Estrenos

MORLAIX

Dentro del viaducto

La primera vez que vemos Morlaix, la pequeña película que se proyecta dentro de la gran película Morlaix (Jaime Rosales, 2025), comienza con distintos planos de un viaducto. Cuando al final de la historia que nos plantea Rosales volvemos a revisitar esa pequeña obra, de nuevo las imágenes de la edificación nos dan la bienvenida. Así, el enlace entre las dos Morlaix queda establecido precisamente por esa figura arquitectónica; una construcción que conecta dos extremos, dos mundos: el de la realidad y el de la ficción respectivamente. Pero, además, esa segunda vez que se proyecta la metaficción en el desenlace, la característica edificación se presenta de manera diferente a como la habíamos visto en un primer momento. Del color que la caracterizaba, hemos pasado al blanco y negro. Del formato cuadrado, al scope. Del conjunto de vistas fijas, al plano único y en movimiento. De esta manera, el viaducto como motivo visual en el nuevo filme de Jaime Rosales no solo se revela como un enlace entre la realidad y la ficción, sino que también trabaja en la idea de instalarnos justamente en medio de ese espacio; se trata de fundar un puente que difumine la frontera existente entre esos dos mundos. Al igual que esos planos que nos posicionan con los personajes dentro del viaducto, en donde se muestra la estructura formada por múltiples arcos que se suceden como capas en fuga y de manera infinita, el metraje de Morlaix (2025) lo construye un relato que se pliega y despliega sobre sí mismo a cada escena que avanza, abriendo una serie de puertas por las que entrar y salir libremente.

Morlaix. Revista Mutaciones - 1

Llegamos a la ciudad que da nombre al filme con motivo de una muerte. La cámara nos sitúa en un cementerio. Después, en el rostro concernido de Gwen, cuya madre acaba de fallecer. Rosales, nos sumerge así en un mundo agitado por la preocupación existencial de una adolescente que se topa con la idea de la muerte, con la posibilidad de un fin. Una lucha que librará a lo largo del metraje, cuya única arma para combatirla es el descubrir el sentido que esconde la vida; una respuesta que Gwen no encuentra en la realidad que vive: ni con su grupo de amigos, ni con su novio, ni en su propia ciudad. Ahí es donde entra en escena la figura de Jean Luc, un joven parisino con aires renovadores y con una cierta intuición sobre la verdad de las cosas. De esta forma, a partir de su llegada y su encuentro con Gwen, se empieza a abrir una brecha en el mundo creado: desde saltos en el eje (como en esa conversación plano-contraplano entre Jean Luc y Gwen, tras decidir no ir a la playa con el resto, en donde se persigue la similitud compositiva entre ambos), hasta las primeras transiciones al color (como cuando un plano general en blanco y negro de Jean Luc caminando por la calle pasa, por corte, a un plano similar de Gwen cortando el césped). En el desdoblamiento está la clave entonces y se desvela por completo en la proyección de la pequeña Morlaix, y en su discusión posterior. Al haberse visto proyectados en pantalla en una realidad paralela a la que viven, el grupo de adolescentes encuentra en ese desdoblamiento el motor para empezar a discutir y a poder encontrar un sentido a sus vidas. De esta manera, el diálogo que surge sobre cómo vemos aquello que se proyecta y cómo a través de ello damos sentido a lo que nos rodea, será el antídoto al temor de la idea de la muerte. Ese diálogo es el que nos propone Rosales como espectadores de su Morlaix (2025).

Morlaix. Revista Mutaciones - 2

Así hay escenas y lugares que conocemos primero en la metaficción y que luego vemos en el nivel “real” de los personajes —las escenas en la lancha y en la panadería—, como si esa ficción hubiera condicionado que sucedieran en lo real. Y, por el contrario, hay otras situaciones que unos desean que ocurran en el nivel real, pero que solo pueden tener lugar en el cine —como la escena de la playa que quiere vivir Thomas con Gwen—. En combinación a esto, a lo largo del filme se suceden una serie de matrices que van cambiando y modulando el relato: del scope-blanco y negro al 16mm-color, pasando por simulaciones de fotografías en sentido vertical. Esos cambios en la forma, que no obedecen a una dramaturgia del relato ni siquiera a la alternancia entre realidad y ficción dentro del mismo, suponen una decisión que provoca el que nunca logremos saber si se trata de una historia que se está viviendo, se está recordando o está siendo proyectada. Posiblemente, sean las tres a la vez. Como dice Jean Luc: “lo interesante es cómo nos lo imaginamos y cómo nos hace cambiar nuestras vidas”. Y así, llegamos a la última parte: con la llegada de una Gwen adulta retornando a su ciudad (Morlaix), la cámara, que hasta entonces había permanecido inmóvil, se desborda en travellings y steadicams a causa del seísmo que produce el reencuentro de los recuerdos y los momentos fundacionales. La realidad se ha transformado en otra cosa que se mueve entre una mezcla del recuerdo, lo deseado y lo que se está viviendo. Así pues, en esta última parte palpita con fuerza la sensación de que el cine ha vampirizado a la vida y que la vida ha vampirizado al cine, fundiéndose ambos en el mismo lugar. Una expresión de que el cine es algo vivo que lo formamos todos y todas. El cine no está en la pantalla. Ni siquiera está en nosotros. Está en medio de los dos, en ese viaducto. Un diálogo eterno.


Morlaix (España-Francia, 2025)

Director: Jaime Rosales / Guion: Jaime Rosales, Fanny Burdino, Samuel Doux / Director de fotografía: Javier Ruiz Gómez / Montaje: Mariona Solé Altimira / Sonido: Cora Delgado / Producción: Jaime Rosales, Jérôme Dopffer / Música: Leonor Rosales March / Reparto: Aminthe Audiard, Samuel Kircher, Mélanie Thierry, Àlex Brendemühl, Jeanne Trinité

 

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