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LOCKE Y LA FE SARTREANA

Locke y la fe sartreana: el búnker como trinchera existencial en Perdidos (Lost)

Locke y la fe sartreana

Hace veinte años que surgió un halo de luz que atravesó la escotilla en Perdidos (Lost) (J.J. Abrams, Damon Lindelof, Jeffrey Lieber, Carlton Cuse). A dos décadas de una de las escenas más icónicas de la historia de la televisión contemporánea, merece la pena hacer un repaso por aquella segunda temporada para poder argumentar tal afirmación.

Tras la escotilla, nos encontramos con la “mala fe” sartreana y el descenso a lo profundo en la serie. Un autoengaño colectivo que les permite negar su libertad y responsabilidad para evitar, durante un tiempo, la angustia a la que el grupo se ve sometido desde su accidentada llegada a la isla. El búnker funcionaba como un microcosmos en el que se reproducen rutinas, rituales numéricos, roles, fricciones y hasta torturas. Se acepta un deber (pulsar una tecla cada 108 minutos) que protege al sujeto de enfrentarse a la incertidumbre de su libertad. El refugio existencial sartreano frente a la angustia y el sinsentido exterior, un mecanismo simbólico de protección que, paradójicamente también sirvió como experimento psicológico y geológico.

Un momento clave de la serie es la irrupción del empirismo radical de John Locke en su relación con la escotilla. Este personaje que referencia de forma evidente al filósofo inglés del siglo XVII encarna la figura que desestabiliza el autoengaño colectivo. Con su permanente anhelo de conocimiento a través de sus propios ojos, su deseo irrefrenable de experimentar lo desconocido partiendo siempre de un propósito que sublima todos sus actos, Locke no acepta el refugio ni el automatismo: necesita otorgarle un sentido trascendental a la acción relacionada con él mismo (algo que ya se hizo evidente en sus primeros contactos con la escotilla). Lo que para Sartre significaba el castigo de la libertad: el hombre está condenado a ser libre. Sin embargo, fue el deseo empirista de experimentar lo que acabó con el refugio existencial del resto.

En la temporada dos se da una oposición entre la “mala fe” sartreana y una fe activa de Locke, que puede ser tenida en cuenta para interpretar su conflicto con Jack Shephard, pero también para analizar el colapso del búnker como el momento en el que la mirada, el juicio y la desconfianza, “el infierno de los otros” sartreano, se hace inevitable. De hecho, Locke, se obsesionó en el búnker con un signo de interrogación que surgió iluminando la oscuridad tras la ruptura con el automatismo de pulsar la tecla cada 108 minutos. Nuestro protagonista fue literalmente atrapado por una compuerta que conectó de nuevo a Locke con su pasado de invalidez. Aquel que le enseñó que nadie podía decirle lo que no podía hacer. De alguna manera, aquí vuelven a entrelazarse varias capas filosóficas: una, la sed de conocimiento y sentido de Locke, con la angustia a lo desconocido del grupo.

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El signo de interrogación, que además da título a un capítulo de la temporada dos, en concreto al veintiuno, se nos muestra como el enigma abierto que Locke lleva muchos episodios deseando habitar. Este personaje no busca respuestas cerradas, sino la experiencia de preguntar y llegar a cuestiones aún más trascendentales por desconocidas. De alguna manera, también representa la imposibilidad de vivir sin decidir, ya que decidir no buscar respuestas, también es una decisión clara ante el contexto que les arrolló existencialmente.

En “Vivir juntos o morir solos” (parte 1 del episodio veintitrés de la segunda temporada), Locke le dice al Sr. Eko que ha de dejar de pulsar la tecla “porque no quieres ser esclavo” y, tras una acalorada discusión con este, le insiste: “mientras la pulsemos, nunca seremos libres”. Y en este mismo episodio, cuando Locke tiró contra el suelo el ordenador que servía para mantener a raya la anomalía electromagnética, Desmond le dijo: “nos has matado a todos”, a lo que nuestro protagonista le respondió: “no, os he salvado a todos”. Esto es clave, ya que, para Locke, ese salto a lo desconocido obedece a cómo interpreta los conceptos de libertad, acción y fe. Es la muestra más evidente de una fe activa ante la parálisis existencial de un grupo que, a lo sumo, en este punto, tenía suficiente con preocuparse de su realidad más inmediata. Se trata de una alegoría desde una perspectiva existencialista y de libertad radical.

Al final de la segunda temporada, sin embargo, el búnker implosiona. Con él se irá también de forma temporal, la capacidad de hablar para Locke. Esto también tiene claras connotaciones existencialistas, la pérdida del habla como una metáfora de la pérdida de la “buena fe” sartreana, aquella que es fuente de autenticidad y aceptación responsable de la propia libertad. Este no es un detalle menor de la trama, sino que tiene una carga simbólica decisiva. La palabra es un medio de afirmación de uno mismo y de la interpretación que uno hace de la realidad. Además, en Sartre, el lenguaje es también acción, y no cualquier acción. A través de la palabra el sujeto se proyecta, ejerce su libertad para construir la realidad y las relaciones intersubjetivas.

La destrucción del búnker, en Locke, funciona como una quiebra interior, ya que su búsqueda obstinada de un propósito durante la segunda temporada, había desaparecido por su culpa. Él provocó la destrucción del mismo porque pensaba que todos sus esfuerzos por hallar un significado en todo aquello, habían resultado ser un terrible engaño motivado por un experimento psicológico de tiempos pasados. Sin embargo, justo antes de la implosión, Desmond (irónicamente el representante de la corriente escéptica de Hume), hace ver a Locke que lo que allí ocurría tenía relación con la realidad electromagnética de la isla y del accidente que le había llevado hasta allí.

Es decir, nuestro protagonista había perdido la posibilidad de afirmar verbalmente su visión del mundo porque todo aquello sobre lo que había sostenido su identidad y que lo había impulsado a actuar, había desaparecido. El silencio es, en esta situación, un eco negativo de la libertad radical: ya no hay verbo que actúe y proyecte, sino que solo hay un cuerpo envuelto en la pasividad y el derrotismo que tanto había combatido con su célebre: “don’t tell me what I can do” (“no me digas qué no puedo hacer”).

La implosión del búnker no solo supuso el colapso físico del refugio existencial, sino también un intercambio de roles simbólico entre Locke y Eko, con muchas connotaciones morales. Si antes fue Boone el que murió como resultado del impulso existencial de Locke, ahora será Eko (como figura onírica) el que, en una experiencia alucinatoria en la cabaña de sudación, le otorgue a Locke una oportunidad de redimirse y, con ello, un nuevo propósito. Eko le dice que debe “salvarle”, generando la posibilidad de reconfigurar el proyecto de ser de Locke. La redención a través del otro, algo así como una reescritura simbólica de todo el trayecto que había seguido Locke hasta el momento.

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En el búnker también nos habíamos encontrado con “el Otro” sartreano representado en la figura de Ben Linus. El grupo de supervivientes adoptó una identidad colectiva en la que los Otros no son ellos y ellos no son como los Otros que, además, quedaron reducidos a una objetivación alienadora que, de alguna manera, estaba mediada también por la “mala fe” sartreana. Esto se explica porque los Otros se acaban convirtiendo, para el grupo, en responsables de sus propias acciones. Ya que su mera presencia está determinando su estancia y desarrollo en la isla. Por lo que sus acciones estarían también siendo producto de esa “mala fe” que niega su libertad y responsabilidad. Situación que, como venimos explicando, solo se rompe por la acción de Locke, nuestro héroe de aventuras sartreano que no está dispuesto a asumir a los Otros como una excusa para no asumir su propia libertad.

Es muy interesante también en este punto comentar cómo, más adelante, ya al inicio de la tercera temporada, la aparición de los Otros como personas aparentemente civilizadas, en contraposición al aspecto desarrapado de la segunda temporada, acabará de subvertir las expectativas creadas por la otredad proyectada por el grupo de supervivientes.

Aunque podamos pensar, con total legitimidad, que el empirismo de Locke y el existencialismo de Sartre son marcos incompatibles, en el contexto de la serie, este entrelazamiento de ideas es absolutamente sugerente. Perdidos (Lost), que no sólo citó al filósofo inglés, sino también a David Hume (tan escocés como Desmond) o a Rousseau entre sus personajes, no pretende representar fielmente a estos, sino las tensiones filosóficas que se suceden en la isla a través de aquellos. Uno de los mayores méritos de la serie fue, sin duda, lograr que el gran público se planteara cuestiones marcadamente filosóficas inconscientemente, por la gran labor de divulgación y vulgarización (exponer de forma asequible al vulgo) que realizaron los guionistas.

Perdidos (Lost) camufló la exploración filosófica en una serie de aventuras, donde los espectadores, como los protagonistas, fueron arrojados a un abismo existencial donde las preguntas fueron el hilo conductor de la trama y de una expectación que mantuvo en permanente tensión a sus fans.


Perdidos (Lost) (J.J. Abrams, Damon Lindelof, Jeffrey Lieber, Carlton Cuse, Estados Unidos, 2004)

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