ENTREVISTA A ROSA TRAISAC Y CLAUDIA TRAISAC (DESPUÉS DE LA DERROTA)
“Cuando el dolor es tan fuerte que te rompe tienes que tirar del refugio y de la comunidad”

Después de la derrota (Rosa Traisac, 2024) aborda una serie de aspectos relacionados con la precariedad en el mundo audiovisual, con la incertidumbre y la fragilidad de los vínculos. ¿Qué os movió a querer contar esta historia?
ROSA TRAISAC: Hay una desesperación absoluta cuando te empiezas a dar cuenta de las reglas del juego del cine. En The Player (Robert Altman, 1992), un guionista mete una víbora en el coche del productor, en un gesto de desesperación máxima para conseguir entrar en la industria del cine. En ese momento me di cuenta de que me había enamorado de un sueño que tiene toda la probabilidad de ser falso e imposible. Las carreras son muy caras, hay gente a la que le cuesta mucho trabajo poder pagarla y cuando llegas te das cuenta de que es muy complicado colarse dentro y hacer cosas. Ahora es importante hablar de esto: ¿qué pasa si tienes un lugar precario, no tienes privilegios,…? ¿Cómo sobrevives?
CLAUDIA TRAISAC: Cuando mi madre estaba escribiendo este largometraje, hablaba mucho de las experiencias que ella tenía cerca. Había algo en mí que no quería ver esa realidad, pero con los años te das cuenta que es algo colectivo y actual. La película habla de algo que está pasando ahora con la misma fuerza o más: el buscar piso, salir de la precariedad, la burbuja de la industria… Hay que explorar todo eso. Al final hablamos de la problemática de los ascensores sociales y que en el fondo el sistema no funciona. Cuando el dolor ante todo esto es tan fuerte que te rompe tienes que tirar del refugio y de la comunidad; por eso al final en la película convergen las historias en una mirada positiva. Hay algo a lo que agarrarse, una comunidad de gente que comparte un dolor muy grande y una frustración.
Tú, Rosa, filmas un Madrid distinto al que hemos visto en el cine madrileño, es un Madrid de autopistas, de barrios residenciales y descampados.
R.T.: Yo quería dar esa idea del sur. Uno de los momentos más relativos es venir desde Leganés a Atocha en tren. Por ahí hay caminos, campo, etc. y, para mí, era importante esa conexión. Rodamos en Villaverde, Carabanchel Alto… y en la última historia ya sí que entramos en Madrid capital. Cuando conseguimos esa casa fue cuando dijimos: “la historia la podemos tener”. Los personajes que vienen todos del sur y la pobreza, de pronto están situados en un barrio que no les corresponde y se encuentran a César (Richi Marcos) que lo que necesita es amigos, con lo cual hacían un compendio fantástico. César me parecía un personaje muy entrañable, porque no ha sido capaz de salir al exterior y lo único que tiene para entrar en contacto con el mundo es ese piso.

Con César pasa lo mismo que con el personaje de Marta (Claudia Traisac), que no tiene el recorrido dramático que sí tienen el resto de protagonistas. ¿Cómo la trabajasteis desde guion e interpretación para que pudiera construirse en tan poco tiempo en pantalla?
R.T.: Nosotros teníamos un problema de identidad con esta película. Hemos oscilado entre serie y largometraje. Cuando tuvimos que tomar una decisión lo resolvimos de esta manera, que el cuarto capítulo fuera más largo. César y Marta tendrían que haber tenido más desarrollo. Marta refleja muy bien esta historia de una actriz que tiene su vida situada y, de pronto, tiene una serie que flota menos, se cancela y se queda plantada.
C.T.: Para mí es un personaje que cuenta otra realidad. De repente, aparece una Claudia actriz de los 23-24 años que tenía trabajo y estaba ilusionada, pero en el fondo también pierde esa inocencia ante esa burbuja que tiene una sombra y una cara B. Para mí era muy bonito poder hacer de una yo más pequeña, ahora con cada proyecto digo: voy a disfrutar, voy a ahorrar y no voy a montarme películas porque sé que la caída duele mucho. El funcionamiento de esta industria es muy raro y nada te asegura nada. Estuve a punto de hacer otro personaje, más mayor, pero yo no sentía que tuviera ese peso. En Marta podía poner parte de mí, de mi vivencia.
En la historia de Iván (Luis Heras) aparece por primera vez la cámara como un elemento diegético, como un nexo de unión entre él y el mundo. A través de este recurso, los personajes se filman constantemente. Además, la película cierra con la frase: “Apunta con la cámara, terroristas”. ¿Está presente esta idea de cámara como arma, como un objeto con un poder mayor?
R.T.: Las armas eran importantes, porque de alguna manera lo único que queda es convertir el cuerpo en poder y lo más fácil para tener son las armas. La película habla de coger las armas como un símbolo. No vivimos en una sociedad naíf en la que valga solo con crear comunidad, vamos a tener que enfrentar un montón de dificultades. Para ellos el arma verdadera es la cámara. Intentamos estilísticamente unir la historia de Iván con la final porque el arma está en grabar, en contar y contarse. Podemos ver las imágenes de Gaza porque hay alguien rodándolas con una cámara.

Hay una diferencia en cómo se construyen las distintas tramas a nivel visual. Mientras que la parte de Iván está filmada en cámara en mano y en espacios cerrados, la conversación de Jesús (Enrique Menéndez) y Eva (Lucía Gómez) se construye sobre planos completamente fijos. ¿Qué diferenciaba cada capítulo a la hora de planificarlos con la cámara?
R.T.: En la primera parte de la película quisimos acercarnos mucho a Jim Jarmusch, aunque después, en el puente con el padre, mi referencia fundamental era John Ford. Queríamos una cámara fija como en la tercera historia. Estas dos tienen un componente de cine clásico, en un término abierto. La historia de Eva y Jesús venía mucho del cine de Buñuel y sus temáticas; del papel que cumplía la niña rubia, afrancesada y los abusos a los que se veía sometida. Quería darle la vuelta. En cambio las otras dos historias queríamos que fueran más experimentales, que la cámara pudiera grabarlo todo.
Claudia, tú firmas la música de la película junto a Josh Hutcherson. Es una música muy sintética, que tiene una carga muy solemne. ¿Cómo dialogaba con la canción final que interpretas a la guitarra, que tiene un tono mucho más dulce y en bruto?
C.T.: La música es la parte que más he disfrutado, yo estudié solfeo y para mí ha sido el gran descubrimiento gracias a eso ahora tengo un montón de canciones hechas. Nos apetecía que fuera una cosa muy atmosférica que envolviera, que generase esa ambigüedad y que tuviera un peso. La canción que canto yo estaba planteada por guion que fuera una canción de Pretenders, pero nos llevaba a un tono de celebración que no casaba tanto. Yo tenía esta canción compuesta y me parecía bonito que el personaje tuviera una cosa frívola, pero que pudiera estar por encima de la situación; darle un momento en el que ella misma pueda ver el peso de lo que estaba viviendo, ella también tiene algo que decir a través de su propio arte.
