HAVOC
El cuerpo como templo del desgaste
La acción predominante hoy en día, más allá de la calidad de sus guiones y secuencias, sigue prácticamente en su totalidad una lógica de pulcritud digital: todo enfocado, todo con su color, siguiente plano. Una tendencia que ha tomado especial presencia en las grandes producciones de las plataformas: Alerta Roja (Rawson Marshall Thurber, 2021), El agente invisible (Anthony Russo, Joe Russo, 2022), Agente Stone (Tom Harper, 2023).
Si se hace especialmente bien, y consigues que tu puesta en escena sea invisible (que no inexistente), estás en el lugar de la saga ‘Misión Imposible’, si no, estás en el lugar de las anteriores mencionadas. Estragos, dirigida por Gareth Evans, coreógrafo de acción reconvertido en director, rompe por completo con las reglas actuales del cine de acción mainstream al proponer, al igual que John Wick (Chad Stahelski, 2014) -dirigida por un doble de acción-, una forma de entender la acción a través de la “suciedad” de su puesta en escena.
Aunque rodada en digital y aprovechando el formato para capturar movimientos rápidos, trabajar con poca luz y facilitar las complejas coreografías que se dan en espacios cerrados; la imagen de Havoc, claramente trabajada en postproducción, otorga al filme un look sucio y crudo, con altos contrastes, paleta desaturada y grano artificial. El digital no busca la pulcritud, hay textura, cuerpo en la imagen. Esto se traduce directamente en el elemento esencial del cine de acción que muchas películas parecen haber olvidado ya: el cuerpo y su futilidad.

Pistolas, cuchillos, coches, granadas; todas comparten una característica común: ni sienten ni padecen. El templo del cine de acción es el cuerpo, lo único destruible, sofocable y con capacidad de perder su funcionalidad. De ahí que la puesta en escena deba encargarse de sostener el cuerpo cuando este mismo no puede por sí solo. Las peleas en Estragos son largas, jadeantes y consecuentes para el cuerpo, Evans alarga cada plano el tiempo suficiente como para que la acción tome partido mediante las coreografías y no tanto, que también, mediante el montaje. El formato por el que opta remite al lenguaje del videojuego, la cámara pasa a ser un personaje más que vive la matanza: se ensucia, salpica de sangre y se voltea como el girar de una cabeza, personificando la cámara en el espacio donde transcurre la acción.
El diseño de sonido amplifica cada bala, machetazo, caída y cuello partido, todo se siente de forma inmediata. En este sentido, es un poco más relamida que John Wick, donde, salvo excepciones donde se enfrenta a un rival digno, los cuerpos caen uno tras otro sin mayor importancia. Evans opta por un mayor gusto por la destrucción: rostros rasgados, decenas de balas que perforan un mismo cuerpo, desmembramientos obscenos, cámaras lentas…; todo un catálogo de la mayor imaginería al servicio del asesinato.
En este sentido, uno de los mayores aciertos que se le puede reconocer a la película de Evans es sin duda el casting de Tom Hardy, un actor nada ajeno a la acción bruta y despiadada como bien prueba Mad Max: Furia en la carretera (George Miller, 2015) o Bronson (Nicolas W. Refn, 2008). Hardy es un experto en el gruñido, de mirada penetrante y andares pesados, como si cada pisada llevase el dolor y la culpa un poco más cerca del destino trágico que acarrea a sus antihéroes. Él no habla, produce sonidos guturales con la boca empequeñecida porque el único diálogo que entiende su personaje es el de la violencia, esa que ejerce sin preguntas, como código interno de un mundo acabado.

La mejor escena del filme y que ejemplifica por completo lo que mejor sabe hacer Evans sucede en el interior de una discoteca, que muestra tanto los elementos estéticos mencionados, como una relación con el espacio muy prototípica en el director. La secuencia arranca con un plano secuencia en el que la cámara sigue al detective Walker (Hardy), para, una vez entrado en la sala de baile (donde se desarrollará la acción), separarse de su espalda y alzar el vuelo, describiendo en pocos segundos el lugar donde se encuentra. Este alzamiento de la cámara es una buena puerta de entrada a un elemento que Evans maneja perfectamente: la relación de alturas. En su segunda película, Redada asesina: The Raid (2011), la verticalidad del edificio le permitía a Evans un eficaz manejo del espacio, minimizando la complejidad del mismo para proceder a facilitar la legibilidad de la acción: arriba y abajo.
Sala de baile, zona V.I.P, pequeñas escaleras y otra sala ligeramente por encima. Ese es el espacio de la discoteca perfectamente cartografiado a partir del plano secuencia previo para, a continuación, proseguir con la matanza siguiendo la lógica del espacio descrito: Walker y su objetivo están arriba, y el resto de enemigos irán subiendo para alcanzarlo, todo lo que no suponga avanzar hacia dicha dirección se percibe como un retroceso.
Por desgracia, a la película de Evans le pasa exactamente lo mismo que a otras cintas como Tyler Rake (Sam Hargrave, 2020) o Monkey Man (Dev Patel, 2024), qué entienden perfectamente el desgaste del cuerpo en su narración, pero pierden potencia cuando no hay acción. El drama principal es un cliché, un policía triste y corrupto que se ha alejado de su familia; una mecha para que prenda la acción. Sin embargo, al otorgarle en muchas ocasiones un lugar para que la película descanse, en vez de para avanzar la trama o sumergirnos en los personajes, lo que se acaba consiguiendo es una gran cantidad de personajes unidimensionales situados en escenas intrascendentes.

El ejemplo perfecto es la pareja a la que Walker debe proteger, unos canallas de poca monta de los que apenas conocemos nada más allá de su condición, y que, pese a que la película pretenda que sintamos su inmerecido destino, su dibujo es tan vagos lo largo de la película que es imposible que esa emotividad que busca su final sea creíble. Las pocas escenas donde podría desarrollarse algo más se resuelven con planos-contraplanos y funcionan como simples bisagras entre secuencias de acción.
Si un acierto claro tenía la primera película de Evans, The Raid, era precisamente usar el argumento como una simple y descarada excusa para desatar una acción casi onírica, eliminar la trama en pos de un aquelarre de golpes, coreografías imposibles, sangre a mansalva y desenlace inverosímil. En Havoc ha intentado algo más clásico y legible, que exista argumento y que tenga algo de peso, pero para ello hay que detenerse más y mejor, y esta película no lo hace.
Estragos (Havoc, Gareth Evans, E.E.U.U., 2025)
Dirección: Gareth Evans / Guion: Gareth Evans / Producción: Severn Screen, One More One Productions, XYZ Films / Distribuidora: Netflix / Fotografía: Matt Flannery / Montaje: Sara Jones, Matt Platts-Mills / Música: Aria Prayogi / Diseño de producción: Tom Pearce / Reparto: Tom Hardy, Jessie Mei Lei, Timothy Olyphant, Forest Whitaker, Luis Guzmán, Justin Cornwell, Quelin Sepulveda, Sunny Pang.
