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JURASSIC WORLD: EL RENACER

Vacuna contra la innovación

Jurassic World. El renacer. Revista Mutaciones - 1

Las imágenes de Jurassic Word: El renacer (Gareth Edwards, 2025) están definidas por un planteamiento tan evidente y expuesto, tan reducido e ingenuo que consiguen pese a ello desprender un cierto deleite al descifrar su esquematismo ya expuesto en sus primeros andares. En estos, un equipo de científicos —léase equipo de una película— se encuentran haciendo experimentos en un laboratorio con punteros y aparatosos instrumentos —léase tecnología digital— a través de los cuales se persigue crear una criatura —entiéndase película— compuesta por —y esto es la clave— el cruce de otras criaturas —es decir, de otras películas— con la que deslumbrar al mundo —concretamente, a los espectadores—. Así pues, la séptima entrega de la saga iniciada por Steven Spielberg en 1993 se exhibe no solo con injertos pertenecientes al ADN original de la franquicia, sino también con claros parentescos a otras de éxito. En definitiva, un producto de atracciones en el que el parque ya no es algo que quede en evidencia, sino que ha sido engullido y regurgitado más que nunca en la forma del filme.

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Durante el arranque de esta nueva entrega de la saga se dice en varias ocasiones que “la gente ha perdido el interés por los dinosaurios”, mientras estos se confunden ahora entre humanos como si fueran una cotidiana especie más. En los esqueletos de un museo es donde la cámara parece que se detiene para filmar los restos de lo que significó en una era pasada esa fascinación ahora extinguida por estos animales prehistóricos. Entonces, ¿con qué fórmula recuperar aquella ilusión originaria? La apuesta es reunir un reparto liderado por Scarlett Johansson para embarcarse en una aventura cuyo esqueleto lo componen una concatenación de “set pieces” que se van atravesando. Así, la secuencia en mar abierto con el anochecer y el amanecer, con las conversaciones del tamaño del barco, con el acecho de la amenaza sugerida, con la alegre música, el ritmo y el sentido de la aventura en la persecución del monstruo… es inevitable no pensar en las escenas con los bidones amarillos de Tiburón (Steven Spielberg, 1975). Del mismo modo, la llegada a la isla y parte de su desarrollo posee la esencia del King Kong (205) de Peter Jackson y toda la trama en paralelo que vive la familia está muy hermanada incluso con Ice Age: El origen de los dinosaurios (Carlos Saldanha, Mike Thurmeier, 2009). Por supuesto, no pueden faltar momentos estelares de la franquicia, como la escena entre los titanosaurios extraída de la icónica del diplodocus -música incluida-, o toda la parte final que clona casi plano tras plano, primero, la secuencia en la cocina de los velociraptores en la película de 1993 y, después, aquella del asedio de la caseta de madera en El mundo perdido (Steven Spielberg, 1997). Y llegamos así al dinosaurio que corona esta película y que resulta el ejemplo más claro de la perversión de la ficción por corromper la saga con otras: un híbrido parte T-Rex, parte Xenomorfo de Alien, parte Rancor —este último, la criatura que aparecía en Star Wars: Retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983) —.

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Y es que, a diferencia de la mecánica de otras franquicias, aquí lo preocupante es que la mayoría de las veces no se trata en sí de hacer guiños o referencias, sino que las imágenes y las fórmulas de éxito de otros filmes se han absorbido y asumido en las propias carnes como le sucede a esa abominación monstruosa. Sin embargo, todo este terreno conocido genera una balsa segura desde la que se recibe todo desde el confort de lo previsible y que juega en contra de la imagen como instrumento de asombro, de expectación y de sorpresa —esos reiterados segundos términos en el plano por donde los dinosaurios se mueven sin ser percibidos por los personajes generando suspense en el espectador—. La obvia falta de riesgo en la creación de situaciones se aprecia también en las resoluciones de estas, como aquella en la que los personajes descienden por el escarpe de una montaña y luchan con una suerte de pterodáctilos: el Dr. Henry Loomis cae al vacío al romperse la cuerda, la jeringuilla se pierde al salir volando por los aires y el resto de los personajes se ven atrapados por los violentos dinosaurios. La escena planteaba algo imposible y, sin embargo, todo se consigue resolver en un único plano en el que el personaje de Jonathan Bailey se desliza por la hoja de una palmera hasta darse un chapuzón, mientras el resto del equipo se une ordenadamente gracias a una trampilla secreta en la montaña. Y todavía queda hueco en el encuadre para que el elixir pueda caer a sus pies. Así pues, cada secuencia se enreda recreando momentos de otros filmes y se desenreda de manera mágica, como si en el cine de aventuras y acción ya estuviese todo creado y solamente quedara la clonación y la hibridación para buscar la emoción en las bajadas y subidas de lo que funciona como una montaña rusa. Todo ello da como resultado una película de laboratorio que, si bien divierte y entretiene, no inventa, sino que reproduce. Una vacuna contra la innovación.


Jurassic World: El renacer (E.E.U.U., 2025)

Director: Gareth Edwards / Guion: Michael Crichton, David Koepp / Productoras: Universal Pictures, Amblin Entertainment / Director de fotografía: John Mathieson / Montaje: Jabez Olssen / Música: Alexandre Desplat / Reparto: Scarlett Johansson, Mahershala Ali, Jonathan Bailey, Rupert Friend, Manuel Garcia-Rulfo, Luna Blaise, David Lacono, Audrina Miranda

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