EL DOBLE MÁS QUINCE

Un libro, una edad y un viaje por Bilbao

En el cine la imagen del espejo suele ser reflejo de inseguridad e inestabilidad y en la ópera prima de Mikel Rueda A escondidas (2016) aquella imagen compuso el plano clave del film. El actor Germán Alcarazu está en el baño de una discoteca y con un gesto serio se mira al espejo y se peina. Se mira fijamente como si sintiera extrañeza, como si no entendiera lo que le estuviera sucediendo, en un tono azul, apagado y frío. El tándem formado por el director y el actor vuelve a coincidir en El doble más quince, la segunda cinta del director vasco. Aquí el personaje de Alcarazu se vuelve a mirar al espejo en el baño de una discoteca, pero las luces cambian. Aquí son rojas, un color muy fuerte, muy pasional, y esta vez cuando se mira y se peina sonríe, plasma en el espejo una sonrisa infinita que se graba en la memoria del espectador. El actor y el personaje han madurado con esta película, Mikel Rueda observa desde una óptica más optimista el espíritu adolescente en relación al anterior film. El gesto articula las sensaciones que transmite El doble más quince, mente abierta en las relaciones, firmeza en los diálogos y la constatación de la mirada sobre sí mismo, una mirada noble y natural.

El cortometraje que rodaron Mikel Rueda con sus mismos protagonistas antes de El doble más quince sirvió como antesala del largo. Caminan (2016) sigue la historia de los dos personajes, supuestamente antagónicos, que se pierden y se encuentran en un lugar inexplorado para ellos, al margen de la sociedad. Es el mismo momento de búsqueda que el director quería desarrollar en El doble más quince.

el doble mas quince - REVISTA MUTACIONES

Como si fuera la Viena de Antes del amanecer (Richard Linklater, 1995) las postales de Bilbao forman parte del universo de la película. Los protagonistas de este film, generacionalmente opuestos, se conocen a través de un chat sexual e intentan dar un sentido a su vida a través de un encuentro a ciegas. Cada lugar donde los personajes conversan recuerda al paseo que llevan a cabo los protagonistas de la cinta de Linklater -el Casco Viejo dialogando sobre la juventud, las iglesias como punto de reflexión, la ría como conexión entre los dos desde la que observan el atardecer. El potencial que tiene la ciudad en la cinta es innegable, un Bilbao con mucha textura, con mucha historia. La incidencia de la arquitectura de Bilbao ha ido cogiendo protagonismo desde el inicio de la filmografía de Mikel Rueda. Es en El doble más quince donde por fin se ha podido ver y sentir esa ciudad que hay detrás de los personajes, un aspecto difícil ya que las películas de Rueda se caracterizan por un estilo marcado, difuminar el fondo para traer a los protagonistas a primer término. Esta vez la ciudad acoge y recoge a sus personajes, realizando una milimétrica planificación a través del enfoque y desenfoque.

Es en la fotografía de Kenneth Uribe donde se materializa el estilo cinematográfico de Mikel Rueda. Entre los dos forman esa especie de microuniverso para poder mantener en conjunción la narrativa de los personajes con la iluminación y los movimientos de cámara. La puesta en escena parte de un ambiente frío y azulado, en busca de algo. Aquí entran los movimientos leves y serpenteantes, una escena al comienzo nos revela ya esta idea. El personaje de Maribel Verdú entra a casa, la cámara la intenta seguir pero la actriz anda rápida, los movimientos transmiten la idea de la propia búsqueda, incluso de la pérdida y la inseguridad de uno mismo. El dinamismo de la cámara sobre Alcarazu responde a su vitalidad, a su juventud, pero aun así el ambiente se mantiene frío al comienzo, sus preocupaciones le oprimen y es difícil captar una imagen estática del actor. A medida que la relación entre ambos se forja la película se va dorando poco a poco, como un cocinado a fuego lento. La luminosidad penetra a través de los personajes en los momentos de intimidad y los movimientos se calman e incluso los planos se acortan para percibir ese brillo en sus miradas.

el doble mas quince 1 - REVISTA MUTACIONES

Mikel Rueda vuelve a construir un puzzle narrativo con su película tras A escondidas. Encapsula momentos que se convierten en pequeños planos secuencia donde la vida de cada uno de los personajes se va entroncando en la trama principal. No se entienden como piezas independientes sino como un todo donde las imágenes de ciertos lugares, momentos e incluso la propia filmografía del director les conectan. La imagen de la ducha funciona como impulso final de la trama individual de Alcarazu y la de Verdú, como si se paralizara el tiempo en ella, el fílmico y el de la vida, el momento de búsqueda donde Rueda encuentra la mirada.

Se trata de una película arraigada a la tierra, a las relaciones hipotéticamente imposibles y a la lucha contra las barreras de la sociedad. El realizador remata con un título que se hace eco de elementos del propio film y que cada uno de los personajes introducen. Primero aparece El doble, un libro que recibe ella de su marido y Quince la edad de él. El título aparece fragmentado, parpadea en las imágenes de cada personaje imprimiendo así la idea de las delgadas líneas de una carretera. Esta imágen icónica del director aparece al comienzo de sus dos últimos largometrajes cuando la distancia entre los personajes principales es abismal. A priori es tan abismal que la palabra que aporta cada uno al título no aparece asociada, como las líneas discontinuas de la carretera que nunca se juntan. Pero es en esa búsqueda a través del movimiento donde esas líneas discontinuas se vuelven una y el título cobra un sentido. La propia vida.


El doble más quince (España, 2020)

Dirección: Mikel Rueda / Guion: Mikel Rueda / Producción: ETB, Potenza Producciones, Baleuko, Carlo D’Ursi, Egoitz Rodriguez, Pako Ruiz, Karmelo Vivanco / Fotografía: Kenneth Oribe / Música: Naia Mandaluniz /  Montaje: Alex Argoitia / Reparto: Maribel Verdú, Germán Alcaraz.

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