TO THE ENDS OF THE EARTH

La superficie desnuda

La filmografía de Kiyoshi Kurosawa es caudalosa y extensa. Nace entre el final de los 80 y el principio de los 90, en las historias de yakuzas del V-cinema japonés y en el pinku eiga. Continúa en forma de meandro a través de distintos géneros (como el thriller y el terror) y encuentra su desembocadura décadas después en un cine personal y libre del que, a pesar de su eclecticismo, podemos reconocer rasgos comunes de estilo. Los personajes del director japonés experimentan una peculiar toma de conciencia, conviven en tramas separadas antes de coincidir en un incierto desenlace, son encuadrados en composiciones geométricas o vacías, dentro de ambientes decadentes, suburbanos, rodeados de despojos tecnológicos o vetustos, y se enfrentan a imágenes sencillas que adquieren belleza por sus sentido trascendente. Es también reconocible su gusto por insertar imágenes de distinto formato y origen tecnológico: cámaras de seguridad, vídeos digitales en la pantalla de un ordenador, imágenes de la televisión, etc. También hay un gusto por la imagen reflejada y la imagen doble, superpuesta. Pero si el hecho de identificar un lenguaje propio nos lleva a guardar cierta expectativa, puede que no seamos capaces de encajar To the Ends of the Earth.

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Tal vez la imagen del río no sea la más adecuada para un cine como el de Kiyoshi Kurosawa, que no encaja con la idea de estilo si lo entendemos como algo en construcción, como el resultado de etapas sucesivas o un trayecto con un punto de partida, una dirección y una línea de meta. En su filmografía encontramos motivos recurrentes (como la toma dentro de un vehículo, casi siempre trucada con pantallas o proyecciones) pero en esa repetición no parecen sufrir un proceso de evolución o de refinamiento. Lo recurrente es el uso de dichos elementos, su extrañamiento.

Porque, al fin y al cabo, ¿qué recorrido podemos atisbar entre la fenomenología difusa de Cure (1997), la interfaz fantasmagórica de Pulse (2001) y la ironía cariñosa de Tokyo Sonata (2008)? ¿Cómo relacionar la narración luminosa y siniestra de Loft (2005) con la ingenuidad íntima de la ciencia ficción de Before We Vanish (2017) para poder colocar después To The Ends of the Earth (2019), una película conmemorativa de la alianza diplomática entre Japón y Uzbekistán?

Desde su primera secuencia, la cámara no dejará de seguir a Yoko (Atsuko Maeda), que realiza un reportaje turístico sobre la región junto a un escueto equipo formado enteramente por hombres. Antes de salir atropelladamente de la habitación alquilada a un particular (vemos a través de los cristales de una puerta a una madre con su hijo en otra estancia de la casa), su rostro se refleja en un espejo de viaje mientras termina de pintarse los labios. Fuera, un grupo de uzbekos la observan curiosos mientras ella balbucea intentando entenderse con un conductor que la llevará como paquete en su ciclomotor. Seguidamente, en el extenso Lago Aydar, Yoko intenta sin éxito atrapar con una red un legendario pez autóctono (el bramul), ante la desidia de sus compañeros de rodaje que terminan por desechar la escena y volver a la ciudad para intentar completar el trabajo con algo más de metraje.

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Kurosawa lo rueda todo con la misma serenidad con que capta los paisajes agrestes y extensiones áridas, entregado a una detención casi curativa -sobre todo si pensamos en la ajetreada Tokio. En unas pocas escenas establece, más que un tema, un tratamiento para una serie de situaciones, que se desarrolla como variaciones durante el resto de la película. A partir de aquí, no se puede hablar del avance de una trama, ni siquiera de una búsqueda, sino de una observación a cierta distancia, por momentos documental, y de una falta de propósito en sus protagonistas por encima incluso de la inercia por completar el reportaje. Esto hace que en el deambular de Yoko y su equipo por las localizaciones, entre los transeúntes casuales (que a la vez son espectadores, observando siempre curiosos), las anécdotas que se suceden, los paseos y los tiempos muertos o de descanso, cobren valor por sí mismos, sin limitarse a una función de meros soportes de un discurso; la intranquilidad ante un entorno desconocido, la barrera idiomática, la superficialidad del turista y el choque de culturas, se perciben como parte de la experiencia de ver la película, de entregarse al ánimo del viajero, como un habitante desocupado. Como la propia Yoko, que cuando abandona el tono efusivo e impostado de su labor como presentadora, pasa a deambular, con actitud apagada y miedosa, por las calles de Taskens o Samarkanda.

Kurosawa no se dedica a realizar una guía de viajes ni a resaltar la belleza monumental o buscar una postal turística, encuadra con naturalidad calles anodinas, comisarías en penumbra, corrales improvisados o atracciones precarias, con un estilo desnudo. Bajo esta desnudez, sigue latiendo la personalísima excentricidad del director, que se juega todo a una carta con el personaje central de Yoko. El espectador podría no conectar con la protagonista -siempre huidiza, capaz de convertir la visita al exótico mercado de Chorsu en una incómodo altercado- y corre el riesgo de no conseguir entrar en la película. Pero su proceso de cambio, la humanidad del personaje, la vocación naciente y su repentina inspiración -escenificadas en los códigos del musical que irrumpen en la diégesis-, lograrán posiblemente esa conexión. La misma que se produce cuando Temur (Adiz Rajabov), el traductor que acompaña al equipo de Yoko, narra con ternura la historia del teatro Navoi, construido por orden de Rusia por manos de prisioneros de guerra japoneses tras la segunda guerra mundial. El mismo donde Yoko irrumpe por primera vez a cantar.


To the Ends of the Earth (Japón, 2019)

Dirección: Kiyoshi Kurosawa / Guion: Kiyoshi Kurosawa/ Producción: Uzbekkino, King Records, Loaded Films, Tokyo Theatres K.K. / Fotografía: Akiko Ashizawa/ Música: Yûsuke Hayashi/ Montaje: Kôichi Takahashi/ Diseño de producción: Norifumi Ataka/ Reparto: Atsuko Maeda, Ryô Kase, Adiz Rajabov, Shôta Sometani.

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