NO HAY OTRA OPCIÓN
Decisión a repensar

“Perder el trabajo no es el problema, el problema es cómo afrontarlo” dice el personaje de Yeom Hye-ran a su marido en el suelo a punto de morir. La clave parece estar entonces en ese decisivo momento en el que el protagonista de No hay otra opción (Park Chan-wook, 2025) se posiciona en lo alto para apuntar vacilante la trayectoria del tiesto sobre su blanco inminente. Es entonces cuando el agua de los gochus, que se filtra por la maceta sujeta encima de sus hombros, baña la cabeza del personaje y le produce la dichosa revelación sobre cómo proceder en la conquista de su puesto. A través de este gesto cuasi divino que resuelve la ecuación del cálculo de sus objetivos —también, para la propuesta de la ficción—, este instante supone un punto de inflexión con el que afrontar su propia maniobra.
Así pues, la trayectoria que apunta el dispositivo es la de exorcizar al personaje de Lee Byung-hun a través de un mecanismo paródico-satírico en el que las víctimas-rivales, como espejo de sus carencias, son la diana a impactar con la que superar dichas limitaciones y convertirse en un superhombre sin fisuras. “¿Cuál es tu punto débil?” le preguntan en la entrevista de trabajo al protagonista, mientras la luz cegadora que impacta en sus retinas le hiere de la misma manera que no poder esconder bajo la sombra su inseguridad. Todo se trata pues de una cuestión de superar los miedos y las debilidades de un personaje que comienza a dejar atrás el apuntarse en la mano las frases del guion para sufrir un proceso de identificación —el primer contacto con las víctimas— y, después, sustituirlo por uno de sepultura —el enterramiento como fin de su existencia—. Como si aniquilara parte de su propia imagen —o como el que se saca de raíz una muela que molesta—, el primero en ir al hoyo es un desempleado fracasado al que su mujer le es infiel —precisamente, el mismo miedo que el protagonista padece cuando el dentista o el bailarín se acercan a pocos metros de su mujer—. Con el mismo sentido se resuelve la secuencia del zapatero de pocas luces —entre la comedia y el patetismo de un personaje disfrazado en un puesto que no es el suyo— o la superación de su problema con el alcohol a causa de la muerte que provoca al etílico y despreciable influencer.

Y en todas estas tramas la cámara de Park Chan-wook se muestra cómplice. Los gestos del director surcoreano sucumben a una recíproca construcción del artificio: ese empeño con el que el autor resuelve cada situación dramática es igual que ese con el que el protagonista va hilvanando y tejiendo todo su plan —al principio con torpeza y después con minuciosa habilidad—. Esta dialéctica entre dos artesanos —que con la misma elaboración se ensamblan un plano que se pliega y dobla a un cadáver con alambre— supone un origami cinematográfico en el que caben todo tipo de extravagancias formales en la diégesis que, por su gratuidad y recreación, estigmatizan un disfrute en ocasiones en disonancia con el tema representado: desde todo el proceso de selección de currículums pasando a plena vista por esa escena en la casa del desempleado, culmen de los presupuestos estéticos del filme. Nótese ahí el mismo detalle que con el jarrón de los gochus en la azotea, cuando se juega primero con los guantes que desvelan la pistola y, después, con el trofeo que asoma vacilante por el encuadre en busca de su destinatario. En ambos momentos, por su tratamiento, se establece una relación directa con la idea del divertimento y del disfrute.

Como esa escena de baile de máscaras, el filme avanza hasta sus últimos decisivos momentos. Y es pues en este punto cuando el ensimismado dispositivo —que empieza a sustituir el tono de farsa por uno más serio— se precipita en adoptar una postura política hasta entonces insólita. Como si quisiera desprenderse de su complicidad, el cineasta introduce unos planos de la desenfrenada tala de árboles, en lo que es un exabrupto dentro del entramado textual con propósitos de sacudir violentamente la conciencia del espectador desviando el centro de atención de la historia. Como esos seres que quedan cubiertos por un cielo encapotado —símil de vivir escondiendo todos sus problemas, desde un cadáver debajo de un árbol hasta el secreto de que su hijo es adoptado—, Chan-wook parece pecar de la misma estrategia a la hora de justificar todas sus decisiones en esos últimos planos, en lo que demuestra una falta de músculo para elaborar cualquier discurso consistente. El jarrón no ha caído en el blanco; porque sí, había otras opciones.
No hay otra opción (Corea del Sur, 2025)
Director: Park Chan-wook/ Guion: Park Chan-wook, Don Mckellar, Lee Kyoung-mi, Jahye Lee/ Reparto: Lee Byung-hun, Son Ye-jin, Lee Sung-min, Yeom Hye-ran, Yoo Yeon/seok, Cha Seung-won, Park Hee-soon./ Director de fotografía: Kim Woo-Hyung/ Montaje: Kim Ho-bin, Kim Sang-beom/ Música: Cho Young-wuk/ Productoras: Moho Films, CJ Entertainment
