MOFFIE

No se admiten maricas en el ejército

“Hasta los pájaros están encadenados al cielo” Bob Dylan

Moffie. Revista Mutaciones

La lucha contra el racismo y la homofobia van de la mano, son indivisibles, y mucho más aún en países donde no se acepta ni se normaliza. Moffie es el título que propone el director sudafricano Oliver Hermanus para su tercer largometraje. Un título que hace referencia al término maricón en afrikáans. ¿Cómo sobrevivir en los años 80 al servicio militar sudafricano siendo blanco, extranjero y maricón? La respuesta que proporciona Hermanus busca la raíz del problema manteniendo los códigos de brillantes películas LGTBIQ+ contemporáneas. Traumas infantiles que resurgen en la adolescencia tardía y el descubrimiento sexual en un ambiente masculino opresor relaciona a Moffie directamente con Moonlight (Barry Jenkins, 2016). El paso del tiempo, un reencuentro, la cámara se coloca junto al protagonista para observar el infinito desde la playa, recordando que el amor adolescente es igual de efímero que la propia vida. Pero Moffie ofrece mecanismos cinematográficos originales (sin envidiar a la película oscarizada de Jenkins): una puesta en escena videoclipera, un héroe masculino que cuestiona el pilar básico del país a golpe de miradas y una temática como la masturbación masculina o el suicidio en el ejército sin miramientos, condolencias o paternalismos. ¿Cómo ser un hombre de verdad? Es una pregunta que se plantea ambigua hoy en día pero en los años 80, en mitad del desierto de un país sumido en el Apartheid estaba muy clara, en el servicio militar.

Hermanus, ganador de la Queer Palm en Cannes 2011 con Beauty, recrea un infierno para el protagonista del film en Moffie. Una serie de obstáculos para conseguir ser la imagen del hombre perfecto que el país espera de él. La primera parte del film comienza un día antes de que Nicholas Van der Swart, un joven de 19 años, rubio y con ascendencia inglesa, se embarque en la peor pesadilla de su vida. Mientras prepara su mochila su padre entra en la habitación y le regala una revista porno con la portada una mujer rubia desnuda. La revista se convierte en uno de los elementos indispensable que la película utiliza como macguffin y como parte del kit del hombre blanco cisheterosexual. 

Pilares básicos de la minoría blanca sudafricana de la época como el heteropatriarcado se cuestiona a través de la música. Melodías evangélicas ensalzando lo celestial y perfecto de una familia bien del país se torna escalofriante cuando Van der Swart se sube al tren camino al servicio militar. El mismo tren parece una serpiente introduciendose en una cueva muy oscura y una composición de cuerdas desafinadas acompañan a la cara de desesperación del joven. El formato 4:3 ahonda en esa experiencia claustrofóbica que es para él dejar su antigua vida. La música en cada lugar del campamento militar cambia. Se vuelve placentera cuando situaciones homoeróticas se enfrentan ante él, los vestuarios, las piscinas, hombres semi desnudos jugando a volley y las miradas con sus compañeros. Sin embargo, el film muta de género cuando los perversos entrenamientos comienzan, los punzantes pizzicattos de violines taladran la mente de Van der Swart y los flashbacks en la cinta le ahogan en los traumas infantiles por las incesantes veces que ha escuchado la palabra maricón en su cabeza.

Cada escena del film está impregnada de una magia sobrenatural: el estilo visual de enfoques y desenfoques, el equilibrio de mostrar planos muy cercanos de las caras de los jóvenes, rellenando por completo el 4:3 del formato, y planos muy abiertos para ver situaciones desagradables (los duros entrenamientos, el desprecio hacia familias racializadas) como románticas (la escena de sexo en las trincheras, las miradas cómplices entre los hombres). Una de las escenas clave del film es un intenso zoom in hacia un banco de la iglesia que se repite dos veces en la película. La primera cuando Van der Swart está escribiendo algo en el entierro por el suicidio de uno de los compañeros y la segunda, cuando acaba el servicio militar, queda grabada en la memoria del espectador “Hasta los pájaros están encadenados al cielo”.

La película explicita mediante una hermosa elipsis la idea de lo difícil que es para Nicholas Van der Swart mantener una relación íntima con un hombre. Una vertiginosa llamada de atención a los jóvenes para ser quienes son desde la infancia, desde el comienzo, y no crear roles concretos de hombres perfectos e ideas preconcebidas sobre la masculinidad. Moffie no es un drama bélico, es una película que desentraña el sistema heteropatriarcal sudafricano, visibiliza las relaciones no normativas y pone en el foco las brutales agresiones del servicio militar hacia adolescentes. Al igual que Moonlight ser un hombre es una cuestión política y que el propio sistema caduco puede corromper esa idea. “Eres el único hombre que me ha tocado” expone el protagonista de la cinta de Jenkins. Y esta es la raíz del problema que encuentra Hermanus y que expone en imagen mediante un largo letargo, trágico y doloroso, una espera infinita que la cámara clava en la mirada pérdida del adolescente, mirando al mar, sobreviviendo.


MOFFIE (Sudáfrica, 2019)

Dirección: Oliver Hermanus / Guion: Oliver Hermanus, Jack Sidey /  Fotografía: Jamie Ramsay / Música: Braam du Toit / Montaje: Alain Dessauvage, George Hanmer / Producción: Portobello Studios, Eric Abraham, Jack Sidey / Reparto: Kai Luke Brummer, Ryan de Villiers, Hilton Pelser, Shaun Chad Smit, Stefan Vermaak.

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