ON BECOMING A GUINEA FOWL
Romper con lo esperado
(de proveer hasta la muerte y honrar al verdugo)

Hay una tendencia en esas narrativas del “regreso al pueblo” como un viaje de redescubrimiento, protagonizadas por personajes perdidos en un punto de sus vidas y que acuden allí para reencontrarse con ellos mismos. Sin embargo, Rungano Nyoni no adopta esa línea argumental para ese fin. Primero lo usa para desarmar al espectador –generarle unas expectativas de futuro en el visionado y luego irlas rompiendo poco a poco– y luego resignifica esa vuelta a las raíces como un acto de rehabitar el espacio robado, en este caso, por el abuso intrafamiliar.
On Becoming a Guinea Fowl inicia su metraje con un particular humor negro y cierta atmósfera surrealista que se integrará en el esqueleto de toda la historia. El hallazgo del cuerpo del tío de Shula, Fred, se contempla desde la distancia, primando esos planos generales donde el cadáver yace en mitad de la carretera, cerca de un burdel, en mitad de la nada, como el único elemento disonante en el paisaje. Ese suceso, aparentemente la tragedia transversal en la película, detonará toda una serie exagerada de reacciones por parte de los familiares y abrirá paso a un esperpento de funeral. No obstante, cuando el espectador se encuentra convencido de haber leído el tono, este comienza a mutar. Se va produciendo así el acercamiento a la verdadera tragedia: los actos forzados cometidos por el propio difunto contra varias de las mujeres de su familia. Mientras unos buscan preparar el entierro del fallecido, la verdad se comienza a desenterrar.

Este escenario presenta a las mujeres como portadoras del silencio. En los espacios compartidos con los hombres, impera sobre ellas la rigidez de los roles de género y se las presenta como proveedoras. Ahí sus palabras son mínimas y, cuando se verbalizan, son en muchos casos para afirmar las ordenanzas de los varones o satisfacer sus deseos. Cuando se las aleja de ahí, se adentran en un gran espacio comunal donde pueden compartir sus penas. Los lloros inundan las bandas de sonido y los planos las incluyen cohabitando un espacio donde acompañarse en el duelo y superarlo juntas –aunque rechazando a aquellas que, públicamente, no han cumplido con su rol establecido, como la mujer del fallecido a la que se culpabiliza de no haber sido suficientemente atenta–. Y un salto más allá, en las recámaras, las habitaciones contiguas o el interior de los vehículos, se las libera de todo ese peso social para cederles un lugar de sororidad, donde el mutismo se rompe y pueden expresar sus dolores, sus penas y tejer esa red de apoyo frente al abuso del patriarcado. Ahí es donde encuentran cobijo y donde se permiten destejer esas heridas silenciadas con las que se han visto obligadas a sobrevivir. Ahí los secretos salen a la luz para advertirse entre hermanas.
Esa misma red es la que Shula va recuperando entre sus constantes interacciones con las distintas mujeres de su familia. Lentamente, esa reconexión la va llevando a adentrarse en ese mundo de fantasía que tantea la película, en el que las habitaciones se inundan, la oscura fotografía se abre paso y los silencios en la banda de sonido cobran protagonismo. Ese humor inicial va reconfigurándose en una especie de tensión latente propia de un hábitat hostil, uno que se intercala con desconcertantes pequeños fragmentos de un viejo programa de televisión. Dichos paréntesis configuran la vuelta a la infancia, al recuerdo del trauma escondido en ese aparente mundo inocente.

Asimismo, a través de las piezas videográficas se halla la solución para encontrar la fuerza con la que hacer frente a los demonios que han sido arrastrados hasta el presente. Así pues, en una de sus apariciones, con un flashback casi imperceptible, una joven Shula (la misma que aparece al inicio como un cuestionamiento a la Shula adulta por haberse mantenido callada) accede a la metáfora que da nombre al título del film. Las gallinas de Guinea devienen un símbolo de sororidad y sus cantos, el mecanismo que activa esa red de apoyo entre mujeres, al igual que en la sabana sirven para avisar de los depredadores cercanos. Desentramando ese simbolismo, On Becoming a Guinea Fowl se dirige hacia un final donde se giran las tablas. En la habitación donde, previamente al funeral, se juzga a la mujer del fallecido, hombres y mujeres se encuentran coexistiendo. Tras la sentencia del “juez” de ese tribunal casero -obviamente un hombre de la familia del tío Fred-, estalla todo un enfrentamiento verbal en el que incluso las mujeres se ven envueltas y enfrentadas entre ellas para mantener su rol de protectoras (pese a conocer los turbios actos del tío). La cámara inicia entonces un lento zoom in que huye del espacio para escaparse al jardín y poner en el foco a Shula aproximándose al lugar. Al detenerse Shula, la cámara la emula y entonces reaparece ese elemento fabulista, ese grito de lucha y advertencia como símil de la resistencia y la protección colectiva. Shula comienza a entonar el canto de las gallinas de Guinea, su voz se convierte en una de ellas en un acto por recobrar la voz silenciada y advertir, entre la discusión suscitada, el verdadero punto a tener en cuenta: esa violencia sistemática.
On Becoming a Guinea Fowl (Rungano Nyoni, Zambia-Irlanda-Reino Unido, 2024)
Dirección: Rungano Nyoni / Guion: Rungano Nyoni / Producción: Tim Cole, Gabriel Gauchet, Ed Guiney, Andrew Lowe, Olivia Sleiter, Christian Vesper, Eva Yates / Fotografía: David Gallego / Montaje: Nathan Nugent / Música: Lucrecia Dalt / Reparto: Susan Chardy, Roy Chisha, Blessings Bhamjee, Henry B.J. Phiri, Doris Naulapwa,
