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EL TESTAMENTO DE ANN LEE

Nuevas narrativas para el musical

Es difícil que a estas alturas alguien no conozca el trabajo de Mona Fastvold, artífice junto a Brady Corbet de uno de los libretos más lúcidos que nos ha dado el cine reciente, el de The Brutalist (2024). Y, del mismo modo, sería casi comprometedor no percatarse de que, tanto en su faceta de guionista como de realizadora, las líneas argumentales de sus proyectos se mueven siempre hacia una dirección muy particular. Tras los pasos de The Brutalist, Fastvold presentó en la 82ª Edición del Festival de Venecia El testamento de Ann Lee, una especie de biografía sobre la fe inquebrantable inspirada en hechos reales tan arriesgada e irresistible como, finalmente, vaciada de contexto. En ella, nos obsequia con un retrato  acerca de una comunidad religiosa de finales del siglo XVIII, supervisada por la Ann Lee del título -en cuya piel se mete una colosal Amanda Seyfried-, que pregonaba un credo de no violencia y que trató de expandir -e instaurar- su dogma por los territorios vírgenes de un Estados Unidos incipiente. Más allá de sus teorías pacifistas y su profundo rechazo a lo carnal, los Shakers -del verbo “temblar” en inglés- se caracterizaban por apelar a la danza y al canto para predicar la oración, con miras a simbolizar su íntima -y personal- conexión con un Dios pluscuamperfecto. He aquí el primer quid de la cuestión: que lo realmente interesante y (casi) novedoso de la función es cómo la obra canaliza el género musical en la narración de manera fluida, coherente y sin fisuras. Esta vez no es una excusa, un complemento o una licencia dramática -ficcional- para reforzar el texto, sino un principio rector del relato.

El testamento de Ann Lee. Revista Mutaciones - 1

Acompañada de una melodía con coros etéreos que dota a la secuencia de un halo misterioso, la cinta se inicia con una sucesión de cenitales que registran el movimiento frenético de varias figuras en la espesura del bosque. Cuando el dispositivo desciende a un nivel terrenal, una joven -con apariencia de hada- anuncia a cámara la inminente historia de Ann Lee desde su infancia en Inglaterra hasta su desdichado -y solitario- final. Acto seguido, un intertítulo sobre un fondo negro ilustrado con dibujos y una tipografía de cuento en blanco nos emplaza al primer capítulo. Esta decisión, a su vez, indica una estrategia novelada que divide en diversos episodios las etapas vitales o acontecimientos supremos de la protagonista. Desde un punto de vista formal, la película comparte, sobre todo, similitudes con The world to come (2020), la anterior obra de Fastvold. En ambas se produce una huida hacia adelante en el plano estético para tratar de mitigar el impacto de una realidad asfixiante, áspera e inclemente. En este sentido, la autora noruega prefiere apostar por una puesta en escena rigurosa y calculada; una paleta cromática de múltiples tonalidades que abraza el carácter onírico de una naturaleza salvaje en ebullición -y de su belleza decadente-; y, por último, una serie de encuadres y otros recursos -como el uso del blur en los márgenes de algunos fotogramas- que, a través del montaje, juegan con las coordenadas espacio-temporales y difuminan las fronteras entre lo abstracto y lo tangible. Todas estas decisiones contribuyen a lograr uno de tantos propósitos: que la magia y la fantasía, transmisión oral mediante -todo lo que, en suma, aspira a distorsionar o romper la monotonía de lo normativo-, son antídotos contra la ignorancia, el convencionalismo y el miedo. Y, además, es un proceso indispensable para asegurar la supervivencia de la cultura y, por ende, de nuestra especie.

El testamento de Ann Lee. Revista Mutaciones - 2

Al margen de su envoltorio, en el apartado temático existe un continuismo con lo que ya se abordaba en The Brutalist o El mundo que viene: cómo los códigos cerrados, atrofiados, de una sociedad determinada en cualquier época encuentran su reflejo en el presente actual. Por todo ello, se hacía necesario establecer un análisis en clave comparativa entre estos largometrajes en concreto, porque los paralelismos son inequívocos. Al respecto, no es tan relevante que la acción se desarrolle en la Pensilvania de la posguerra, en el norte del estado de Nueva York a mediados del siglo XIX o, ahora, en la zona de Nueva Inglaterra de finales de la década de 1770; lo importante es el denominador común: Norteamérica. Fastvold nos dice que la envidia, el odio, la misoginia, el racismo y, en general, los prejuicios -entre otros sentimientos o creencias que habrían de permanecer enterrados- no se han desprendido de la capa social de muchas naciones y continúan teniendo una enorme resonancia en la contemporaneidad, refrendados por el comportamiento arcaico de algunos líderes. Después de examinar su corpus, se puede afirmar que la directora crítica abiertamente, desde su mito fundacional, la idiosincrasia del pueblo estadounidense -en un instante en el que la política del país, con Trump a la cabeza, se orienta a un neoliberalismo atroz- y, a la par, advierte de que los verdaderos valores de la democracia están amenazados de muerte. Por este motivo, en la filmografía de Fastvold, lo que debería ser una celebración dionisiaca del placer o de la libertad de expresión –El testamento de Ann Lee-, del amor homosexual sin censura –The world to come– o del arte radical de vanguardia –The brutalist-, se transforma irremediablemente en un camino tortuoso en el que nunca se obtiene la recompensa absoluta -y si lo hace, cabe preguntarse a qué precio y bajo qué condiciones-.

El testamento de Ann Lee. Revista Mutaciones - 3

Aquí, el sendero del héroe/heroína -el de László Tóth, el de Abigail y Tallie o el de Ann Lee-, despojado de los elementos del clasicismo, es impredecible y fatídico. En última instancia, pese a haber conseguido el objeto de deseo -llámese este reconocimiento profesional, vínculo espiritual o apego emocional-, el héroe o la heroína parece derrotado o, como mínimo, abatido. Sin embargo, entre tanta niebla, ante tanto pesimismo justificado, surge un rayo de esperanza bajo la efigie de una MUJER: garante indiscutible para construir un mundo mejor y más justo. Lo veíamos en la sororidad y comprensión que se profesan Abigail y Tallie, con una delicadeza inaudita, en el western The world to come; en la mesura que transmite el personaje de Erzsébet en The Brutalist como contrapeso al caótico -y despiadado- universo masculino; y, por añadidura, en la filantropía de la sacerdotisa Ann Lee, quien confía ciegamente en la utopía de crear un espacio seguro, basado en la equidad, dentro de una región hostil. Así pues, en estas odas al feminismo –El testamento de Ann Lee es el súmmum, sin duda-, el poder de la mujer se erige como la fuerza motriz cabal, ecuánime y recta que ha de regir el futuro de la humanidad. Con semejantes manifiestos cinematográficos, Fastvold subraya su postura ideológica y se desmarca de la tibieza discursiva de otros compañeros de profesión.

El testamento de Ann Lee. Revista Mutaciones - 4

La religiosa Ann Lee -y sus acólitos- utiliza(n) el éxtasis corporal -en el goce de la pulsión escópica- como protesta contra el orden imperante, como acicate para expulsar las energías nocivas -la intolerancia, la mentira- que rodean su círculo. De ahí que las coreografías se perciban como un trance, originales y vibrantes, porque su ejecución sale de las entrañas de los intérpretes -con ardor pautado-. El testamento de Ann Lee es una propuesta visceral y tremendamente sensorial que, no obstante, no exprime al máximo el material que tiene entre sus manos. Primero, debido a que faltan matices psicológicos que permitan indagar en las motivaciones de la congregación -en particular de Ann-; y, en segundo lugar, en su reconstrucción histórica. En este sentido, el filme elude un contexto más amplio que impide alcanzar una comunión plena con la audiencia. Quizás, en su afán por enmendar esta brecha, Fastvold comete posteriormente otro error: después del colérico plot twist que se genera a raíz de la ceremonia en el granero, el desenlace se condensa en un lapso demasiado breve. Como consecuencia, en un intento un poco desesperado por cerrar todos los capítulos, la realizadora nórdica precipita un epílogo -con arreglo a una cadena de explicaciones que enuncia una voz en off– que se siente inconcluso, atropellado e insuficiente, como si de repente pretendiera darle un significado a todo el conjunto. Males menores si nos atenemos al visionado de una experiencia fascinante.


The Testament of Ann Lee (Reino Unido, 2025)

Dirección: Mona Fastvold / Guion: Mona Fastvold, Brady Corbet / Producción: Scott Aharoni, Claude Amadeo, Kristina Börjeson, Sabrina Brewer, Maddie Browning, Max Burger, Monique Burger, Eden Burke, Austin Cammarano, Diana Chen, Patrick Chu, Brady Corbet, Michael D’Alto, Chris K. Daniels, Saskia Gigi Duff, Sinan Eczacibasi, Megan Ellison, Mona Fastvold, Michael Fowler, Zelene Fowler, Brantley Gong, Dave Guenette, Jiarui Guo, Joshua Horsfield, Marc Iserlis, Gregory Jankilevitsch, David Kaplan, Tyler W. Konney, Daniel Lägersten, Mark Lampert, Lillian LaSalle, Eiffel Mattsson, Andrew Morrison, Heather Nodelman, Oleg Nodelman, Tom Ogden, Jesse Ozeri, Adam Paulsen, Vincent Peone, Viktória Petrányi, Christopher Renteria, Michael Reuter, Carson Rowland, Randal Sandler, Klaudia Smieja, Judit Sós, Kyle Stroud, Chris Triana, Zach Verdin, Feng Wan, Metin Alihan Yalcindag, Cameron Zahand / Fotografía: William Rexer / Montaje: Sofía Subercaseaux / Reparto: Amanda Seyfried, Lewis Pullman, Thomasin McKenzie, Matthew Beard, Christopher Abbott, Viola Prettejohn, David Cale, Stacy Martin

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