrado no responde únicamente a una decisión estética, sino a una transformación del propio relato. La película abandona la amplitud de la epopeya para encerrarse en el espacio moral de sus personajes. Paradójicamente, cuanto más estrecho se vuelve el encuadre, más armónicos aparecen los paisajes. Los claros del bosque, los árboles o la textura de la tierra adquieren una serenidad casi pictórica que contrasta con el progresivo derrumbe interior de Robin. La materia permanece. Lo que se desmorona son las historias que intentaban ordenarla.
Quizá por eso La muerte de Robin Hood ocupa un lugar tan extraño dentro del cine estadounidense contemporáneo. Comparte con cierto cine de autor una ambición filosófica y formal, pero rehúye la afectación y el gusto por lo extravagante que a menudo acompaña a ese territorio. Al mismo tiempo, tampoco renuncia a una puesta en escena de resonancias clásicas. Como si quisiera reconciliar dos tradiciones que normalmente avanzan por caminos separados. Es una posición incómoda e irregular por momentos, pero precisamente por eso resulta tan fértil.
Al terminar la película resulta difícil no pensar que Robin Hood nunca fue el verdadero tema de Sarnoski. La pregunta que atraviesa La muerte de Robin Hood no es qué ocurrió con una leyenda, sino qué hacemos nosotros con las leyendas ahora que conocemos perfectamente cómo se construyen. Vivimos rodeados de relatos cuyos mecanismos entendemos demasiado bien. Sabemos cómo nace un mito, cómo se instrumentaliza y cómo puede desmontarse. Sin embargo, seguimos necesitándolos. Quizá porque el problema nunca fue distinguir la verdad de la ficción, sino aprender a vivir sin historias.
En varias entrevistas, Sarnoski ha citado a Bergman y Kurosawa no solo como influencias, sino como cineastas cuyas películas han terminado adquiriendo una dimensión casi mitológica. Ya no nos relacionamos únicamente con sus imágenes; también con el aura que el tiempo ha construido alrededor de ellas. Da la impresión de que La muerte de Robin Hood nace precisamente de esa inquietud. ¿Puede el cine seguir produciendo leyendas en una época obsesionada con desmontarlas? ¿En una época que ya no opera en esos términos? ¿Puede una película aspirar todavía a esa extraña energía que hace que algunas obras dejen de pertenecernos para convertirse en parte de un imaginario común?
Sarnoski no ofrece una respuesta. Apenas deja arder una pequeña hoguera en mitad de la niebla. Una luz frágil y temblorosa, siempre a punto de extinguirse. Quizá las historias nunca hayan servido para mucho más que para eso: no para disipar la oscuridad, sino para hacerla, por un instante, un poco más habitable.
La muerte de Robin Hood (The Death of Robin Hood, EE. UU., 2026)
Dirección: Michael Sarnoski / Guion: Michael Sarnoski / Fotografía: Patrick Scola / Montaje: Andrew Monshein / Reparto: Hugh Jackman, Jodie Comer, Bill Skarsgård, Murray Bartlett, Noah Jupe
