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Folk horror como parábola social
El segundo largometraje de Zach Cregger presenta una estructura capitular y con distintas perspectivas que dialogan entre sí, completando el sentido final de Weapons (2025). La narración se localiza en un pueblo estadounidense sacudido por un inquietante misterio: a la misma hora de la madrugada todos los niños de una clase abandonan sus casas y desaparecen. Todos, excepto uno. Las desapariciones, envueltas por elementos sobrenaturales, sugieren una revisión moderna y contemporánea del folk horror, un subgénero de terror caracterizado por creencias y simbologías oscuras que atraviesan a una comunidad.

Los niños salen de sus camas y escapan de sus casas, todavía dormidos y con los brazos en alto. Como embelesados por un hechizo, éstos evocan la leyenda del Flautista de Hamelín, cuento alemán de los Hermanos Grimm. Según la leyenda, un flautista atrajo con su música hasta 130 niños de la ciudad de Hamelín, Alemania. Desaparecieron y nunca volvieron. Sin embargo, en la película de Cregger los niños no son convocados por la magia de la música, sino por la silente llegada de las 2.17 am. En consecuencia, los habitantes del pueblo comienzan una dinámica hostil en busca de responsables, dirigiéndose así hacia la paranoia colectiva y la injerencia del mal.

La trama principal se compone de distintas piezas narrativas, configurando así una estructura episódica. Cada una de ellas está protagonizada por un personaje: la profesora de la clase, un padre afectado, un policía local, un yonqui y el único niño que no ha desaparecido. De esta forma, la escritura de cada capítulo dosifica el drama principal que empuja al grupo, pero al mismo tiempo, construye las miradas de cada personaje, impregnadas por las desesperaciones y motivaciones individuales que los conducen hacia el corazón de la amenaza, engrandeciendo el misterio que acecha. Para ello, el ritmo crece de forma escalada hacia cliffhangers que plantean una nueva pregunta, cuya respuesta se complementa o responde en los capítulos siguientes, renovando, a su vez, la perspectiva del propio espectador.
Esta línea estructural es ciertamente continuista respecto a Barbarian (2022), debut del director en que también alternaba entre perspectivas, aunque limitado a menos personajes. Otra característica común es la falta de exposición directa de la amenaza, pues evoluciona desde el terror atmosférico hasta disiparse a un terror mucho más violento y carnal. Asimismo, se identifican pequeños y pasajeros contrapuntos cómicos que aligeran la tensión del horror para luego volver a elevar el sentido mismo del género. No obstante, la técnica visual sí se diferencia entre las dos películas. En su primer largometraje, recurre a marcados cambios de formato y ópticas que puntualizan los cambios de mirada, lo cual difiere con un planteamiento visual mucho más consistente y sobrio en su nueva película.

Precisamente, si bien este planteamiento estructural supone una de sus mayores virtudes también puede considerarse su mayor defecto. En su anterior película, más pequeña, el discurso se presenta mucho más atado y dirigido al disfrute del terror sangriento. Sin embargo, en esta ocasión, a pesar de que el manejo de un reparto más coral amplifica las posibilidades narrativas, también adolece de solidez. Las motivaciones de cada personaje, así como la sombría amenaza antagonista, escapan de la propia película, pues las diferentes cuestiones que se plantean acaban por dispersarse. Además, si bien la desaparición de los niños es el detonante de la historia, su desarrollo se dirige a un terror sobrenatural, del cual se expone su mecanismo, pero nunca su origen genuino.
Por consiguiente, el discurso de Weapons resulta tan misterioso como las propias desapariciones, aunque, entre los tejidos que definen la principal capa narrativa, transpiran algunas ideas que justifican la revisión del cuento folclórico a la contemporaneidad. La película se posiciona como un toque de atención sobre la manipulación de masas, la desconexión comunitaria y la crueldad. De hecho, tal y como indica el título, los niños (o los más jóvenes) se consideran armas cuando son manipulados por una fuerza externa, cuyo objetivo es controlar el impulso colectivo. Como resultado, el desequilibrio de la comunidad provoca la enajenación de los adultos, la búsqueda de un chivo expiatorio y la extensión de la violencia.

Con todo, el segundo largometraje de Zach Cregger reafirma su interés por el diseño de atmósferas perturbadoras e intrigantes, las cuales se desarrollan a partir de una variedad de miradas que conducen la narrativa. Lejos de resolver partes de la intriga, éstas vibran y trascienden al finalizar la película. El director compone una inteligente y estilizada parábola social que bebe de la herencia del folk horror, configurando una puesta en escena pesadillesca y que incita a la reflexión acerca de las amenazas que acechan a nuestro funcionamiento social.
Weapons (Estados Unidos, 2025)
Dirección: Zach Cregger / Guion: Zach Cregger / Producción: Subconscious Films, Vertigo Entertainment, BoulderLight Pictures, New Line Cinema. Distribuidora: Warner Bros. / Fotografía: Larkin Seiple / Montaje: Joe Murphy / Música: Ryan Holladay, Hays Holladay & Zach Cregger / Diseño de producción: Tom Hammock / Reparto: Julia Garner, Josh Brolin, Alden Ehrenreich, Austin Abrams, Cary Christopher, Benedict Wong & Amy Madigan.
