POSESIÓN INFERNAL: EN LLAMAS
La familia y ni uno más

En un momento en el que parece que la idea de la unidad familiar se encuentre a un paso de convertirse definitivamente en dogma, superior en su importancia a las relaciones y el bienestar de quienes la componen, resulta de agradecer la virulenta resistencia que plantea una película como Posesión infernal: En llamas (Sébastien Vaniček, 2026). Sexta entrega de la saga que empezó con la fundacional Posesión infernal (Sam Raimi, 1981) y tercera desde el cambio hacia la seriedad tonal que inició su desvaído remake homónimo (dirigido por Fede Álvarez en 2013), la película de Vaniček recoge algunos de los elementos más o menos sugeridos en la anterior y superior Posesión infernal: El renacer (Lee Cronin, 2023) para potenciarlos como parte fundamental de esta intensa pieza de Grand Guignol cinematográfico.
El rencor fruto de las responsabilidades familiares que se intuía tras el retrato humano y demoníaco de Ellie (Allysa Sutherland) -posesa mayor de la sólida película anterior dirigida por Lee Cronin (que aquí ejerce como uno de los productores ejecutivos) e invitada especial de la segunda escena posterior a los créditos finales del filme- ocupa un espacio central en Posesión infernal: En llamas. Aunque eso conlleva que los elementos de la trama destinados a relacionarse con el resto de la saga parezcan descosidos de su base narrativa, como su formulario punto de partida situado en el lago donde se iniciaba la previa Posesión infernal: El renacer y de la mano de la poseída Jessica (Anna-Maree Thomas), en paralelo con las investigaciones de Joseph Price (Hunter Doohan) sobre las pesquisas de su abuelo respecto al Libro de los muertos: portal de entrada para una serie de violentísimas y crueles entidades conocidas como demonios kandarianos, que pretenden encarnarse en nuestro plano de realidad cotidiana. Cotidianeidad que es parte del desarrollo de la historia de forma mucho más deliberada que en cualquier otra película de la saga cinematográfica, y es que, tras clarificar el objetivo de los posesos respecto a sus futuras víctimas, la película da un brusco salto temporal que deja momentáneamente de lado los aspectos más fantaterroríficos para iniciar el retrato de las violentas relaciones familiares que le servirán de base dramática y terreno de juego narrativo.
Haciendo gala de la habilidad demostrada en Vermin. La plaga (Sébastien Vaniček, 2023) para plantear relaciones personales con rapidez, el cineasta dibuja en pocos, pero certeros, trazos el tenso matrimonio de Alice (Souheila Yacoub) y el agresivo Will (George Pullar), en duro contraste con la amable relación sentimental del hermano de Will, el apocado Joseph (a quien hemos conocido mientras indagaba en las investigaciones de su abuelo sobre el libro de los muertos) y su pareja Thya (Luciane Buchanan). Sobre los hombros de un entregado trabajo actoral, extensible en parabienes al resto de los intérpretes que completan la familia Price, el guion de Vaniček y Florent Bernard da pie a un sepelio marcado por el sentimiento de culpa y vehiculado por un tono mal calibrado entre dramático y bufo. No es hasta un poco más tarde, en el marco de una cena familiar en la que el rencor sedimentado con anterioridad da paso, primero, a una abierta hostilidad de los padres de Will, Edgar (Erroll Shand) y Polly (Maude Davey) hacia Alice, y luego a una explosión de violencia animal, cuando Posesión infernal: En llamas alza el vuelo pese a repetir con escasas modificaciones el mismo esquema una y otra vez gracias a su abrazo a un ritmo febril que no abandona casi en ningún momento.

A partir de la imagen de unos dedos seccionados por la puerta de un coche al cerrarse como punto de inflexión, el filme de Vaniček se configura como una colección de estilizadas set-pieces en las que el montaje de Maxime Caro y la gravedad sonora aportada por Double Trouble devienen aliados fundamentales. Desde ese momento no faltarán planos detalle de objetos que tarde o temprano y muy previsiblemente punzan, atraviesan y despedazan carne humana en idéntica escala de plano, sumándose a algunas imágenes de pulso lírico y otras mucho más numerosas con cuerpos retorciéndose y quebrándose hasta lo surrealista. Vehículos de lucimiento para los kandarianos en los que la violencia intrafamiliar y su normalización, sembradas en las escenas previas de la película y en un conjunto de feos flashbacks se confunden deliberadamente en intenciones con la deparada por las malévolas presencias que torturan los cuerpos de quienes poseen y también los de aquellos a los que dan caza alegremente.
Al contrario de lo ocurrido en buena parte de los títulos anteriores de la saga, y nunca con la claridad de éste que nos ocupa, los hirientes chascarrillos de los posesos en Posesión infernal: En llamas parecen alimentarse de la debilidad, sentimiento de culpa, agresividad y dolor de los miembros de la familia Price. Bajo este principio, aplicado de forma literal, tanto el sórdido hogar que sirve de escenario en el que transcurre buena parte de la película como las salvajes agresiones que ocurren en ella se desvelan como traslaciones al terreno de lo físico de la agresividad con la que el vínculo familiar ha asfixiado a sus habitantes.
Actuando como una sombra de los conflictos familiares, las malévolas criaturas de fuerza y agilidad sobrehumanas que hostigan a los protagonistas humanos de Posesión infernal: En llamas se ceban en los cuerpos que ocupan para sus fines, actuando como demiurgos de una sádica obra de marionetas que explota la familia como origen de todo mal, y ante la que el público asiste entre repelido y fascinado por la agresividad de su tratamiento, aun con algún alivio cómico concentrado en la figura de la abuela Polly (Maude Davey).
Tal vez debido a ese espíritu, entre brutal y lúdico por estilizado a partes iguales, la denuncia hacia la violencia de género que se explicita en su anticlimático tramo final choca con la relación que Posesión infernal: En llamas ha establecido con el espectador durante toda la película. Al centrarse en la violencia en sí misma y dejar de lado lo que lleva buena parte de la película mostrándose como su causa -una tradición familiar violentamente machista que parece condenada a perpetuarse generación tras generación de puro normalizada- su denuncia de palabra resulta pobre ante la intensidad de muchos de sus más agresivos momentos. Aunque existe una posible lectura paralela que llegaría a su conclusión con la ruptura de la cuarta pared que cierra el último plano de Posesión infernal: En llamas antes de entrar en sus créditos finales. Una en la que, tras culminar su arco de transformación como personaje enfrentado activamente a su venenosa familia política, Alice parece interrogar al espectador sobre su papel como consumidor del sufrimiento humano planteado por la película como un grand guignolesco espectáculo. Posibilidad que retomaría el sugerente uso de la cámara subjetiva de la presencia malvada en la primera Posesión infernal, y que desde la involuntariedad solapaba la mirada de ésta última con la del espectador en la ficción. Una pirueta formal elevada a lugar común que dio un nuevo sentido al mantra de los posesos de aquel primer filme de Sam Raimi, convirtiéndolo en una soterrada invitación a las futuras víctimas de los kandarianos a bailar a su son y que alcanza hasta el de Vaniček: Únete a nosotros…
Posesión infernal: En llamas (Evil Dead Burn, EEUU, 2026)
Dirección: Sébastien Vaniček /Producción: Robert Tapert y Sam Raimi para New Line Cinema, Screen Gems y Ghost House Pictures /Guion: Sébastien Vaniček y Florent Bernard /Dirección de fotografía: Philip Lozano /Montaje: Maxime Caro /Música: Double Trouble /Intérpretes: Souheila Yacoub, Hunter Doohan, Tandi Wright, Luciane Buchanan, Erroll Shand, Maude Davey.
