DESTELLO BRAVÍO

Detrás del telón de la España vacía(da)

Se hace la luz y comienza el fulgor: “Viva la madre que nos parió”. En el primer plano fijo -en una película llena de ellos- de Destello bravío parece oírse la risa descarnada de Carmina Barrios. “¿Eres tonta, coño?” dice la supuesta Carmina. Tiene que ser ella. Y aunque podría haberlo sido, pronto se descubre que esas carcajadas proceden de otra persona. Claro, Carmina solo hay una. Aun así, no es baladí hacer alusión a las dos películas de Paco León protagonizadas por su madre –Carmina o Revienta (2012) y Carmina y Amén (2014)- porque hay algo de ellas en la ópera prima de Ainhoa Rodríguez. De esa madre arrebatadora y magnética, sin duda, pero también de la forma en la que el director sevillano se acerca, a través de los personajes, a una suerte de idiosincrasia española desde el respeto y el humor absoluto, contando con la colaboración directa de personajes que se interpretan -en mayor o menor medida- a sí mismos. Porque lo que sucede delante de la pantalla obedece a una imbricación entre realidad y mentira percibida como verosímil. En “las Carminas” por cercanía del cineasta a dicha realidad y en la ópera prima de Rodríguez conseguida a partir de la escritura de un guion que nace de la relación directa con todos los personajes implicados en la película. Y es esa escucha atenta a las vidas de los habitantes de Puebla de La Reina lo que le permite a la debutante trascender lo documental para juguetear con la fantasía sin por ello dejar de abordar el tema central: la España vacía(da). Para ello, la directora levanta el telón lynchiano y descubre otras dobleces de la realidad. Recovecos inasibles a primera vista. Por eso los personajes van a ser mostrados de formas inquietantes, de espaldas, de perfil. Enmarcados y reencuadrados por vanos o dispuestos en el centro de las composiciones dando lugar a extrañas simetrías. Pareciera que la composición de los planos estuviera advirtiendo de la doble naturaleza -fingida y documentada- de lo que se ve. De lo que siempre ha estado y se intuye puede desaparecer. Aquí no hay una voz que sigue cantando cuando la artista cae al suelo como en Mulholland Drive (2001), no hace falta, porque ¿quién quiere un telón -azul o rojo- cuando puede servirse de la santa procesión de una virgen dolorosa para explorar los caminos de lo telúrico? ¿O de la plasmación onírica y frontal de una arquitectura que habla en el silencio de la noche para contar la memoria de su pasado?

Pero las referencias no terminan ahí. En Destello bravío resuena cierto eco almodovariano; en las dos secuencias del programa de televisión en primer plano que se miran directamente en Hable con ella (2002) y en un escenario que bien podría ser el pequeño pueblo de Volver (2006), con fantasma incluido, aunque en esta ocasión la fantasmagoría provenga del vaciado de la España profunda y del sonido de un pasado que no termina de dejar salir a los habitantes de su ensoñación. Además, mantiene de Pedro Almodóvar la incontestable presencia femenina. Aunque también hay personajes masculinos importantes, son las mujeres las que sostienen el relato. Y qué mujeres. Aunque pudieran parecer vacas sin cencerro -que le diría la anciana madre a su hija Leocadia a la vuelta al pueblo en La Flor de mi Secreto (1955)- son mujeres bravías que se narran a sí mismas a pesar de habitar una realidad estilizada, filmadas desde atrás o experimentando un concierto orgiástico donde las perlas que adornan sus cuellos y el contacto con sus pieles machacadas por el tiempo se tornan material erótico. Es decir, mujeres que desean y son deseadas. Que viven a pesar de las tradiciones heredadas y soportan el peso de la pérdida de una forma de vida que comienza a extinguirse sin que puedan hacer nada. Pero el eco del cineasta manchego-extremeño, pronto choca con las paredes bien blanqueadas de los edificios de ese pueblo incierto hasta perderse en la bruma de noches de dos lunas. Y es que Pedro también hay solo uno

Son muchas dudas las que plantea Destello Bravío y quizás no todas de manera consciente. Es difícil dilucidar hasta qué punto la confusión generada tras la visión del largometraje se debe a una intención artística o a simple descontrol de una debutante. El fuerte componente coral del relato -que hace saltar de una secuencia a otra sin motivo aparente- y la amalgama de referencias tan diversas quizás no terminan de casar siempre igual de bien. Pero de lo que no cabe duda es que la película de Ainhoa Rodríguez demuestra la existencia de una mirada propia que, con el tiempo, pudiera derivar en estilo. Del acercamiento a una cuestión “social” desde un prisma valiente y atrevido, que no tiene miedo de desnudar a una virgen desde un picado o incluso de dejar gran parte del proceso creativo en manos esas humildes gentes. Rodríguez no tiene ningún miedo llenar de sueños los parajes desiertos. Ainhoa posee, y traslada a quien se atreva a mirar, esa visión, ese destello bravío que va a hacerlo todo cambiar. Ese halo de luz que entra en diagonal por la ventana en el último plano y que hace chillar al águila. Y una vez terminada, el fulgor del principio permanece. El destello de una autora que promete mucho más de lo ha enseñado aquí. Ahora a ver quién es capaz de volver a bajar el telón.


Destello Bravío (España, 2021)

Dirección:  Ainhoa Rodríguez / Guion: Ainhoa Rodríguez / Producción: Tentación Cabiria, Eddie Saeta S.A, Lluís Miñarro Producciones / Fotografía: Willy Jauregui / Música: Paloma Peñarrubia, Alejandro Lévar / Montaje:  José Luis Picado / Reparto:  Guadalupe Gutiérrez, Carmen Valverde, Isabel María Mendoza

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