EL REFUGIO ATÓMICO
Encerrada y explorada
Han sido múltiples las ficciones postapocalípticas que han condenado a la sociedad a refugiarse en las profundidades de la Tierra. La saga literaria Metro 2033 (Dmitri Glujovski, 2007) cobijaba a sus protagonistas en las entrañas del suelo, aislados en los túneles del medio de transporte moscovita tras un conflicto bélico que devastó el mundo tal y como lo conocíamos hasta ese momento. Pero el subsuelo no solo ha quedado relegado como el refugio más sencillo y a mano a la hora de afrontar nuestros actos, también ha sido sinónimo de una diferencia de clases y prestigio. En clásicos como Metrópolis (Fritz Lang, 1927) ya se dividía a la población entre los que habitaban los verdes prados y los que trabajaban a su servicio en los rincones más escondidos del planeta. Incluso en ficciones más amenas y divertidas, como Futurama (Matt Groening, 1999), encontramos esta diferencia de alturas en la Nueva Nueva York. Paradójicamente, para el creador de La casa de papel (Alex Pina, 2017), en El refugio atómico (Álex Pina, Esther Martínez Lobato, Jesús Colmenar, David Barrocal y José Manuel Cravioto; 2025) los ricos son los que se aventuran a explorar los secretos que esconde la profundidad de nuestro mundo para salvarse de un catastrófico conflicto bélico que deja nuestro mundo como un páramo nuclear.

El creador de la citada y exitosa ficción, junto a sus compañeros, deciden cambiar los roles del mundo que vivimos inspirándose mucho en su predecesora, La casa de papel. De nuevo se nos plantea una lucha de clases que se muestra sin matices, queriendo demostrar que la ficción se vertebrará otra vez en torno a esta idea que divide el mundo, aunque en este caso los metros que se descienden hasta alcanzar el refugio son directamente proporcionales al cambio de mando que experimentarán en su nuevo hábitat. Pero en esta serie, donde los ricos son devorados y tratados como unos primos por quienes en su día eran sumisos con ellos, deciden hacer uso de un elemento muy utilizado y explotado por nuestra literatura y folclore: la picaresca española. Como si fuesen una especie de Lazarillos de Tormes (1554), engañan, se aprovechan y se burlan de su ciego, en este caso los multimillonarios que están aislados e incomunicados a cientos de metros de la realidad que dejaron de habitar buscando una salvación.
El relato se construye en torno al desencadenamiento de una tercera guerra mundial y al trágico accidente en el que el personaje que interpreta Pau Simón acaba con la vida de su novia. Este suceso lo condena a pasar varios años en la cárcel, de la que un día sale para ingres ar en el búnker debido al inminente estallido de la belicosidad. Una vez en el refugio, encontrará que la familia de su pareja fallecida será compañera en esta aventura.
Este trabajo trata de sacar los trapos sucios de la sociedad contemporánea, explorando la moralidad de visitar lugares que fueron protagonistas en su momento por las catástrofes que vivieron, el uso que se hace de las inteligencias artificiales y cómo es vivir la destrucción de una civilización desde un sofá a través de la televisión.
La jerarquía rompe con los moldes de la antigua sociedad que tuvieron que abandonar de forma abrupta por culpa de la escalada militar, dejando muchas cosas en la superficie, pero no los clichés. El personaje andaluz, en este caso un secundario, vuelve a ser el bálsamo que aporta cierto humor y alivio al viciado clima que se respira en el espacio. Más allá de esto, es el único al que los huéspedes tratan como un sumiso y complaciente. Este no es el único que se encuentra en esta posición, dado que la informática especialista en nuevas tecnologías queda encerrada en los estereotipados rasgos asiáticos característicos de los personajes clichés que manejan con peripecia las nuevas tecnologías. A fin de cuentas, si los ricos se apoderaron del Bella ciao de La casa de papel, los estereotipos se comen los planteamientos que presenta El refugio atómico y a sus personajes que visten con colores carcelarios. Algo que no deja de ser un lugar común que se intuía ya superado, especialmente en esta ficción donde, a diferencia de las mayorías postapocalípticas en el que el sistema dividido por estratos sociales es casi lo primero que se quiebra, se aumentan todavía más el poder e influencia de los poderosos, o al menos ellos lo creen.

Porque en un momento en el que la mano de obra queda renegada a pasar horas y horas en el subsuelo usando el transporte público —cada vez más debido a la emigración que se está produciendo de los núcleos urbanos por el elevado costo de vida en ellos hacia la periferia o ciudades dormitorios— Netflix decide que sean las clases más pudientes quienes no tengan más remedio que adentrarse en las profundidades de la Tierra y confiar, todavía más, en el proletariado.
Al menos a priori, ya que la vestimenta de los supervivientes recuerda bastante a la de una prisión, donde en este caso es la clase trabajadora quienes los tiene subyugados y dominan sus vidas. El naranja está reservado para los narradores de la nueva ficción que están viviendo los millonarios que ahora visten unos monos azules. Una serie llena de contrastes como en la escala cromática de la fotografía, siendo esta más viva y viciada cuando se introducen en esta especie de El show de Truman, una vida en directo (Peter Weir, 1998) que les toca vivir. Pudiendo diferenciar entre a simple vista la realidad de la diégesis de la metanarrativa que han configurado los estafadores, lo que se puede entender como una reversión de poderes.
En definitiva, mientras Palestina sigue siendo acribillada cada día, el conflicto ruso-ucraniano parece no acabarse y las tensiones siguen disparadas tras el cambio de líder en la Casa Blanca, Netflix decide traernos este trabajo, uno más, que encierra a sus personajes lejos de la luz del sol y con sus peores fantasmas, a la vez que no arroja luz al pasillo que recorren los espectadores actuales, donde la oscuridad no deja de rodearles. En esta ocasión, el motivo es un desastre nuclear, como ya ha pasado en otras series como Fallout (Geneva Robertson-Dworet, Graham Wagner, Jonathan Nolan, Wayne Yip, Clare Kilner, Fred Toye y Daniel Gray Longino; 2024), serie de la que bebe mucho su estética, o El colapso (Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto; 2019), pero el fin es la destrucción de la raza humana tras sus negligencias, orgullo y errores, o al menos del capitalismo quedándose en la superficie.
El refugio atómico (Álex Pina, España, 2025)
Dirección: Álex Pina, Esther Martínez Lobato, Jesús Colmenar, David Barrocal, José Manuel Cravioto / Guion: Álex Pina, Esther Martínez Lobato, David Barrocal, David Oliva, Lorena G. Maldonado y Humberto Ortega / Reparto: Miren Ibarguren, Alícia Falcó, Natalia Verbeke, Pau Simon / Productora: Vancouver Media / Distribuidora: Netflix.
