THE MANDALORIAN AND GROGU
Heredar una galaxia muy, muy lejana

La primera vez que The Mandalorian and Grogu (Jon Favreau, 2026) emplea la imagen del espacio exterior supone una declaración de intenciones. Es necesario inspeccionar Star Wars, remontarse hasta el “Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…” y sus ligadas introducciones narrativas para (después) fijar la vista sobre los fotogramas primeros de la saga Skywalker (episodios I al IX) e incluso el de Rogue One (Gareth Edwards, 2016). Allí detectamos el comodín que, a lo largo de cuatro décadas, terminó por desgastar aquel espacio 一el mismo al fin y al cabo一 desde la apertura de las películas mencionadas. Pero aquí existe una desvinculación, y esa imagen-modelo se proyecta avanzados unos minutos de metraje, en un gesto que cuestiona su pasado. A continuación, el montaje sitúa el título del film de la mano de su procedencia: la serie televisiva. Así ‘The Mandalorian’ se inserta sobre ese fondo, y con él, la melodía que introducía cada episodio de sus tres temporadas. Esta organización de la puesta en escena, expresa la continuidad de un legado que busca independencia sin renunciar a sus cualidades diferenciales. Entonces, ‘and Grogu’ ejecuta su entrada, menos ruidosa, y ocupa el hueco que el encuadre le tenía reservado. La película parece proponer un heredero con su lenguaje.

Durante los pocos segundos que tarda en aparecer ese pedazo faltante del título, reside una espera llena de expectativas. Aún así, ‘The Mandalorian and Grogu’ puede de igual manera generar en el espectador las dudas sujetas a cualquier subproducto de una franquicia matriz. Por ejemplo, para el caso: ¿por qué presentarlos separados cuando el proyecto equiparó sus nombres con su anuncio? ¿Será que la pequeña criatura de nombre Grogu es un mero acompañante? Como el abordado por el texto, los spin offs nacen con la deuda de tener que demostrar su validez al respecto del lugar que acaban de ocupar. Por tanto, ese tipo de preguntas no resulta exclusivo de la película, pero esta asume con la mencionada espera lo que irremediablemente provoca su título. Y así, no sólo su demorado nombre (la serie tampoco tuvo prisa por revelarlo frente al apodo popular de Baby Yoda), sino que el mismo Grogu se introduce desde lo más bajo, sin pretensiones de grandeza; a través de un encuadre a ras de suelo que simula la cámara de un droide de seguridad. Se trata, además, de una imagen que contiene a otra, como un guiño a esa pantalla de televisión de la que directamente proviene el personaje (quién aterriza en dicho plano), y que ahora es digna de las grandes salas de cine.

Por tanto, la película 一o ese organismo descendiente de Star Wars一 se incorpora a la galaxia orgullosa y exenta de favores, con una ambición que separa sus límites de los dominios de la franquicia. En consecuencia, la narrativa huye del autoensalzamiento ya que no estruja las posibilidades a su alcance: esa epicidad dispuesta por el ancho y largo del hiperespacio o por cameos innecesarios (a diferencia de sus compañeros audiovisuales), sino que opta por construir los horizontes que requiere su camino. Comprobamos esta elección incluso en los duelos, donde las espadas de duracero sustituyen al registrado sable láser. Vaya, que Jon Favreau predica su discurso desde las antípodas del término nepo baby y la sujeción parental que conlleva. Dicha postura encuentra su forma en Rotta el Hutt (al que pone voz Jeremy Allen White), y es que el personaje rechaza cualquier afiliación a su padre Jabba a pesar de cargar el apellido de uno de los villanos más célebres de la trilogía original (episodios IV, V y VI). Pasado el ecuador del metraje, también el film establece cierta distancia para sí al ceder el protagonismo a Grogu durante unos minutos. Con este desmarque de lo establecido, el cineasta aprovecha el carácter mudo del personaje y evita las interrupciones de diálogo sobre la imagen mientras la cámara comprueba sus aptitudes para soportar aquella. Dos planos que encuadran a Grogu junto al cuerpo tendido del Mandaloriano (Pedro Pascal) al inicio y al final de la secuencia demuestran con la inversión de su eje la capacidad del personaje para darle la vuelta a una situación por sí mismo, es decir, para salvarla.

De manera similar, el auxilio contextualizó el estreno de la primera temporada de The Mandalorian (Jon Favreau) en 2019. Ese año, El ascenso de Skywalker (J.J. Abrams) finalizaba la narrativa principal de la saga, que retomó Disney desde que adquiriera la franquicia en 2012. El ánimo del fandom estaba por los suelos tras la decepción a rasgos generales del “nuevo” rumbo que suponían las secuelas: El despertar de la fuerza (2015), Los últimos jedi (2017) y el mencionado episodio IX. El personaje del Mandaloriano surgía de explorar el universo supuestamente yermo de las series de televisión live action. Lo que empezó como un agregado de perfil bajo, ha terminado por pilotar los mandos de la franquicia cinematográfica más grande de todos los tiempos. El último plano de este film deja a aquella pequeña criatura de nombre Grogu sobre el manejo de una nave. Así, The Mandalorian and Grogu propone una entidad independiente que reconoce su punto de partida. Ese ‘and Grogu’ no representaba un acompañante prescindible, sino el relevo requerido por la franquicia para heredarla, como el propio The Mandalorian (Jon Favreau, 2019-2023) lo fue en su día para Star Wars. Este es el camino para lograr que la fotografía de aquel espacio exterior luzca identificable, aunque suponga otra aventura por el mismo.
The Mandalorian and Grogu (Estados Unidos, Jon Favreau, 2026)
Dirección: Jon Favreau / Guión: John Favreau, Dave Filoni, Noah Kloor / Fotografía: David Klein / Montaje: Dylan Firshein, Rachel Goodlett Katz / Música: Ludwig Göransson / Reparto: Pedro Pascal, Sigourney Weaver, Jeremy Allen White, Martin Scorsese.
