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LA INVITACIÓN.

La casa indiscreta

The Invite Revista mutaciones

¿Cómo filmar una película que, en apariencia, podría sostenerse únicamente sobre los diálogos? En La invitación (The Invite, 2026), Olivia Wilde, directora de Súper empollonas (Booksmart, 2019) y No te preocupes, querida (Don’t Worry Darling, 2022), hace de una cena entre cuatro personajes un sugerente ejercicio de puesta en escena en el que una casa no se limita a contener la acción, sino que interviene activamente en ella. Los espejos, las ventanas y los marcos de las puertas condicionan la forma en que vemos a los protagonistas y sus relaciones, hasta convertir el espacio en un quinto personaje.

Con la excusa de enseñarles el apartamento que acaban de reformar, Angela (la propia Olivia Wilde) invita a sus vecinos de arriba, Pina (Penélope Cruz) y Hawk (Edward Norton), para disgusto de su marido, Joe (Seth Rogen), que desde el principio se muestra reacio a la idea. No es para menos: las noches de la pareja de arriba se cuelan habitualmente en el dormitorio de Angela y Joe, que tienen que soportar los ruidos de sus encuentros sexuales. Pero la irritación de Joe con sus vecinos parece responder a algo más profundo que los ruidos nocturnos: la crisis matrimonial que atraviesa con Angela. Frente a ellos, Pina, psicoterapeuta y sexóloga, y Hawk, bombero retirado, que apenas llevan un año juntos, están en un momento muy distinto de su relación, marcado por una complicidad y una libertad que contrastan con el desgaste de la otra pareja. A partir de este contrapunto, Wilde construye una comedia de situaciones incómodas y diálogos afilados, en la que el humor sirve para sacar a la superficie aquello que los personajes preferirían mantener oculto. A medida que avanza la cena, las conversaciones van dejando al descubierto las grietas del matrimonio de Angela y Joe, mientras que una propuesta inesperada de sus invitados altera por completo el rumbo de la noche.

Para dar forma al escenario de la película, Olivia Wilde trabajó con Adam Newport-Berra, director de fotografía, y Jade Healy, diseñadora de producción. Juntos dieron forma a un apartamento laberíntico —inspirado en viviendas reales de San Francisco— y a una planificación visual dinámica y minuciosamente calculada. La configuración de este espacio está ligada a la historia de sus habitantes: Joe, antiguo miembro de una banda y ahora profesor de música, vive con Angela en la casa en la que él creció, donde recientemente han derribado una pared para unirla con el apartamento contiguo. La reforma ha corrido principalmente a cargo de Angela, una artista que ha dejado de trabajar y se ha volcado por completo en la casa. La unión de las dos viviendas, sin embargo, no implica necesariamente una unión emocional, y la película encuentra en esta contradicción uno de sus principales recursos de puesta en escena.

La historia que Olivia Wilde lleva a la pantalla no es nueva. La invitación es una adaptación de Sentimental (2020), la película de Cesc Gay basada en su propia obra de teatro Los vecinos de arriba. Y aunque la estructura narrativa es prácticamente la misma, Wilde introduce una puesta en escena mucho más elaborada cuya riqueza reside, en gran parte, en las posibilidades que ofrece la propia casa. Mientras que Gay presentaba un espacio más compacto, que concentraba toda la acción en un salón con la cocina incorporada donde todo queda a la vista, el apartamento de La Invitación ofrece una mayor variedad de espacios y conexiones —y desconexiones— entre ellos. La separación entre cocina y salón, los largos pasillos y las escenas en el estudio de Joe amplían así el campo de acción y permiten que los personajes se muevan por la casa, se eviten o mantengan conversaciones a espaldas de los demás. Pero también incorpora puntos desde los que observar y ser observado, como las ventanas que conectan visualmente distintas estancias a través del patio interior, o los espejos, que multiplican las perspectivas dentro de una misma habitación.

The Invite Revista mutaciones

A esta concepción del espacio se suma una puesta en escena que se aleja de la disposición más teatral de Sentimental y explota las posibilidades del lenguaje cinematográfico. A propósito de los espejos, la película saca partido de ellos en numerosas ocasiones para construir encuadres en los que Joe y Angela aparecen juntos sin compartir realmente el mismo espacio: uno de los dos queda relegado al reflejo, de modo que el propio lenguaje de la casa expone su distancia emocional, también presente en la pared de su dormitorio, todavía sin pintar. Algo parecido sucede con los marcos de las puertas, que, en ocasiones,, dividen a los personajes y los alejan, y en otras, los atrapan y dan la sensación de que las paredes se cierran a su alrededor,  asfixiándolos, especialmente cuando las conversaciones se vuelven más incómodas y difíciles de sostener.

La puesta en escena que propone Wilde no solo se apoya en la arquitectura de la casa, sino que también se construye a través de una fotografía que alterna distintas escalas de plano para modificar constantemente la distancia del espectador respecto a los personajes. En las escenas de carácter más voyeurístico, la cámara adopta una posición de observadora que convierte al espectador en intruso: recurre a los planos generales e incluso a encuadres visualmente fragmentados por los elementos de la propia casa que dificultan la visión. En cambio, los primeros planos acercan al espectador a los rostros y a las reacciones de los protagonistas, favoreciendo la conexión con ellos. No es casual, en este sentido, la influencia de ¿Quién teme a Virginia Woolf? (Mike Nichols, 1966), otra historia de tensiones matrimoniales que convierte el espacio doméstico en escenario del conflicto y en la que la disposición de los personajes dentro de la casa hace visibles sus enfrentamientos. La tensión entre Joe y Angela también se construye a través de las interpretaciones de Wilde y Rogen, cuya compenetración genera incomodidad en las constantes interrupciones y en esa forma de hablar por encima del otro, como si ni siquiera en una conversación pudieran encontrar un espacio común. La banda sonora de Devonté Hynes, que combina composiciones originales con reinterpretaciones de piezas clásicas, también contribuye a aumentar la incomodidad de la cena.

«Why is this a film and not just a play?», se preguntaba Wilde en una entrevista con RogerEbert.com. Una pregunta pertinente para una película que, pese a tener una naturaleza teatral, encuentra en la puesta en escena la manera de desbordar sus límites. Después de Súper empollonas y No te preocupes, querida, Wilde parece tomar aquí un rumbo distinto, apostando por una propuesta más contenida en su planteamiento, pero que explota las posibilidades expresivas del lenguaje cinematográfico. La directora responde a su propia pregunta con una película en la que, aunque abundan los diálogos, las imágenes acaban diciendo más.


La invitación (The Invite, EE.UU., 2026)

Dirección: Olivia Wilde / Guion: Rashida Jones, Will McCormack / Fotografía: Adam Newport-Berra / Montaje: Anthony Boys, Yorgos Mavropsaridis / Música: Devonte Hynes / Productoras: Filmnation Entertainment, Annapurna Pictures, Permut Productions / Reparto: Seth Rogen, Olivia Wilde, Edward Norton, Penélope Cruz

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