CRÓNICA DIARIA SAN SEBASTIÁN #1 (SECCIÓN OFICIAL Y PERLAK)
El primer día
El arranque de un festival siempre tiene algo de ritual: en Donosti las alfombras rojas se extienden frente al Palacio Kursaal y entre el Hotel María Cristina y el Teatro Victoria Eugenia; las salas principales de la ciudad se llenan de colas y conversaciones sobre las películas; y una expectación cinéfila impregna el ambiente, entre el deseo de descubrir nuevas voces y el respeto a las ya asentadas. El viernes 19, primer día de esta 73ª edición del Festival de San Sebastián, el certamen ofreció una programación variada, confirmando que en sus pantallas caben todos los registros. En Revista Mutaciones asistimos a varios de esos pases, entre títulos de la Sección Oficial y de Perlak.
27 noches, de Daniel Hendler, abrió la competición con una comedia negra que oscila entre el absurdo y la tensión moral. La película, con producción de Netflix, cuenta la historia basada en un caso real de una mecenas excéntrica a la que sus hijas intentan declarar insana. En un relato que combina al mismo tiempo investigación judicial y drama familiar, Hendler, con un tono entre sarcástico y melancólico, traza un retrato inquietante sobre temas profundos como el poder, la herencia, la fragilidad mental y el edadismo. La interpretación central aporta un carisma que puede engatusar, pero el guion, artificioso, hace que la película sostenga el tono en ocasiones, pero en otras, escudarse en el humor y la exageración no resulta tan efectivo.
La jornada ofreció un respiro con Climbing for Life, de Junji Sakamoto, quien ya compitió por la Concha de Oro en el 2000 con Kao / Face. Esta película está programada fuera de concurso en la sección oficial y recupera la figura de Junko Tabei, primera mujer en coronar el Everest en 1975. Aunque se inscribe en las convenciones del biopic, resulta reconfortante cómo Sakamoto filma el esfuerzo físico y la intimidad de la escaladora con una mezcla de lirismo y crudeza. Los tiempos narrativos se entrelazan, lo que permite al director recurrir a distintos formatos de imagen para explorar la memoria. El relato alterna la gesta histórica con los últimos años de Junko, marcados por la enfermedad, y abre preguntas dolorosas sobre el triunfo y la envidia hacia el logro ajeno, al tiempo que reflexiona sobre qué significa realmente “vivir la vida”.

En la sección Perlak, la programación trajo un abanico de obras como la de Raoul Peck quien, con Orwell: 2+2=5, realiza un ejercicio ensayístico que se sumerge en los últimos meses de vida del escritor británico, George Orwell, a la par que enlaza su gran novela 1984 con el presente, trazando paralelismos con la manipulación mediática y el auge del autoritarismo. La propuesta combina dramatizaciones, archivo, voz en off y clips de adaptaciones de 1984, y otras películas, algunas más pertinentes que otras. El film tiene un tono didáctico que por momentos roza lo condescendiente, pero no podemos negar que su vigencia es innegable: Orwell no escribió sobre un futuro lejano, sino sobre un presente eterno. El documental, en ese sentido, se limita a exponer el valor de un libro cuya resonancia sigue intacta.
Nouvelle vague, de Richard Linklater, reconstruye los días febriles de 1959 en los que Godard rodó Al final de la escapada. Linklater se adentra aquí en una vorágine con nombre propio, Jean-Luc Godard, para mostrar el nacimiento de un cambio que impregnó el cine para siempre. No estamos presenciando tanto una lección de historia como un juego metacinematográfico en el que la nostalgia se impone a la energía juvenil del grupo de directores de la nueva ola francesa. Y, quizás por eso, se trate de una pequeña traición precisamente a ese cine al que Linklater venera y sin el que su carrera no existiría.

El cine dentro del cine, esta vez como catalizador, también se aprecia en el último trabajo del noruego Joachim Trier, Sentimental Value. El reencuentro entre un padre ausente y sus dos hijas se convierte en un campo minado de emociones. Aquí, los silencios atrapados en las grietas de una casa —y de la familia— son los protagonistas. Trier utiliza la cámara como un testigo íntimo, explorando memorias y afectos entrelazados, mientras el pasado se hace tangible a través de pequeños objetos a los que se les otorga un valor simbólico con las palabras, como ese taburete de IKEA. Sin embargo, Trier parece no haberse decidido por qué historia contar, creando escenas y tramas muy potentes junto a otras que parecen satélites, orbitando sin integrarse completamente en el núcleo emocional de la película.
Por último, La tarta del presidente, la ganadora de la Cámara de Oro a la Mejor ópera prima, del iraquí Hasan Hadi, ofreció una mirada política un poco más cálida a lo acostumbrado. La historia sigue a Lamia, una niña que recorre un Irak asfixiado por el régimen para cumplir una misión tan absurda como tierna: conseguir los ingredientes para cocinar la tarta de cumpleaños para Sadam Hussein. El contraste entre la inocencia infantil y el trasfondo dictatorial genera un tono entre fábula cruel y sátira política, y es justo la sencillez de la propuesta lo que hace que sus decisiones sean una virtud.

