MISIÓN IMPOSIBLE: SENTENCIA FINAL (CARA B)
Más jarana

Tom Cruise e Ethan Hunt, los más mejores megalómanos, señalan el mundo digital como una insoportable mascarada, a través del desarrollo de ocho saraos olímpicos lacrados en sus propias carnes, y viéndose a sí mismos como los Atlas de una industria y un mundo a cinco segundos de la autodestrucción.
Esta entrega recoge el reciclaje de imágenes que ya usaban las anteriores en sus créditos iniciales, y alcanza su paroxismo al utilizar analepsis y prolepsis (están en plural, pero no se nota) a discreción, llevando la desconfianza del espectador en la imagen allí dónde “La Entidad” desea. La película te ametralla con flashes del pasado, del futuro y del condicional, mientras el bueno de Tomás trata de desfacer a puro sprint aquello que está por llegar y, por el mismo precio, expiar la culpa del superviviente. Para ello, el filme se focaliza más en el lado dramático de los personajes, enmarcados en un escenario de ficción especulativa, que en la construcción (y repetición) del canon estructural de una película de robos; todo esto a pesar de contener sus arquetipos (varios de ellos encarnados en Ethan) y seguir contando el plan antes del gran asalto al tren y que todo se trunque y se vaya a freír espárragos. Además, si bien siempre han tratado contextos colindantes con la guerra fría, aquí la “paz nuclear” llega a su máxima expresión, al rimar con la actualidad política y dar un sencillo e inequívoco mensaje de concordia al mundo. Cabe destacar las secuencias en las que se muestran multitud de banderas, yuxtapuestas y superpuestas a (y sobre) miles de misiles nucleares intercontinentales a punto de salir de sus casillas de salida (alejándose un poco de etnocentrismos hollywoodienses), mientras un agente superheroico se responsabiliza del devenir del planeta, como diciendo: “Ya está bien. Los primicos a quererse”.
Por otro lado, la extrema fisicidad de la saga choca con una inevitable insensibilización sistémica, que sucede cuando sostienes durante veintinueve años en el tiempo un formato así de bombástico. Un formato, sin embargo, que hace que te suden las manos y respires solo cuando la secuencia acabe. Y es (una vez más) inevitable que, aunque una película solo deba convivir consigo misma, lo acabe haciendo también con las expectativas, con sus predecesoras y con la realidad. Aun así, podemos leer la cinta como una demonización de la inteligencia artificial generativa, y el camino utilitarista que se abre a la automatización y deshumanización del arte. Por eso es importante que sea Tom Cruise el que salte y se enganche como un ninja a donde se le ocurra: para demostrar a todos el placer que encierra la orfebrería del séptimo arte, a base de hostias como panes. El placer de hacer por encima del de conseguir. Porque para Tom Cruise romperse la puta crisma es un acto político.

El primer plano de la primera entrega, ya nos hablaba de la manipulación de la imagen, y con Sentencia Final, todo parece haber concluido. Dejamos atrás el Hitchcock y Melville de la primera, el wuxia tiktokero de la segunda, la gramática quirúrgica de la cuarta, y con la llegada de McQuarrie [aunque bien podría ser Kosinski (por lo que sospecho que ninguno existe y que, de un tiempo a esta parte, es Tom Cruise el maestro de ceremonias de todas sus fiestas)], nos adentramos en las elefantiásicas set pieces como cabeza tractora de sus aventuras, utilizando al mismísimo Tomás Crucero (y su inigualable y hercúlea capacidad para permitir filmar su propia locura) como marketing. Pero no deja de ser llamativo el hecho de que el público general le dé importancia a un método específico de hacer cine. El mundo quiere películas “de lo real”, quiere un cinema verité de doscientos kilos de presupuesto y todos parecen alabarlo (yo el primero); y si bien Tom Cruise te levanta un cumpleaños, queda claro que está intentando sobrecompensar su mortalidad a pura voltereta. Cabe citar a Jonas Ussing, supervisor de efectos visuales, y sus vídeos sobre el uso del CGI en varias secuencias de estas películas, las cuales, anuncian a bombo y platillo la única utilización de efectos prácticos, dejando patente una vez más en sus propios huesos, el uso abusivo de la posverdad, el maquillaje y las falacias. ¡Y funciona! Porque todo lo filmado es irreal, y Ethan Hunt lo sabe, pero Tom Cruise no. Porque, precisamente, la sombra del más bravo espía del FMI tiene sangre seca en las sienes, pólvora en la piel, cicatrices, cristales, callos, costras y quemaduras. ¡Y! culpa cristiana, cuentas atrás, maratones, moratones y un sinfín de funerales. Misión imposible es una experiencia física, un tren de la bruja sin frenos, Sísifo diciéndose que sí, la crisis de los cuarenta, cincuenta y sesenta de un penitente posmoderno dispuesto a demostrarse a sí mismo que él puede seguir siendo un icono del cine de acción, a la altura de Buster Keaton, Jackie Chan o Bugs Bunny. Ole.
Misión: Imposible: Sentencia final (Mission: Impossible – The Final Reckoning, Estados Unidos, 2025)
Director: Christopher McQuarrie / Guion: Christopher McQuarrie, Bruce Geller, Erik Jendresen / Reparto: Tom Cruise, Hayley Atwell, Ving Rhames, Simon Pegg, Esai Morales, Pom Klementieff / Director de fotografía: Fraser Taggart / Montaje: Eddie Hamilton / Música: Lorne Balfe, Max Aruj, Alfie Godfrey / Producción: Jake Myers, Tom Cruise, Christopher McQuarrie

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