CASI TODO BIEN
Leer debería servir
El cartel de la película sentencia “leer no te hace mejor persona” y su promoción la anuncia como “una carta de amor a la literatura”. Además, la primera escena es la de un noticiario noventero en el que se entrevista a un tierno y tímido niño, Hilario, quien acaba de ganar un premio literario y quiere ser escritor. Todos estos elementos sugieren una experiencia literaria entretenida, intimista y reflexiva en la pantalla: ¿qué puede salir mal si, además, el título es Casi todo bien?
Hilario (Marcel Borrás) es un escritor en sus treinta que lleva nueve años intentando terminar un manuscrito, mientras trabaja en una librería que pronto será vendida y entregada a la gentrificación. No solo tiene un bloqueo mental para escribir, también para el sexo. Llegados a este punto, el lector de estas líneas ya podrá rellenar el resto de la premisa con saber que el tozudo protagonista tiene un amigo comprensivo y sensible (Lorenzo Ferro) y que hay una chica inteligente a la que no le gusta leer (Silma López): ambos funcionan como figuras arquetípicas que impulsan su evolución.

El debut en la dirección de Andrés Salmoyraghi y Rafael López Saudibet se apoya en los tópicos de las comedias sobre escritores o intelectuales obsesivos que tuvieron éxito hace algunas décadas —Alta Fidelidad (Stephen Frears, 2000), Los peores años de nuestras vidas (Emilio Martínez-Lázaro, 1994), Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997) o, sobre todo, Ruby Sparks (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2012)— y las adereza con sátiras que dialogan con el presente, desde la crisis de la vivienda y el declive del sector editorial hasta el esnobismo cultural y las neurosis propias de nuestro tiempo.
En el proceso, el protagonista recomienda títulos de Alejandro Zambra, Norman Mailer o Patricia Highsmith, autores de registros muy distintos que aquí se agrupan sin una lógica más clara que la de señalar su erudición. Esa misma falta de coherencia se traslada a sus acciones: alterna entre el exhibicionismo y la timidez, insulta y humilla, pero los demás lo perdonan sin que el guion haya sembrado motivos para ello ni justifique las secuencias finales. Sin una verdadera relación de causalidad interna, el conflicto se diluye y pierde peso.

Pese a las carencias, es justo señalar que, tratándose de una ópera prima, la cinta posee destellos de un pulso cómico eficaz que consigue arrancar risas genuinas. Las canciones agilizan el ritmo y, desde la letra, introducen una melancolía que matiza la percepción del personaje. Resulta interesante, además, el planteamiento formal que rodea a Hilario: la cámara titubea cuando está confundido y, como si lo espiara, lo observa de lejos en situaciones incómodas, recuperando la estabilidad únicamente cuando este lee y escribe. Aunque la idea es clara —la creación como asidero emocional—, estos recursos no terminan de incidir en el conflicto ni en las relaciones del personaje, quedando reducidos a un mero capricho estilístico.
Si Casi todo bien es una carta de amor a la literatura, está escrita desde un conocimiento irregular de los estándares literarios de verosimilitud y coherencia. Tal vez haya un gesto loable en su intento por recuperar la tradición de comedias intelectuales; se reconocen las referencias y asoman algunos chispazos de humor, pero el resultado no acompaña. Quizá tenían razón: leer no te hace mejor persona, pero debería ayudar, al menos, a construir nuevas y mejores historias.
Casi todo bien (Andrés Salmoyraghi y Rafael López Saudibet, España, 2026)
Dirección: Andrés Salmoyraghi y Rafael López Saudibet / Guion: Rafael López Saudibet y Ricardo Uhagon Vivas / Dirección de Fotografía: Christos Voudouris / Montaje: David López / Producción: Frank Ariza y Ricardo Uhagon Vivas / Música: Ezequiel Flehner / Reparto: Marcel Borrás, Silma López, Lorenzo Ferro, Julián Villagrán y Adelfa Calvo
