EXPEDIENTE WARREN: EL ÚLTIMO RITO
Atrapados en el reflejo

Si la convicción en la fe cristiana era lo que protegía al matrimonio de los Warren en su lucha contra el mal, parece que la ciega esperanza en la confianza con el espectador fraguada película tras película es la salvación de esta Expediente Warren: El último rito (Michael Chaves, 2025). Y es que, tras doce años del inicio de los rituales del universo, esta novena entrega de la saga queda desbordada por una tradición ceremonial palpable en el itinerario de su narración y en las dos vertientes que la integran, puestas en evidencia ambas en el símbolo del espejo. Por un lado, el reflejo interior de este como un portal a lo mundo demoniaco y desencadenante del rito satánico —en palabras de nuestros investigadores de lo paranormal: manifestación, opresión y posesión—. Y, por otro lado, aquel reverso-cara que brinda lo real —que en esta entrega se infla, se expande y se intensifica de manera altamente jubilosa— acerca del rito de la vida que supone el crecimiento hasta la adultez de Judy, la hija de los Warren. La construcción del filme se centra entonces en el desarrollo y la dialéctica entre estas dos dimensiones, algo que apela a esa idea de afrontar los fantasmas del pasado. Esto se expresa el clímax del filme de manera sintética, construido sobre el enfrentamiento entre la imagen en el espejo de los Warren como demonios versus la imagen de lo real de los bondadosos protagonistas. Pero, hasta llegar a este fin de ciclo es preciso rebobinar la última cinta de casete grabada por Ed y Lorraine Warren hasta…
Pensilvania, 1986. A partir de un plano secuencia, la cámara nos introduce en el hogar de los Smurl y adelanta el movimiento de intromisión que va a realizar el espejo endemoniado. Se crea así un escenario cuyas figuras van a ser objeto de ensayo de los manierismos del terror propios de la franquicia: desde el soplo de unas velas al juego con el cable del teléfono, pasando por unos cristales en el estómago, hasta la completa materialización de lo monstruoso. Todo un ritual clásico en la franquicia que se basa en la progresiva creación de una atmósfera tenebrosa, la ocularización en los personajes y la dilatación del tiempo del plano para sorprender al espectador de manera inesperada. Estos trucos coreográficos por los que la cinta emana el terror también sirven para acabar precipitando la trama —por medio de un convencional montaje encadenado— con la petición de ayuda de los Smurl en los medios de comunicación. Pero, lo interesante de esta cuestión no es solo que la dimensión diabólica de la película —minada de sustos— funcione a golpes de efecto —unos con más fortuna que otros—, sino que el empleo de este recurso también se instaura como eje incitador para hacer avanzar la trama de los Warren.

En un desarrollo paralelo, la otra trama al margen de los Smurl muestra la cara más luminosa de la película, donde cabe un parto, una fiesta de cumpleaños y una boda —con amigos conocidos incluidos, e incluso un cameo del propio James Wan—. Todas estas ceremonias buscan dotar de identidad propia a la cinta, al mismo tiempo que se insufla un sentido reverencial a los Warren en este punto de inflexión de la saga. No obstante, pese a esta buena intención, se cae en esta entrega en un constante abuso del primer plano como vía para intentar acercar los personajes al espectador; al mismo tiempo, se desarrolla un drama familiar tópico, sentimental y poco sutil. Por ejemplo y en relación con los golpes de efecto para empujar la trama, se puede observar cómo se resuelve de manera atropellada la escena del anillo, cuando el personaje de Ben Hardy saca la alianza en busca del consentimiento de los Warren para pedir la mano de su hija. Tras haber sido rechazada la idea por el padre —precisamente, por precipitada—, aparece de manera inesperada Judy, pillándoles con las manos en la masa y —sin que nadie diga o pueda hacer nada— gritando rápidamente “¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!”.
Si bien sendas tramas/dimensiones se sustentan en un endeble andamio del que son escasos los momentos e imágenes memorables, su falta de diálogo lo agrava aún más. En la secuencia de inicio, tras tropezar con el espejo, se prosigue con la escena del parto de Lorraine y el intento por retirar el cordón umbilical que ahoga al feto. Para cuando esta complicación del parto, perpetrada por el demonio, se logra erradicar, ya es demasiado tarde y, sumergidos en la oscuridad del quirófano, el bebe nace inerte. Sin embargo, de manera milagrosa un haz de luz cenital cae en el negro ambiente, bañando a los personajes y dando vida a la pequeña Judy. Este acto de fe adelanta la sobreprotección y los deseos de buen porvenir de la ficción con respecto a sus protagonistas. Y, de esta manera, la devota preocupación del filme por sus vidas hace desviar el drama del matrimonio Warren del rito demoniaco que está teniendo lugar en Pensilvania hasta los últimos minutos. Con un caso que apenas es investigado y con una familia sin apenas entidad, la ficción deja en evidencia una carencia de interés en los Smurl y los reduce a mero telón de fondo para el empleo de sustos. Para cuando ambas tramas confluyen, ese clásico “hay algo en esta casa, algo que se esconde y que utiliza a esta familia” no había sonado antes tan vacío.

Así, Expediente Warren: El último rito no solo se muestra sentimental y conservadora en las formas, sino también en su discurso —verbalizado en ese final en el que el padre da el relevo del poder al yerno—. Lo que en verdad funciona en esta última entrega es aquello que le viene impuesto, ya madurado, directamente heredado de los padres (las dos primeras entregas de la franquicia): una impecable manufactura en el diseño de producción y de sonido y, en combinación con esto, unos siempre encomiables Vera Farmiga y Patrick Wilson, pilares morales que inyectan carisma en cada gesto. Una fórmula siempre eficaz, pero que tiene que levantar una ceremonia tan reverencial como deslavazada tanto en su aportación —el homenaje a los Warren—, como en su continuidad —el tratamiento del terror—. Y es que la emancipación y la madurez se logra por el mismo camino que acometen los personajes: afrontando los problemas que se arrastran para no quedar atrapados en el reflejo.
Expediente Warren: El último rito (E.E.U.U., 2025)
Director: Michael Chaves / Guion: Ian Goldberg, Richard Naing, David Johnson / Director de fotografía: Eli Born / Montaje: Elliot Greenberg, Gregory Plotkin / Música: Benjamin Wallfisch / Productoras: New Line Cinema, Atomic Monster, The Safran Company, Warner Bros / Reparto: Patrick Wilson, Vera Farmiga, Mia Tomlinson, Ben Hardy, Taissa Farmiga, Victoria Paige, Steve Coulter
