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UNA CASA LLENA DE DINAMITA

En el interior

Tres son los inicios de Una casa llena de dinamita (2025). El primero recoge planos de soldados frente a la verja de una base militar del Ejército estadounidense. El segundo tiene lugar en Pensilvania, donde cañones disparan al horizonte en conmemoración de la batalla de Gettysburg (1863), uno de los capítulos más sangrientos de la guerra de Secesión (1861-1865), con 51.000 bajas, pero sin el que sería posible entender los Estados Unidos modernos -supuso el fin de la invasión confederada a los unionistas del norte-. El último viaja a una reserva natural en Kenia, poblando el encuadre de una manada de leones. Todos suceden al mismo tiempo -la estructura del filme se basa en un mismo hecho contado desde puntos de vista distintos-. La correlación queda así establecida: el Estado americano se sustenta en la violencia bruta, en un instinto depredador de dominación y muerte.

Una casa llena de dinamita. Revista Mutaciones

 

Una casa llena de dinamita opta por quedarse en las conversaciones telefónicas y videoconferencias que mantienen diferentes mandos políticos y militares ante una crisis nuclear. Los únicos estragos bélicos que se presencian tienen que ver con los diálogos entre altos cargos -el cómo responder, el número de víctimas- y una puntual representación visual de dichas hostilidades a través de pantallas de control -el seguimiento al misil que se lanza para intentar contrarrestar la ofensiva-. De esta manera, el espectador no abandona los departamentos y despachos, esos lugares llamados a la toma de decisiones, al hallazgo de la salvación. Al igual que sucedía en La noche más oscura (2012) -Abu Ghraib convertido en feudo yanqui en suelo iraquí para perpetrar crímenes de guerra- y Detroit (2017) -la casa convertida en microcosmos de una ciudad asediada por la violencia policial para reducir las protestas raciales de julio de 1967-, Bigelow parece insistir en que el problema no se encuentra tanto fuera de las fronteras como dentro de casa, en el interior. Por ello, deja en evidencia la incapacidad para hacer frente a la situación, tanto humana como tecnológicamente. El presidente (Idris Elba), la Capitán Olivia Walker (Rebecca Ferguson), el asesor adjunto de seguridad nacional Jake Baerington (Gabriel Basso) o el secretario de defensa Reid Baker (Jared Harris) carecen de soluciones una vez los protocolos establecidos fracasan -el fallido misil de intercepción-. Personajes que no están a la altura “patriótica” del cargo que ocupan. Individuos sin respuestas que, más allá de incitar a su familia a huir a la otra punta del país -Walker- o quitarse la vida -Baker-, instalados en la duda e indecisión, no tienen idea alguna para revertir la situación. Un Estado que es incapaz de proteger a sus ciudadanos, aquellos por los que supuestamente se rearmó.

Una casa llena de dinamita. Revista Mutaciones

Es el no desvelar la verdadera identidad del agresor, así como la negativa a dar nombre concreto a los líderes de Estados Unidos y Rusia, lo que termina por demostrar el carácter global de una problemática siempre comandada por el Tío Sam -se enfatiza que es la nación puntera en material militar-. Un mal endémico inherente a las relaciones geopolíticas entre las grandes potencias imperialistas -como se recuerda en los títulos iniciales, estas tensiones marcaron la segunda mitad del S.XX- que difícilmente puede expresarse mejor que con la metáfora que da título al filme: iniciar una escalada progresiva de violencia armamentística cuyas consecuencias pueden terminar por estallarle a quien la ha liderado. De ahí que se repita el mismo esquema en el cierre de cada fragmento: reloj a cero y fundido a negro. Los daños del ataque son irreversibles, la amenaza se ha convertido en hecho. Porque ocho años después, Bigelow vuelve como se fue: filmando la calle de la vergüenza del dominio y el poder norteamericano.


Una casa llena de dinamita (A house of dynamite, Kathryn Bigelow, EE.UU., 2025)

Dirección: Kathryn Bigelow / Guion: Noah Oppenheim / Fotografía: Barry Ackroyd / Reparto: Idris Elba, Rebecca Ferguson, Gabriel Basso, Jared Harris / Música: Volker Bertelmann / Producción y distribución: Netflix

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