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SI PUDIERA, TE DARÍA UNA PATADA

La pesadilla de las malas madres

El agujero que se abre de repente en el techo de la casa de Linda (Rose Byrne) podría ser la ruptura de un cordón umbilical. Es un hueco que señala su desconexión con su hija –sin nombre, como el monstruo de Frankenstein, y que necesita de una importante cantidad de cuidados y vigilancia–, pero también es el distanciamiento con su propia identidad, siendo para todos lo que la rodean (un marido ausente o un teraputa/compañero de trabajo que la odia) nada más que una madre o una trabajadora, un envase vacío que contiene las necesidades y expectativas de los demás. Si pudiera, te daría una patada (If I Had Legs I’d Kick You, Mary Bronstein, 2025) parte de esta premisa, un evento que desencadena inevitablemente otros, para elaborar un discurso sobre la maternidad atormentada y absorbente cuyas consecuencias parecen en todo momento que se materializarán en el cuerpo, al intuir gestos cinematográficos propios de body-horror.

Si pudiera te daría una patada Revista Mutaciones

Byrne interpreta a una Linda siempre con la mirada perdida y un cuerpo movido por impulsos. Será ella, su rostro, el que ocupe la pantalla y la desborde, incapaz de ser comprendida, pero siempre prisionera del plano. Está atada a él por la voz estridente y atronadora de su hija, que llora y ruega atención. La niña está sentenciada al fuera de campo –construyendo la otredad desde la enfermedad–, sólo existiendo como fragmentos de extremidades inconexas. La maternidad se presenta, entonces, desde la monstruosidad al acecho, que persigue, drena la energía y resulta abrumadora. Nunca hay, en ese sentido, un silencio: los llantos son sustituidos por otros; si no grita la hija, gritan los hombres al teléfono, y por la noche las voces son sustituidas por los pitidos de la máquina de la sonda, recordándole que, como madre, debe seguir atenta. Porque aunque la relación entre madre e hija es la que sostiene la carga dramática de la película, lo cierto es que Bronstein entiende la maternidad como un peso social impuesto por agentes más allá de los hijos –como ya lo hacía Die My Love (Lynne Ramsay, 2025) sobre la depresión postparto–. Son ellos, los hombres, quienes le exigen la labor de los cuidados. No sorprende, por esta razón, que sea el padre –vestido con uniforme militar– el que aparezca para poner orden y comience a solucionar los problemas. Es esta transparencia de sus símbolos y énfasis dialogado sobre la idea de la culpa lo que hace perder fuerza a la película. Sus personajes secundarios, representantes de ideas, guían al espectador a través de los eventos que van a suceder a continuación con migas de pan que anclan la narrativa y la atención.

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Además, este ejercicio con el fuera de campo, también tan claro y transparente desde el inicio de la película, provoca que siempre exista una potencialidad que nunca explota, pues el juego entre madre e hija raramente cambia o se excede, se queda en el límite de la pantalla. Y, pese a que la narrativa va creciendo paulatinamente, haciéndose más grande como el agujero del techo, y más exigente emocionalmente para Linda, la película se posiciona en un punto en el que siempre parece que cruzará el umbral del caos y la locura, que el cuerpo tendrá un potencial narrativo. Sin embargo, simplemente se sostiene en el recordatorio constante del gimmick del fuera de plano, mientras las escenas con potencial físico y visceral son atenuadas con una cámara y cortes por montaje que se distancian del cuerpo, dejándolo huir momentáneamente del escrutinio, trasladándolo a la abstracción.

Así, los agujeros, el del techo y los del cuerpo –las orejas o el que deja la sonda– pierden su peso visual y simbólico a la largo de la película. Lo que comenzaba siendo esa ruptura física de la unión entre madre e hija, y señalaba la ausencia de amor maternal y que contrasta, por ejemplo, con la maternidad excesiva que ideaba Cronenberg en Cromosoma 3 (1979), la película de Mary Bronstein nunca termina de materializarlo. Está más interesada en la posibilidad del agujero como un acceso a la psique y al subconsciente de Linda a través de escenas de marcado corte alucinatorio, cuya fisicidad queda desaprovechada, resultando nada más que en escenas transitorias.

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Si pudiera, te daría una patada introduce un discurso sobre la “mala madre” que no necesariamente justifica ni sus sentimientos de arrepentimiento ni sus decisiones (por peligrosas que puedan parecer), como tampoco exime de culpa a la concepción social de la maternidad como feminización de los cuidados y el abandono sistemático de instituciones o la ausencia de redes profundas de acompañamiento; pero tampoco se atreve por completo a abandonarse a la maldad, a dibujar a la madre también como ser monstruoso. Pese a la idea robusta sobre el discurso que explora la directora, y el deseo de poner los claroscuros en el centro, también se rinde a la repetición como modo de dar sentido a las acciones de sus personajes, que señalan el descenso ansioso a la depresión. Finalmente, en Si pudiera, te daría una patada la ira y la enajenación son paliados a través de la moralina de la mejora individual y, sobre todo, de que el sufrimiento podría ser aminorado solo con la promesa de una sonrisa infantil.


Si pudiera, de daría una patada (If I had Legs, I’d Kick You, Mary Bronstein, EE.UU, 2025)

Dirección: Mary Bronstein / Guion: Mary Bronstein / Producción: Tatiana Bears, Bruno Vernaschi-Berman, Sara Murphy Ryan Zacarias Josh Safdie. Distribuidora: A24 / Fotografía: Christopher Messina / Montaje: Lucian Johnston / Interpretación: Rose Byrne, Conan O’Brien, A$AP Rocky.

 

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