EL GATOPARDO (2025)
La explicitud del misterio

«¿Sois intrépidos o solo idiotas?» es lo primero que oímos, nada más empezar la serie, de la boca de un capitán borbónico cuando el carruaje del príncipe de Salina quiere entrar a Palermo en pleno asedio de los partidarios de Garibaldi. Plena declaración de intenciones antes de irrumpir en la Italia del Risorgimento, penetrar en la Sicilia aristocrática y adentrarse en el universo del gatopardo, en esta segunda adaptación de la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Hace 62 años se estrenaba la adaptación de Visconti que recogía toda la épica y el romanticismo de la novela, en una de aquellas producciones bigger than life de un tipo de cine y modelo de producción que mostraba los últimos estragos de estar extinguiéndose. Este testigo solo lo podía coger Netflix, continuando con la línea editorial de estos últimos meses de recuperar grandes clásicos de la literatura del siglo pasado y alejarse temáticamente -que no formalmente- de EE. UU., como Pedro Páramo (Rodrigo Prieto, México, 2024), la serie Cien años de soledad (Laura Mora y Alex García López, Colombia, 2024) y, ahora, El gatopardo (Il gatopardo, Richard Warlow, Italia, 2025).
Las imágenes, que parten de la muy libre adaptación de la novela de 1958, se contagian del presente de la industria cinematográfica, bajo las órdenes del showrunner británico Richard Warlow y la dirección de cuatro episodios con Tom Shankland, director de la adaptación de Los miserables (Les miserables, 2018) para la BBC, y la de los italianos Giuseppe Capotondi y Laura Luchetti en los dos restantes. Estos nos presentan la Sicilia de la década de 1860 a base de planos de muy corta duración rodados con drones, que una vez en tierra se traducirán en steadicams. A partir de ellas, se siguen los dos relatos paralelos de esta versión, centrados en Fabrizio (Kim Rossi Stuart), príncipe de Salina, y su hija Concceta (Benedetta Porcaroli).

Dentro de esta leve hiperactividad de la cámara convive la apuesta por el primer plano y por el plano-contraplano. Los seis episodios -de casi una hora de duración cada uno- son una apuesta total por el guion, por el diálogo. Es tal la confianza, absoluta y desmedida, que se acaban verbalizando los principales conflictos de los que somos testigos. «Prefieres a tu sobrino que a tu hijo» le dice Maria Stella (Astrid Meloni) a su marido, Fabrizio, poniendo en palabras aquello que todo el episodio ha tratado de construir: la misteriosa predilección del príncipe por su sobrino, Tancredi (Saul Nanni), camisa roja del ejército de Garibaldi. Este misterio que surge de las contradicciones es ilustrado a través de los diálogos por su desconfianza en las imágenes y contando con el conformismo del espectador.
En el segundo episodio, el coronel Bombello (Alessandro Sperduti),visita el palacio de los Salina; maravillado por las estancias y sus frescos el príncipe le invita a verlos mucho más cerca, obligándole a subirse a una mesa, gesto cuanto menos simbólico: el acercarse ante lo que ya se ve nítidamente. Esta tendencia continúa en una puesta en escena que constantemente explicita, de forma innecesaria, aquello narrado y asfixia cualquier subtexto. Movidos por una ambición desmedida todos buscan sobrevivir en un mundo retratado con los fondos de las ventanas y la profundidad de los exteriores quemados; donde solo podemos intuir la Sicilia desértica a través de una neblina constante, producto de la densidad de la luz, que devora a los personajes y los ahoga el calor siciliano.

En el devenir folletinesco y melodramático de Concetta, esta busca los pilares sobre los que construir su futuro ante la decadencia patriarcal y económica de la familia; la joven intenta ser fiel a su corazón y mantener la dignidad intrínseca de su padre. Los tiempos cambian y el príncipe de Salina empieza a sufrir los cambios en las reglas del juego cuando su hijo Paolo es asesinado en una encerrona por aquellos trepas alimentados por su padre. La subjetividad entra entonces para romper la uniformidad estética y expresar el caos mental de ambos personajes ante su fin como aristócratas, mediante jump cuts y flashbacks.
La concatenación de causalidades une todos los episodios; así vemos como las tierras pasan de mano a mano y el poder de hombre a hombre. La cámara señala y juzga en los rostros de Tancredi, Angelica, el alcalde, etc. cómo la ausencia de moral condena a la infelicidad. En el 63, Lancaster acariciaba un gato antes de introducirse por un callejón oscuro, la profunda interioridad del personaje quedaba camuflada y desvanecida entre sus gestos de supervivencia. Aquí Concetta, a caballo y convertida en la matriarca de los Salina, supervisa el trabajo que se hace en sus tierras. Así pues, el relato romántico de Tomasi di Lampedusa cierra aquí desde una mirada femenina que no poseían ni la novela original, ni la adaptación de Visconti. Aquí se busca evocar el deseo de nuestra época en aquella, nuestro presente atraviesa las imágenes de la Italia de 1860; aunque en ese enfrentamiento se sigue mostrando el inevitable efecto devastador del tiempo sobre los Salina, el mismo que pasará sobre la serie y sobre todos nosotros.
El gatopardo (Il gattopardo, Italia, 2025)
Creador: Richard Warlow / Dirección: Tom Shankland, Giuseppe Capotondi, Laura Luchetti / Guion: Richard Warlow, Benji Walters (adaptación de Il gattopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa) / Producción: Fabrizio Donvito, Daniel Campos Pavoncelli, Benedetto Habib, Alessandro Mascheroni, Marco Cohen, Will Gould, Frith Tiplady / Fotografía: Nicolai Brüel / Música: Paolo Buonvino / Dirección de arte: Roberta Federico / Diseño de vestuario: Carlo Poggioli, Edoardo Russo / Intérpretes: Kim Rossi Stuart, Benedetta Porcaroli, Saul Nanni, Paolo Calabresi, Deva Cassel, Francesco Colella, Alessandro Sperduti, Astrid Meloni / Plataforma: Netflix
