CRÓNICA DIARIA SAN SEBASTIÁN #8 (OTRAS PROYECCIONES)
Guerras y monstruos
Antes de que se repartiera el palmarés, pudimos completar algunos últimos visionados del festival. Entre ellos, destacó la presentación de Anatomía de un instante, serie de Alberto Rodríguez —que también competía en la Sección Oficial con Los Tigres— basada en el ensayo de Javier Cercas, que se sumerge en uno de los episodios más decisivos de la historia reciente española: el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. La serie no se limita a dramatizar la irrupción armada, sino que contextualiza el proceso histórico que la hizo posible. La apuesta de Rodríguez y sus guionistas (Rafael Cobos y Fran Araújo) tiene indudablemente un aire épico y con ambiciones, busca contextualizar el proceso histórico que lo hizo posible, desde las tensiones políticas hasta las fracturas internas de la Transición. Pero en el camino convierte un episodio complejo en un relato maniqueo, ahí es donde la serie pierde fuerza crítica. Anatomía de un instante es una serie académica, correcta en exceso, que renuncia a explorar pliegues y contradicciones y evita incomodar o interrogar más allá de lo que ya conocemos.
También se presentó Zeru Ahoak, la nueva serie de Koldo Almandoz que continúa el universo iniciado en Hondar Ahoak (2020). Nagore Aramburu es la gran protagonista, en una edición del Zinemaldi especialmente significativa para ella, ya que también participa en Los domingos, Maspalomas y Karmele. Zeru Ahoak, es consciente de los tropos del cine negro, y Almandoz los traslada al País Vasco y les da una resonancia moral y local que los renueva.

La clausura de la Sección Oficial corrió a cargo de la película fuera de concurso La conspiración del cuervo de Kasia Adamik, un relato ambientado en Varsovia durante la imposición de la ley marcial el 13 de diciembre de 1981. La película sigue a Joan Andrews (Lesley Manville), una psiquiatra británica que llega como profesora invitada justo cuando el país queda paralizado y la represión se cierne sobre las calles. Durante el caos, la profesora presencia un asesinato cometido por la policía secreta y, de pronto, se convierte en una fugitiva atrapada en un país con las fronteras cerradas. Adamik filma la deriva de su protagonista con un tono onírico, casi febril, en un mundo convertido en pesadilla. “Esta no es mi guerra”, repite el personaje, y ahí está el tema principal que tratará de exponer la cineasta polaca.
Otra de las proyecciones de los últimos días fue Die My Love de Lynne Ramsay, que llegó al Festival con motivo de la entrega del Premio Donostia a su protagonista, Jennifer Lawrence. La película plantea la historia de una pareja joven —Lawrence y Robert Pattinson— que abandona Nueva York para instalarse en una casa heredada en el campo con la ilusión de empezar una vida nueva. Allí intentan formar una familia, y la llegada del bebé traerá también depresiones, celos, locura y gritos en la pareja y un descenso a la locura de la protagonista. La película está tras la búsqueda constante de impacto, Ramsay persigue en cada plano un choque emocional, muy basado en la fisicidad de lo que vemos en pantalla, dejando una obra llena de excesos, clichés absurdos, falta de decisiones lógicas y con un argumento que va dando bandazos.
La voz de Hind de Kaouther Ben Hania es, sin duda, una de las películas más relevantes de los últimos tiempos, aunque en gran parte por lo extracinematográfico. La situación en Gaza ha atravesado el certamen, ya sea en ruedas de prensa, en declaraciones institucionales, en manifestaciones en la calle o en la propia reivindicación de esta película. El film recrea una historia real: el 29 de enero de 2024, Hind Rajab, una niña de seis años, quedó atrapada en un coche bajo el fuego. Mientras los voluntarios de la Media Luna Roja intentaban mantenerla al teléfono, buscaban desesperadamente la forma de enviarle una ambulancia. Hind nunca llegó a ser rescatada. Ben Hania utiliza las grabaciones reales de aquellas llamadas como columna vertebral de un relato que mezcla documental y ficción, una elección que, cuando pase el tiempo debido, nos hará debatir sobre los límites de la representación.

La jornada se cerró con una proyección sorpresa muy esperada: Frankenstein, de Guillermo del Toro. En todas las películas del director mexicano ya había múltiples ecos de la obra de Mary Shelley, y esta adaptación largamente perseguida se siente como la culminación natural de su filmografía. El corazón de la historia lo sostiene Jacob Elordi, cuya criatura vulnerable y brutal a la vez desplaza del centro a Víctor Frankenstein, interpretado por Oscar Isaac. En coherencia con una de las constantes más reconocibles de Del Toro, el monstruo aquí encarna la humanidad, mientras que el creador se revela como la auténtica monstruosidad. Una estela humanista que recorre toda la obra del cineasta y que aquí alcanza su máxima expresión.
