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LAS FLORES DEL SILENCIO

No se puede curar al que no está enfermo

Las flores del silencio Revista mutaciones

Estrenada en el Festival Internacional de Cine de Edimburgo en 2024, la ópera prima de Will Seefried, Las flores del silencio, llega a España a través de Filmin como un debut tan pictórico como inquietante. Ambientada en la Inglaterra de los años veinte, que, aún en espíritu y estética, sigue anclada en la pasada época eduardiana, la película se adentra en el capítulo oscurísimo de la historia de la medicina occidental que, mediante prácticas pseudocientíficas, prometía “curar” la homosexualidad.

Owen (Fionn O’Shea), es un joven escritor ingresado involuntariamente en una institución psiquiátrica, donde, entre inyecciones que le provocan náuseas y malestar, es obligado a tener citas con la nueva y solícita enfermera, Dorothy (Erin Kellyman), para estimular en él una supuesta atracción heterosexual. Aunque este absurdo juego de rol resulte, en comparación con los otros tratamientos, el menos violento, revela igualmente una deshumanización sistemática legitimada por la ciencia, religión y moral de la época, que intenta corregir, disciplinar y erradicar el deseo.

A través de flashbacks, la película reconstruye la vida previa de Owen en el campo, solitaria pero apacible, que se ve marcada por la llegada de Philip (Robert Aramayo), un médico recién regresado de la Primera Guerra Mundial y, como sugieren sus miradas mutuas, su primer amor desde el instituto. El breve idilio íntimo y romántico en el campo, que contrasta con el ambiente estéril de la trama del psiquiátrico donde Owen se abre ante Dorothy, se vuelve efímero cuando Philip es incapaz de reconciliarse consigo mismo, convencido de que sus sentimientos deben ser corregidos y termina implicando a Owen en una operación que desencadena consecuencias devastadoras para todos que entran y, a veces nunca, salen de la casa rural.

Seefried construye un contraste muy marcado entre sus dos líneas temporales, donde la vida en el campo es capturada con imágenes cálidas que evocan a una memoria filtrada por la nostalgia, mientras que el presente en la institución se define por una estética fría, opresiva y carcelaria. Este contraste alcanza su punto más elocuente en las “citas” entre Owen y Dorothy, donde el artificio del encuentro queda subrayado por la presencia de una imagen escenográfica del campo colgada detrás de ellos. El paisaje, reducido aquí a un mero decorado, funciona como un eco degradado de la experiencia auténtica que Owen compartió con Philip, evidenciando que el sistema no solo reprime el deseo, sino intenta sustituirlo por una norma heterosexual, incluso si solo se queda en una representación vacía.

Las flores del silencio Revista mutaciones 2

Al igual que en el cine queer de James Ivory o la habitación del clásico El cuarto de Giovanni (1956) de James Baldwin, sin duda una fuente de inspiración en la forma de conceptualizar el espacio, el campo representa un microcosmos de intimidad donde los personajes, cuanto más aislados están de la sociedad, más libres y fieles son a su identidad. Sin embargo, esta clara distinción tonal y estética entre ambas tramas comienza a desdibujarse cuando Dorothy aporta humanidad y por lo tanto calidez al hospital, mientras que Philip, por el contrario, termina poniendo en peligro y enfriando el espacio seguro que el campo representaba para Owen.

Así, uno de los mayores logros de la película reside en su capacidad para mostrar cómo la homofobia opera de forma simultáneamente violenta y silenciosa, infiltrándose tanto en los espacios físicos de la sociedad como en la psicología de los personajes y, en consecuencia, manifiesta su fuerza destructiva en lo institucional y en lo íntimo. Mientras Owen se resiste a la idea de ser “curado”, al no considerarse enfermo, es arrancado de su vida y obligado a someterse a terapias que, lejos de integrarlo en la sociedad, lo aíslan más. Philip, en cambio, encarna una homofobia tan interiorizada que ya ni siquiera requiere una imposición externa para ejercer una violencia autodestructiva.

Entre ellos, Dorothy emerge como una figura compleja que, aunque inicialmente participa del sistema y de la lógica colectiva que deshumaniza a Owen, evoluciona hacia una empatía genuina llegando a escucharle más como persona que como paciente. Inspirado en las investigaciones recogidas en Curing Queers: Mental Patients & Their Nurses (2015) de Tommy Dickinson y en las historias, en gran medida olvidadas, de enfermeras negras en el ámbito sanitario de la época, su personaje remite a aquellas profesionales que, al reconocer la crueldad de estos tratamientos, comenzaron a cuestionar la institución desde dentro. No obstante, aunque Seefried pone un énfasis significativo en las alianzas y amistades entre hombres gays y mujeres que, dentro de sus limitaciones sociales, trataron de crear espacios seguros y refugio emocional, Dorothy no alcanza todo el potencial que su desarrollo narrativo promete.

Las flores del silencio es fiel a la violencia de su contexto histórico, sin renunciar a momentos de sensualidad y belleza en la ficción. Will Seefried presenta un debut sólido que entrelaza historia, intimidad y crítica con sensibilidad y rigor, creando una película que, aunque su relato esté marcado por una tragedia impuesta por la realidad histórica, deja espacio para pequeños destellos de esperanza donde la conexión humana, ya sea romántica o platónica, se presenta como un refugio esencial frente a un mundo que insiste en limitar la libertad del deseo.


Las flores del silencio (Lilies not for me, Reino Unido, Francia, Sudáfrica, EE. UU., 2024)

Dirección: Will Seefried / Guión: Will Seefried / Fotografía: Cory Fraiman-Lott / Montaje: Julia Bloch / Música: Theodosia Roussos / Reparto: Fionn O’Shea, Robert Aramayo, Erin Kellyman, Louis Hofmann, Jodi Balfour, Celeste Loots, Aidan Scott, Nicholas Pauling

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