UNA NOCHE SIN SABER NADA
El latir de todo un colectivo

En La luz que imaginamos (2024) la iluminación cumplía un papel central. Desde aquella linterna del móvil con la que Prabha leía en la oscuridad una libreta de poemas, hasta aquel último plano en el que los personajes quedaban cubiertos por una isla de bombillas en la profunda noche. El cine aparece y se hace sensible, delicadamente, con la táctil luz que provoca todo y que da forma a todo; la misma que en su trayecto revela nuestros sentimientos más íntimos. Y así se expresa en un breve pero fundamental plano en La luz que imaginamos, cuando el cinematógrafo se hace presente sólo a partir de un haz que atraviesa el encuadre, mientras el personaje Prabha contempla emocionada lo proyectado en off. Asimismo, esa preocupación de Payal Kapadia por este rasgo formal de la luz, ya es algo que estaba presente en su anterior obra, Una noche sin saber nada (2021). Si bien en su último largometraje la textura y el color de la luz servían para escapar de la realidad configurada por un sistema de castas y proyectar los anhelos de sus protagonistas, en Una noche sin saber nada este rasgo formal busca iluminar los destellos de una memoria fragmentada y reprimida a través de un mayor abanico de formas y texturas. Este trabajo previo nos habla de la preocupación de una cineasta por la búsqueda del sentido de la propia ontología de la imagen.
El filme nos sitúa en lo que fueron 193 días de huelgas y protestas contra el régimen dictatorial de la India, especialmente en el campus de una escuela de cine —el Film and Television Institute of India (FTII)— que se convirtió en un reducto de disidencia. En este contexto de lucha y revolución se nos narra una historia de amor imposible entre dos amantes a partir del descubrimiento de unas cartas. Esta correspondencia epistolar, junto con la diversa naturaleza de las imágenes que conforman el documental, son estudiados como si de las pruebas de un caso a resolver se tratasen, ya sugerido por la cartela de inicio: “En el interior de un armario de la habitación S18 de un albergue de la FTII se encontró una caja…”. El prolongado primer plano del filme muestra a un grupo de personas que se mezclan y confunden con las luces y las sombras de una proyección. El caos y el desorden de las figuras delante de la luz nos remiten a la idea de unos espectros atrapados en el tiempo de la pantalla, que son invocados ahora en una suerte de fantasmagoría. En este ambiente triste y de malestar, la emotiva voz de “L” irrumpe liberando su preocupación y apelando al deseo del reencuentro con su amado en las cartas que le dirige.

En un momento del filme, escuchamos a ese anónimo personaje evocar el nacimiento de su relación: “¿Recuerdas aquella noche durante la huelga? Alguien había colocado proyectores en los árboles. Estabas sentado a mi lado. Apoyé la cabeza en tu hombro. En la pálida luz del proyector, no sé cómo sucedió, pero pronto nos estábamos besando”. Mientras las imágenes desde distintos ángulos nos sitúan en una multitud sumergida en la oscuridad, que contemplan la protagónica luz blanca que irradia la pantalla de cine. Aquella imagen sumergida en la confusión de las sombras de la memoria, de pronto, se disipa y nos introducimos en una sencilla composición plenamente virginal. Estamos ante el acto que hizo posible la génesis de todo el espíritu revolucionario: aquella luz del cine construyó un idealismo colectivo por el que luchar. La operación de Kapadia consiste entonces en recuperar aquellos sueños y esperanzas que tuvieron lugar en ese pequeño reducto de libertad, a través de una cámara que explora el espacio en blanco y negro y se mueve en penumbra intentando rescatar de la oscuridad aquellos rostros. Se dan cabida así a bellos momentos, como cuando escuchamos decir a “L”: “En la cancha de baloncesto vi a todos nuestros amigos que ahora me son tan queridos (…) y a unos nuevos (…) ellos también podrían tener el mismo amor profundo unos por otros (…) Tal vez podrían pensar el uno en el otro como amantes, como hermanos, como padres o como maestros”. En este momento, paralelamente, la cámara al hombro filma sus siluetas, sus movimientos, sus expresiones de felicidad, que se perciben entre destellos y desenfoques, remitiendo todo a una cierta aura de sueño. Una que, con la misma melancolía con la que se acaba consumiendo esa relación entre los amantes, únicamente queda anhelar, pues solo es dueño el recuerdo que ahora se exhuma. De esta manera, Una noche sin saber nada no utiliza tanto ese halo poético y mágico de la luz para acercar el estereoscopio a unos personajes particulares —como ocurría en La luz que imaginamos—, sino al latir de todo un colectivo que palpitó.

También, la iluminación adopta otras formas para significar la imagen. En un momento dado, escuchamos a “L” hablar de una luz dorada. La escena recupera entonces aquel recuerdo y la imagen en 16mm se tiñe de dicho color. A través de cortes y fundidos de varios planos se muestra la alegría, la celebración, el baile y el amor de la fiesta por el cumpleaños de la actriz Madhu Maha. En otros fragmentos, la imagen adopta una luz roja. Sin embargo, el tono en estos segmentos nos remite a una suerte de “montaje prohibido”. Si bien se trata de una boda —de nuevo, otro evento conjunto—, al contrario que en el resto de los casos esta responde a un sistema discriminatorio y sesgado de castas, responsable de las protestas y de la inminente ruptura entre los amantes. Todas estas significativas imágenes poéticas, oníricas y soñadas se intercalan en el montaje con otras que responden a una textura diferente. En este caso, son imágenes más directas y externas, narradas por voces informativas en su mayoría, más diáfanas en su luz diurna — como pruebas de los hechos acontecidos—, y que nos aproximan de manera realista —como testigos oculares— a lo que fueron las manifestaciones. Todo un conjunto, entre los hechos y la memoria, que acaba mezclándose hasta no distinguirse cuando se abre un episodio de cruda violencia y de horrible pesadilla.
Al final del filme volvemos a las imágenes espectrales del comienzo. Aquella operación de iluminar lo apagado vuelve a quedar atrapado por las sombras del olvido, en la expresión de unas formas que apelan a una memoria colectiva. Truncado por un sistema de castas y de régimen dictatorial, el amor quedado emulsionado entre las desgarradoras grietas de estas imágenes rescatadas. Este filme es la última manifestación de ese espíritu, aquella película que “L” no llegó a terminar. Una carta del pasado lanzada al futuro.
Una noche sin saber nada (Francia, India, 2021)
Director: Payal Kapadia / Guion: Payal Kapadia, Himanshu Prajapati / Director de fotografía: Ranabir Das / Montaje: Ranabir Das / Sonido: Moinak Bose, Pierre George / Producción: Petit Chaos / Reparto: Bhumisuta Das
