Estrenos

LAS CATADORAS DE HITLER

¿Por qué comer? ¿Por qué vivir?

Las catadoras de Hitler Revista Mutaciones

La Segunda Guerra Mundial siempre tendrá un hueco importante dentro de la historia. El papel que desempeñó Alemania ha dejado un legado que es difícil no mirar y explorar a detalle; por eso, tampoco resulta extraño que cada cierto tiempo aparezcan nuevas propuestas audiovisuales que exploran la crueldad y, por qué no decirlo, la locura del partido nazi.

De esta manera, tampoco sorprende que películas como Las catadoras de Hitler (Silvio Soldini, 2025) no hayan tenido un camino fácil dentro de la propia Alemania, especialmente teniendo en cuenta en la obra que se basa —La catadora de Rosella Postorino (2018)— ni siquiera pudo publicarse allí. Probablemente esto se debe al miedo latente que aún existe en el país a lo hora de recordar lo ocurrido, algo que explica por qué ninguna productora alemana estuvo dispuesta a participar en la adaptación cinematográfica. Sin embargo, eso no ha impedido que en Alemania la película lograse colarse repetidamente en el top 10 de Netflix.

Dicho esto, y tras ver el producto final, queda claro que las virtudes del relato no se limitan únicamente al impacto de la historia. Silvio Soldini, junto con todo su equipo, consigue plasmar a lo largo de las dos horas toda esa mezcla de emociones vividas por un grupo de mujeres que, durante los últimos años de la guerra, eran obligadas a catar la comida que se serviría al führer con el fin de evitar que la mesa de Hitler se volviese en su tumba. Dado este contexto, es natural encontrarse con una película que presenta como uno de sus principales focos las escenas en las que comen. Hay varias repartidas a lo largo del metraje y todas poseen contextos totalmente distintos, por lo que cada una juega con sus propios mecanismos.

La primera escena en la que prueban comida está llena de detalles que convierten algo tan mundano como comer en un infierno asfixiante. A través de un plano general que muestra a las siete mujeres alineadas mientras el cocinero —elaborador de los platos— ocupa el centro del encuadre, el film deja clara sus intenciones visuales. La composición del plano queda repleta de líneas verticales que encasillan a las mujeres y funcionan como sinónimo de esa fuerza impuesta por los nazis que les impide ser libres. A nivel más visible, se pueden apreciar dos banderas con la esvástica situadas sobre sus cabezas, algo que enfatiza todavía más ese yugo invisible que las atormenta.

Esta sensación de encarcelamiento se sigue explorando a través de otros elementos visuales como el uso evidente del color azul, que invade un escenario que se asemeja más a una prisión que a un comedor o a una cocina tradicional, espacios normalmente asociados al hogar. Alrededor de esa mesa en el centro de esta habitación carcelaria, los soldados están constantemente presentes aunque, en muchas ocasiones, ni siquiera se muestren sus rostros. Esto evidencia la ausencia de un vínculo de empatía real y acentúa todavía más la idea de que no se trata de una comida entre personas que se aprecian. Prueba de ello son las constantes amenazas y la forma en que controlan el tiempo que tienen para comer; se les arrebata cualquier posibilidad de amenizar una tarea suicida como esa.

Las catadoras de Hitler Revista Mutaciones 2

Todo esto contrasta con una de las escenas más sugerentes: esa en la que algunas de las catadoras se reúnen en casa de una de ellas para disfrutar de su compañía no solo predominan los primeros planos y los planos medios, sino que a diferencia de los planos simétricos de las escenas en las que comen con los nazis. Cada mujer se sienta como quiere y ocupa el espacio del plano sin verse limitada por marcas visuales. Incluso los colores son mucho más cálidos y se ven reforzados por un entorno mucho más natural alejado de la frialdad de los comedores nazis. Y el detalle que termina de coronar la escena es precisamente lo que beben: alcohol en vez de agua. Estos cambios son una muestra de que en ese pequeño espacio son libres de hacer lo que desean y pueden ser sinceras unas con otras.

Sin embargo, estas no son las únicas escenas que reflejan lo cotidiano como parte fundamental de la construcción de sus personajes. Hay una gran cantidad de ocasiones en las que se ve a Rosa (Elisa Schlott) descansando en su cama y esta circunstancia, aparentemente banal, permite al personaje mostrarse especialmente vulnerable, aunque muchas veces lo haga de forma indirecta. En una de las primeras veces que aparece una de estas escenas, Rosa permanece tumbada observando la foto de la persona que más le importa mientras la luz de la lámpara baña la imagen. Esto contrasta enormemente con el resto de la habitación, sumida en una oscuridad que no llega a ser absoluta tan solo gracias a ese pequeño halo de luz, símbolo de la esperanza que aún le permite seguir adelante.

Consecuentemente, a medida que la protagonista va perdiendo la fe en la posibilidad de una vida mejor, más se degradan estos elementos visuales hasta desaparecer por completo. La simbólica luz es absorbida por la oscuridad y el espacio cálido de la habitación es sustituido por uno mucho más salvaje y desagradable como el granero. A esas alturas ya no hay lugar para el amor: Rosa simplemente sobrevive a través de estímulos momentáneos que la satisfacen, pero que no le proporcionan una felicidad real.

Paralelamente, Las catadoras de Hitler deja claro en varios momentos que, aunque los nazis son presentados como personas crueles, siguen siendo humanos. De esta manera, alguno de ellos llega a mantener conversaciones naturales con las mujeres e incluso Albert (Max Riemelt), presentado inicialmente como el más cruel de todos, acaba mostrando una faceta alejada a su ideología y desarrollando un vínculo real con Rosa. No obstante, el peso significativo de Hitler como una figura casi divina, a la que temen y respetan a partes iguales aun y no aparecer físicamente, acaba anulando cualquier posibilidad de empatía hacia estos soldados. Y no hay escena más reveladora que aquella en la que el cocinero se sienta a hablar con las catadoras. La conversación parece cotidiana por el tono cercano con el que interactúa con ellas, pero todo se ve manchado por la forma en la que describe a Hitler: una admiración enfermiza que deja ver que a esas alturas, nada tiene sentido fuera de su líder. Están dispuestos a matar si no se cumplen las expectativas del Führer, incluso en medio del evidente declive en el que se encuentran.


Las catadoras de Hitler (Le assaggiatrici (The Tasters), Italia, Bélgica, Suiza, Silvio Soldini, 2025)

Dirección: Silvio Soldini / Guion: Doriana Leondeff, Silvio Soldini, Cristina Comencini, Giulia Calenda, Ilaria Macchia y Lucio Ricca / Fotografía: Renato Berta / Música: Mauro Pagani / Producción: Lumière & Co., Tarantula, Tellfilm y Vision Distribution / Reparto: Elisa Schlott, Max Riemelt, Alma Hasun, Emma Falck, Olga von Luckwald

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.