EL JUEGO DEL CALAMAR (TEMPORADA 3)
No somos caballos
El dolor en El juego del calamar (2021-2025) es estructura. Desde la primera temporada hasta la última, la serie dirigida por Hwang Dong-hyuk ha tejido un relato donde el sufrimiento no es una anomalía moral o una disrupción narrativa, sino una música constante que cohesiona el mundo. En su proceso, la serie ha evolucionado desde un espectáculo de violencia envuelto en colores pastel hacia un retrato descarnado y perturbador del dolor humano. Pues, ha sido en esta, su temporada final, con una factura aún más sombría y decididamente nihilista, donde esa idea se eleva hasta el paroxismo: el juego nunca fue una metáfora del sistema, el juego es el sistema. Un sistema que se reproduce incluso cuando el jugador ya no quiere jugar.

Esta última entrega, en particular, articula su narrativa a través de un lenguaje visual que convierte cada encuadre en un espejo del sufrimiento y la deshumanización. La serie ha abandonado definitivamente la estética del absurdo colorido que decoraba los espacios mortales en su inicio —los neones de infancia rota—, para abrazar una gama de azules y verdes que vuelven a los jugadores en piezas de un engranaje industrial. Esta desaturación progresiva del mundo no solo expresa el desgaste psicológico de Gi-Hun (Lee Jung-jae), sino que transforma el entorno en una prisión sin matices. Como si la lógica del castigo hubiera devorado toda posibilidad de belleza o consuelo.
El montaje, especialmente en los episodios finales, adopta un ritmo más contemplativo, más testigo. Hay una deliberada desaparición del dinamismo visual que caracterizaba los juegos anteriores. Incluso los planos cenitales, antes usados para mostrar la magnitud de los espacios y la pequeñez de los jugadores, ahora se emplean con parsimonia para reforzar el sentido de trampa. Es como si todos los personajes, en todos los escenarios, estuvieran atrapados en una celda más profunda. La cámara permanece más tiempo en los rostros, observando el deterioro, las lágrimas contenidas, las decisiones que no son decisiones, sino rendiciones. En juegos como “La soga del ahorcado”, la iluminación halógena blanquea los cuerpos hasta volverlos ceniza, evidenciando la extinción simbólica que acompaña a cada derrota; los personajes secundarios son eliminados en silencio, sin música, sin dramatismo, lo cual resume con precisión la poética del dolor de la serie: no hace falta ahondar en el espectáculo de la muerte, si lo que permanece es el vacío que deja. Por ende, la puesta en escena de Jeong Gi-yeong y la dirección de cámara de Lee Hyung-deok estrechan progresivamente los espacios hasta convertirlos en metáforas de la opresión social. Pasillos que se convierten en vísceras, espacios que aprietan, digieren y expulsan sin clemencia; arquitectura hostil que transmite el peso ineludible del sistema que los consume.

En este entramado de sufrimiento y poder, Gi‑Hun protagoniza una de las imágenes más reveladoras de toda la temporada. Mientras los inversores celebran la expansión del juego a Estados Unidos, él se refleja en un espejo teñido de rojo. La cicatriz de su mejilla y la luz sanguinolenta que ilumina su ojo juegan como símbolos del daño interior y la descomposición moral que ha sufrido desde que entró. Aunque quiera, aunque se mienta, ya no es el mismo. Este plano es un espejo que refleja el costo humano de una maquinaria que convierte la agonía en mercancía. La narración visual aquí supera cualquier diálogo, condensando en una imagen la comprensión amarga de que el dolor se ha globalizado y comercializado. En su última escena, la cámara no se aleja ni se eleva, simplemente permanece fija sobre el rostro de Gi-Hun, iluminado por una luz opaca, mirando al vacío. Un plano sostenido como una lápida: el dolor, de nuevo, como única certeza. Sin embargo, lo más devastador de todo esto no es la muerte, sino que nadie, absolutamente nadie, queda indemne. Incluso los que sobreviven lo hacen condenados. No hay redención, no hay salida.

El juego del calamar termina como debía, aunque no como muchos querrían. No hay mensaje esperanzador, ni transformación sistémica. Solo queda el dolor, esa violencia íntima y estructural que define nuestras sociedades y es maquillada de entretenimiento. La serie, con todos sus defectos y virtudes, se consagra como uno de los más lúcidos retratos del canibalismo capitalista de nuestro tiempo. Lo más aterrador no es que el juego continúe, sino que nadie parece querer dejar de mirarlo.
El juego del calamar (Hwang Dong-hyuk, Corea del Sur, 2021 – 2025)
Dirección: Hwang Dong-hyuk / Guion: Hwang Dong-hyuk / Producción: Siren Pictures. Distribuidora: Netflix / Fotografía: Kim Sung-jin / Música: Jung Jae-il / Interpretación: Lee Jung-jae, Lee Byung-hun, Yim Si-wan, Park Gyu-young, Park Sung-hoon, Jo Yu-ri, Kang Ae-sim
