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DOS CHICAS A LA FUGA


Las chicas solo quieren divertirse

Es una verdad universalmente conocida que las lesbianas no saben divertirse. Para muestra sus películas, todas abstractas y complejas, tristes y ancladas en el trauma de la aceptación de su identidad o incapaces de imaginar historias más allá de las miserias que atraviesan a diario. Lo que el público queer quiere son las mismas historias que los heterosexuales disfrutan, porque no se es visible hasta que tu homólogo en la pantalla no es el protagonista de una comedia romántica mediocre como Bros (Nicholas Stoller, 2022) o Happiest Season (Clea DuVall, 2020). Parece que con estas películas Hollywood escucha nuestras plegarias —¡Evasión, disfrute y gozo!— pero no es así. La comedia y el disfrute ya están en la naturaleza del cine queer: películas como Go Fish (Rose Troche, 1994) o The Watermelon Woman (Cheryl Dunye, 1996) convertían el romance en discusiones sobre la identidad lesbiana y la raza a través de la flexibilidad de la ficción y la realidad; o Zero Patience (John Greyson, 1993) y Jeffrey (Christopher Ashley, 1995) –las dos películas sobre el VIH– que transgredian las expectativas dramáticas a través de los números musicales. El cine queer, y en concreto el Nuevo Cine Queer construyó el disfrute y la comedia a través de su naturaleza performativa y camp. Y esta tradición de un cine queer “disfrutón”, que planta cara a la “homonormatividad”, también se introduce en la última película de Ethan Coen, su primera en solitario, Dos chicas a la fuga, una comedia criminal protagonizada por dos lesbianas, Marian (Geraldine Viswanathan) y Jamie (Margaret Qualley), que ponen rumbo al conservador estado de Florida mientras son perseguidas por unos matones. Partiendo del típico be gay do crime, se hace gala del entendimiento de los códigos del cine queer, que son precisamente una gran parte de lo que la convierte en una comedia, y que ponen de relieve el artificio del aparato cinematográfico a través de la puesta en escena.

Dos chicas a la fuga Revista Mutaciones

Aunque en gran medida el guion a cuatro manos de Ethan Coen y Tricia Cooke se sustenta en el humor corporal y sexual (se hace notar en el cuerpo de Jaime, cómo deja caer las caderas, anda o abraza a sus compañera, y en que el sexo se convertirá en la liberación para Marian), el montaje es lo que aporta el cuerpo a Dos chicas a la fuga. El cine queer se pregunta constantemente cómo es posible imaginar aquellos cuerpos que han sido marginados y violentados, sin fetichizarlos y explotarlos, y la respuesta ha sido, en gran medida, la abstracción. Obras como las de Barbara Hammer ponían de manifiesto un cine cuyo cuerpo se hacía uno con la fisicidad de la película a través de técnicas usadas en el cine experimental, como la optical printer. Por el contrario, algunos de los ejemplos contemporáneos mencionados anteriormente ignoran la corporalidad, convirtiéndo al cuerpo en algo contingente a la identidad individual, marginándolo en pantalla y tendiendo a la soledad. Dos chicas a la fuga equipara las decisiones de montaje, aquellas transiciones y cortinillas de influencia pop, imágenes empujadas por otras o un bucle de pizza, al cuerpo lesbiano. Evidencia la corporalidad y tridimensionalidad de la película y su naturaleza artificial. El cuerpo lesbiano fílmico de Dos chicas a la fuga se construye desde la autoconsciencia del camp, de lo ridículo que provoca el extrañamiento y que culminará en el humor. Como la identidad, la película, mediante el montaje, se construye, es modificable, ambivalente y exagerada.

Además, las cortinillas servirán no sólo como transición entre escenas: también suponen el inicio de flashbacks, que a través de la psicodelia descorporalizan al cuerpo introduciéndolo en un sueño. El cuerpo flota y se deja llevar. A través del montaje, como si de LSD se tratase, el cuerpo de los personajes y del espectador desaparecen. La relación con el cuerpo en otras películas, como Bottoms (Emma Seligman, 2023), es completamente diferente: allí el objetivo es el mismo, crear humor a través de la ruptura de las expectativas, pero en la película de Seligman se hace usando el cuerpo diegético en aquella secuencia final en el que el cuerpo lesbiano se adentra en una bacanal de sangre y violencia donde en principio no se le espera. Coen y Cooke, la montadora, consiguen llegar al mismo sitio conceptual, la comedia, pero poniendo las decisiones fílmicas por delante se permite jugar y equiparar la cualidad física de la película al cuerpo lesbiano.

Dos chicas a la fuga Revista Mutaciones

Cada una de las decisiones de montaje que se toman en Dos chicas a la fuga consigue elaborar un discurso sobre la existencia e inexistencia de la corporalidad en el cine queer. Alejándose de representaciones sobre el cuerpo que pueden llevar a la fetichización se escoge poner el sexo en el centro a través del fuera de campo (aprovechando el vaho de la ducha, por ejemplo). También, al evidenciar las transiciones entre escenas y secuencias se crean pliegues y vacíos: se evidencia el fuera de campo, sin ignorar su existencia. Y aquellos vacíos presentes contienen significados. En una entrevista Cooke mencionaba la influencia de la directora Doris Wishman. En una de sus películas, Bad girls go to hell (1965), pone en escena una violación que se compone de constantes jumpcuts o saltos de eje intencionados que desvirtúan por completo la experiencia de la violencia para el espectador. En esa ruptura de la coherencia se rompe también con la característica clásica de la mirada espectatorial que Laura Mulvey definía como mirada masculina. La mera existencia del pliege como transición en Dos chicas a la fuga es el significante de la existencia de la identidad lesbiana y su cuerpo fuera de la pantalla, sin subyugarlo por completo al entendimiento de la mirada voyeur de quien está sentado ante la misma.

Cuando Hammer dice en su ensayo La política de la abstracción que el contenido radical debe ser acompañado de formas radicales también mencionaba que existen múltiples formas de crear abstracción, de ofrecer al espectador lugares vacíos de imágenes fetichizadas para que se enfrente críticamente a ellas. Dos chicas a la fuga, sin pretender ser la pieza de cine lesbiano del siglo XXI, escoge el humor, que nace, al igual que en otras películas de los hermanos Coen como Quemar después de leer (2008), de la ruptura de las expectativas, para subvertir un imaginario en torno al cuerpo lesbiano que se muestra fetichizado ante la mirada espectatorial, sin negar la necesidad y cualidad háptica indivisible del cine queer. El cuerpo lesbiano atraviesa la película desde su propia existencia fílmica. No existe una sola forma de hacer cine queer, no se pueden anclar las identidades disidentes a una formalidad específica, pero sí debe ser siempre curioso y juguetón. Dos chicas a la fuga, sin duda, lo es.


Dos chicas a la fuga (Drive-Away Dolls, EE.UU, 2024)

Dirección: Ethan Coen / Guion: Ethan Coen y Tracia Cooke / Producción:  Ethan Coen, Tricia Cooke, Tim Bevan, Eric Fellner, Robert Graf / Fotografía: Ari Wegner / Música: Carter Burwell / Interpretación: Margaret Qualley, Geraldine Viswanathan, Pedro Pascal, Matt Damon

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