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KAKERU

Cuando dibujar una caja no basta

En El principito (Antoine de Saint-Exupéry, 1943), el protagonista le pide al aviador que dibuje una oveja, pero ninguno de sus dibujos le convence. El aviador termina por dibujar una caja y le dice que el animal está dentro. El niño queda encantado: la oveja existe porque puede imaginarla. De esta imagen toma su título internacional la nueva película del japonés Hirokazu Koreeda, Sheep In The Box, aunque en España se ha optado por llamarla Kakeru (2026), el nombre del niño alrededor del cual gira la narración.

La primera secuencia nos sitúa “en un futuro no muy lejano” —como indica un texto en pantalla—. Un velero blanco navega por el mar japonés y, de pronto, un dron aparece en el encuadre cargando una caja. Sobrevuela una ciudad luminosa hasta dejar el paquete en casa de Kensuke y Otone, un matrimonio que ha perdido a su hijo Kakeru en un accidente. La caja contiene información promocional de un humanoide creado mediante inteligencia artificial que reproduce la apariencia, la voz y buena parte del comportamiento del niño fallecido. La tecnología ofrece así una solución comercial al duelo. Luego de dudar de si algo así funcionaría como paliativo, los padres aceptan la llegada de un nuevo Kakeru a sus vidas. Una premisa potente y prometedora.

Kakeru. Revista Mutaciones

Koreeda condensa aquí algunas de sus obsesiones habituales: el duelo, presente en Maborosi (1995), After Life (1998), Distance (2001) y Still Walking (2008); los seres inanimados que cobran vida como en Muñeca de aire (2009); y, sobre todo, la familia, asunto recurrente en De tal padre, tal hijo (2013), Nuestra hermana pequeña (2015), Después de la tormenta (2016), Un asunto de familia (2018), La verdad (2019), Broker (2022) y la rashomoniana Monstruo (2023). Hay preguntas que atraviesan buena parte de esta filmografía: ¿qué hace que una familia sea una familia? ¿Los vínculos biológicos, las convenciones sociales y los contratos, o el afecto que se construye en la convivencia? En Kakeru, la cuestión adquiere nuevas dimensiones: la posibilidad de que un humanoide ocupe el lugar de un hijo muerto sin convertirse en una prolongación de los deseos de sus padres.

La posibilidad de que una criatura artificial llegue a desarrollar un comportamiento que sus creadores no pueden prever abre una vía hacia el inquietante universo de Frankenstein. Sin embargo, la puesta en escena no está interesada en explorar las consecuencias de esta incertidumbre. Lejos de generar tensión, hay una buena cantidad de planos abiertos y luminosos, blanquecinos, a veces casi sobreexpuestos y en los que la cámara observa a los personajes con distancia. Por momentos pareciera estar instalada en algún poste de luz o en alguno de los vértices de la casa, como una presencia discreta que registra la convivencia sin intervenir en ella. Esa mirada es tan minimalista como el estilo que prefiere Otone, arquitecta de profesión, para diseñar sus obras. Por su parte, Kensuke es carpintero. Ambos convierten la materia en espacios habitables; ambos, a su manera, construyen. Hay incluso una asociación bíblica que resuena: el padre es carpintero y el nuevo hijo llega a casa gracias a un dron, creado fuera del ámbito materno y envuelto en una luz que le confiere un carácter celestial. La imagen promete una parábola sobre la creación, la familia y los límites del ser humano.

Kakeru. Revista Mutaciones

En apenas media hora, la película ha introducido suficientes preguntas como para despertar la curiosidad del espectador. Sin embargo, en lugar de desarrollar alguna de ellas, se suman nuevas, hasta que resulta difícil reconocer el rumbo de la historia y las relaciones entre fondo y forma. Da la impresión de que el director sabe que su discurso va quedando disperso y así recurre a explicaciones adicionales y simbologías que, lejos de aclarar, convierten el relato en un pantanal de temas. El pasaje de El principito se menciona más de una vez; se introduce a un anciano para explicar el comportamiento de la madera y la necesidad de respetar la naturaleza; la madre diseña una casa en el lugar donde alguna vez hubo un bosque; Kakeru juega a crear muñecos de madera como lo crearon a él. El universo narrativo se descompone aún más cuando el humanoide encuentra a su “verdadera familia” en una suerte de pandilla callejera formada por seres de su misma especie, maltratados por sus padres adoptivos. Uno de los temas centrales del japonés reaparece aquí, aunque forzado. La elección de colores artificiosos en estas secuencias acentúa la sensación de estar entrando en otro registro. Las ideas están ahí, pero la tecnología, la inteligencia artificial, la explotación de la naturaleza, el maltrato infantil y el duelo familiar conviven sin llegar a tener consecuencias para los personajes.

El problema es que el filme se conforma con formular preguntas y acompañarlas con esbozos de discursos morales que no conducen a ninguna parte. Ni el drama familiar termina de conmover ni la ciencia ficción explora un terreno inquietante. Hasta ahora, este director había demostrado confianza en los pequeños gestos, en los silencios y en la capacidad de sus personajes para revelar las contradicciones de los vínculos humanos. En este trabajo, parece desconfiar de todo ello. El resultado es una fábula de planteamientos interesantes que no terminan de materializarse en una película a la altura del prestigio del director. Esta vez Koreeda nos dibujó una caja, pero no ha sido capaz de sugerirnos qué había en el interior.


Kakeru (Japón, 2026)

Dirección: Hirokazu Koreeda / Guion: Hirokazu Koreeda / Producción: Megumi Banse y Kaoru Matsuzaki / Fotografía: Ryuto Kondo / Montaje: Hirokazu Koreeda / Música: Yuta Bandoh/ Reparto: Haruka Ayase, Daigo Yamamoto, Rimu Kuwaki, Nana Seino, Kanichiro Sato.

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