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MOSCAS

Lo importante no es ganar

Luego de cinco largometrajes, el mexicano Fernando Eimbcke ha desarrollado un estilo reconocible, que parte de dos dimensiones centrales: la ternura y el juego. El director se divierte como un crío con la fotografía y las situaciones que viven sus personajes, muchos de ellos jóvenes en entornos complicados, rodeados de adultos casi siempre envueltos en una rigidez que acaba cediendo ante el afecto y la compasión. Los personajes de Eimbcke siempre están dispuestos a volver a ser niños y descubren así, jugando, una forma de resistencia ante un mundo que les exige madurez.

Este fue uno de los puntos de partida de Temporada de patos (2004), la película que lo catapultó a convertirse en un habitual en los circuitos de festivales. En ella seguimos a dos adolescentes que se quedan solos en casa y, sin salir de ahí, alcanzan cierta madurez durante el tiempo que dura la historia, un coming of age acelerado gracias a la sorpresiva presencia de una vecina y un repartidor de pizzas que termina jugándose el importe de su pedido en un videojuego de fútbol. En la película destaca también el uso de blanco y negro por parte de Alexis Zabé, quien luego saltaría a la fama siendo fotógrafo en The Florida Project, de Sean Baker.

Moscas. Revista Mutaciones

Los videojuegos y la fotografía monocromática reaparecen como factores determinantes para entender Moscas (2026). Sin embargo, mientras que el filme de 2004 retrataba a adolescentes de clase media, la más reciente película del director, que tuvo un buen recorrido en Berlín y San Sebastián, concede un lugar central a la experiencia del niño —un estupendo Bastian Escobar— y su padre (Hugo Ramírez), una familia de bajos recursos que viaja a Ciudad de México para estar cerca de la madre, quien, hospitalizada, recibe un tratamiento contra el cáncer.

La banda sonora encuentra un equilibrio entre el juego infantil y el drama. De ella se encargó Camilo Lara, artífice del potente proyecto Instituto Mexicano del Sonido (IMS) —también locutor del programa “Dilo Camilo” en Radio 3—. La dirección de fotografía corrió a cargo de María Secco, responsable de la imagen de algunas películas mexicanas destacadas en las últimas dos décadas, como Te prometo anarquía (Julio Hernández Cordón, 2015), La jaula de oro (Diego Quemada-Díez, 2013) o Temporada de huracanes (Elisa Miller, 2023).

La ausencia de color consigue dotar a la historia de un tono dramático que contrasta con la fábula en la que se insertan sus protagonistas, quienes llevarán a cabo una dinámica ya vista en otras películas como La vida es bella (Roberto Benigni, 1997): la transformación de una experiencia dolorosa en un desafío lúdico, visto desde la imaginación infantil. Así se establece un poético símil entre la lucha contra el cáncer y la misión de vencer a los monstruos en el arcade Cosmic Defenders —una réplica del clásico Space Invaders—. Una máquina recreativa situada cerca del hospital y de la habitación que la familia alquila frente al sanatorio se convierte en una vía de escape para el niño, que encuentra en la imaginación una forma de confrontar la tristeza y la incómoda situación que lo atraviesa.

Moscas. Revista Mutaciones

Del mismo modo que el joystick y los botones permiten eliminar a los molestos “invasores” en el arcade, Olga (Teresita Sánchez), la casera que aloja a la familia, es presentada tratando de eliminar a las moscas que la asedian. El gesto da coherencia al título, que alude tanto a sus inquilinos como a la condición a la que quedan reducidos los pacientes del sistema de salud pública de la Ciudad de México, un organismo a veces saturado e incapaz de darse abasto para atender a los enfermos y proporcionar información a los familiares.

Esto le ha traído a Eimbcke algunas reacciones desfavorables en México: algunos críticos de cine, cercanos al gobierno en el poder, han cuestionado el conocimiento que tiene el director respecto a la salud pública, acusándolo de tener una mirada privilegiada sobre las clases bajas. Más allá de que pueda cuestionarse la perspectiva del cineasta, resulta difícil sostener que su película mira a estos personajes desde una posición de superioridad. Nunca los reduce a caricaturas ni los juzga; al contrario, les concede tiempo para revelar sus emociones y contradicciones. La cinta deja claro que lo que nos convierte en insectos es el sistema, independientemente de los colores de quien toma las decisiones. En ese sentido, la ausencia de color de la puesta en escena también admite una lectura política.

Olga cobra más protagonismo en la segunda mitad de la historia, cuando el padre del niño debe volver a su ciudad por trabajo y lo deja solo, con una serie de indicaciones para arreglárselas hasta su vuelta. Es entonces cuando el joven se ve obligado a convivir con otros adultos, mientras ella debe aprender a sensibilizarse con él.

La mirada de Moscas es tan fresca que consigue encontrar poesía lúdica en la imagen nocturna del cuadriculado inmueble hospitalario donde habita gente que se debate entre la vida y la muerte y cuyas luces se encienden, se apagan y consiguen moverse a ritmo de arcade o el célebre juego de la serpiente de los antiguos Nokia. La secuencia funciona como una suerte de “batiseñal” que condensa la propuesta de la película: “para vivir hay que jugar”, como canta la banda argentina Estelares.


Moscas (México, 2026)

Dirección: Fernando Eimbcke / Guion: Vanessa Garnica y Fernando Eimbcke / Dirección de Fotografía: María Secco / Montaje: Fernando Eimbcke / Producción: Fernando Eimbcke, Michel Franco y Eréndira Núñez / Música: Camilo Lara / Reparto: Bastian Escobar, Teresita Sánchez, Hugo Ramírez y Enrique Arreola.

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