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LA LARGA MARCHA

La soledad de los marchistas de fondo

La misma semana que se ha conocido la noticia de que grandes riquezas italianas acudían a Bosnia, durante el periodo de 1992 a 1996 en el que la ciudad estaba sitiada, para realizar tours turísticos en los que acababan con la vida de los habitantes de esta, se ha estrenado el último trabajo de Francis Lawrence. El cineasta ha llevado a la pantalla un libro de uno de los autores más prolíficos del séptimo arte, como es Stephen King, y su La larga marcha.

La larga marcha Revista Mutaciones

El austriaco, que ha dedicado gran parte de su carrera al trabajo de vídeos musicales, saltó a la fama dentro de la industria por la adaptación de la saga de novelas distópicas protagonizada por una jovencísima Jennifer Lawrence, y escritas por Suzanne Collins, Los juegos del hambre (2008). En su nuevo largometraje ha adaptado la primera obra del escritor norteamericano bajo el nombre de Richard Bachman en 1979.

La premisa es simple: en unos Estados Unidos devastados por una guerra que se ha producido hace, en torno, 20 años, un centenar de adolescentes se enfrentan a la prueba nacional más importante del momento, conocida como La larga marcha. Ray Garraty (Cooper Hoffman) es el protagonista de la historia, y es a él a quien acompaña la cinta.

En esta prueba los jóvenes se han convertido en el circo de una sociedad que parece anestesiada por su situación actual, atascada en un periodo postbélico demasiado prolongado y que saca a relucir sus vergüenzas. Esta obra original se publicó apenas cuatro años después de que finalizase la Guerra de Vietnam, conflicto que sigue suponiendo una herida abierta para la sociedad yanqui. El título explora las consecuencias para los jóvenes que consiguen salir con vida de dicha cita, del mismo modo que se sintieron los soldados a su regreso de la guerra en el continente asiático.

A pesar de su importancia y peso, la cinta parece prescindir de toda esa carga política y social que sí se respira en la obra original. Este aspecto, obviamente, sí que está presente en el título de 2025, pero no llega a sentirse tan homogénea, íntegra y relevante. El largometraje parece quedarse en la superficie de la situación que se vive en esos distópicos Estados Unidos, donde la desesperanza lleva a tomar la radical decisión de querer participar a estos deportistas.

El trabajo de Lawrence se siente superficial, respecto a toda la carga que podría ofrecer, y la escasa puesta en escena no ayuda a que el espectador consiga introducirse en el universo y empatizar con los personajes. Cierto es que la prueba transcurre a través de carreteras secundarias de los Estados Unidos. Pero en ningún momento se llega a respirar ya no solo el aroma norteamericano tan característico y tratado en el cine del paisaje estadounidense. Apenas vemos pueblos, construcciones, edificios… Más allá de esto no sentimos que estemos viviendo el clima tenso y enrarecido propio de un supuesto estado desestabilizado y preso a unas consecuencias tras la derrota bélica que ha condenado al país a más de dos décadas de recesión y penas pagadas, como siempre, por las clases más humildes.

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El apartado visual no ayuda a que la obra levante el vuelo y muestre una mejor cara. Es difícil dotar de espectacularidad a un largometraje que sigue a unos jóvenes andando por páramos, pero también es cierto que, más allá de no tener ningún elemento visual que permita identificar el espacio, no traslada el peligro, la amenaza y el cautiverio que deberíamos experimentar junto a los participantes de la prueba al estar siendo encañonados por el ejército. El apartado sonoro sí parece ser más plausible, ya que muestra formas distintas de abordar sus objetivos más allá del plano medio, general y primer plano en los que se acaba encerrado la cinta, o decide acomodarse, la imagen, a cargo de Jo Willems.

El filme trata de trazar puentes con la Alemania de entreguerras, la que fue declarada la gran culpable de la Gran Guerra y que fue el mejor lugar para que el nazismo acabase brotando. El largometraje no consigue que esto se llegue a respirar. De hecho, lo único que se puede rescatar de la temática nazi, es la visión simple, edulcorada, buenista y esperanzadora que se trata de dar cuando se indica que la venganza no es el camino a nada, el perdón y la paz sí. Una enseñanza que recuerda demasiado al final de Metrópolis (Fritz Lang, 1927), en el cual las clases trabajadora y los poderosos acababan aceptando sus diferencias y reconciliándose.

El filme se vale de elementos como son los flashbacks para intentar reconstruir la motivación que ha llevado al protagonista a querer participar en un evento como este. Estas son las únicas ocasiones en las que el relato se salta el orden cronológico de la sucesión de los hechos y obliga a abandonar la ruta que los propios personajes realizan. En otras películas que exploraban las consecuencias de la guerra de Vietnam —asumiendo la premisa anteriormente citada de que esta obra es hija de su tiempo y en la que el autor retrata el regreso de los soldados—, como por ejemplo Acorralado (Ted Kotcheff, 1982), no se usaba este recurso tan manido para retratar los horrores de la guerra y las consecuencias que esta supuso para el personaje de Rambo interpretado por Sylvester Stallone. A través del trato que el militar recibía por parte del resto de ciudadanos y de su comportamiento se podía llegar a sentir y empatizar con todo el dolor que había vivido lejos.

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Retomando La larga marcha, parece llamativo cómo a través de la escatología y la violencia audiovisual se trata de llamar la atención a un espectador que, como en la ficción, parece anestesiado. La película parece intentar mover conciencias mediante autoritarismos que recuerdan a la novela Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1953) o la excesiva sangre en la representación de las muertes, esperando que el espectador se sobrecoja en el asiento como si este no estuviese ya sobrecargado e insensibilizado por la cantidad de violencias que ha presenciado.

En tiempos de seguir en directo los conflictos bélicos y posicionarse en redes sociales como si fuese un partido de fútbol, Lawrence traslada a la pantalla esta historia presentándola con la profundidad de un charco. A través de un largometraje en el que nunca aparece la luz del sol y que nos deja desamparados en esos días grises y frías noches, muchas pasadas por agua, pretende agitar las conciencias de una sociedad que se alimenta de reality shows, donde la promesa de dinero, fama y relevancia condena a los ciudadanos alejados de las altas esferas a sacar a relucir sus miserias para que luego las productoras y compañías los dejen abandonados en la cuneta.


La larga marcha (The Long Walk, Francis Lawrence, EE.UU, 2025)

Dirección: Francis Lawrence / Guion: J.T. Mollner / Música: Jeremiah Fraites / Fotografía: Jo Willems / Productoras: Lionsgate y Vertigo Entertainment. / Reparto: Cooper Hoffman, David Jonsson, Judy Greer, Charlie Plummer.

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