EDITORIAL: VER PELÍCULAS O HACER PELÍCULAS
Ver películas o hacer películas
Estudiar cine hoy en día y en España, parece articularse casi de manera exclusiva desde la creación. Grados que cuestan miles de euros apoyados sobre una dinámica de producción incesante, cortos y prácticas que se quedan olvidados en bases de datos y que salen de premisas absurdas y concretas, que anulan cualquier acercamiento orgánico al acto de crear. Ejercicios que generan imágenes a borbotones, casi sin pensar en por qué una se crea, a la manera de piezas industriales producidas en masa en una gran fábrica. Si bien esta tendencia está empezando a mermar, la oferta formativa sigue encasillada en la producción, olvidando otros campos tan esenciales para el ecosistema cinematográfico como la preservación, la curaduría o el pensamiento crítico alrededor de estas. El modelo actual parece proyectar la figura del cineasta como el único acercamiento posible y legítimo al cine, desplazando la idea de que restaurarlas, programarlas o pensar las películas es un acto tan decisivo como su propia existencia.

Después de estudiar dirección cinematográfica, el único camino que se me presentaba para hacer películas era entrar en la rueda de producción: rodar todos y cada uno de los días laborales de mi vida, en puestos de dirección que más se acercaban a la logística y a la burocracia que al pensamiento crítico sobre las imágenes. Jornadas de once horas, a cinco o treinta y siete grados de temperatura, nocturnas, reclamando horas extras meses después de haber recibido la nómina y lo peor: llegando a casa tan agotada que la idea de ver una película o leer un libro suponía una tarea inalcanzable para el cerebro. Todo en nombre de una extraña y falsa promesa de que en diez años quizá podría debutar, o al menos, dirigir un spot de publicidad que pagara la entrada de mi piso. Cuando comprendí que esta inercia no era compatible con ninguna de mis aspiraciones profesionales, creativas, o simplemente con mi propia salud y aposté por un camino teórico y más anclado a la cinefilia, descubrí la verdadera paradoja: cuanto más había visto y leído, más incurría en todo aquello que me habían prohibido en la escuela: dudar. Habitar la duda en el acto creador era un estado prohibido para el todopoderoso director. Todo tenía que estar claro desde el principio, todas las decisiones se toman antes, calculadas, anticipándose a cualquier contratiempo y erradicando cualquier predisposición a la búsqueda. Algo parecido pasa en las residencias y los laboratorios de guion, trabajar durante años en una película antes de rodarla te obliga constantemente a creer demasiado en la idea, darle una importancia desmesurada y eliminar cualquier instinto primogénito que llevó a crearla. Citando a Luis Soto: “la urgencia se deslegitima, lo inmediato se castiga”. La estandarización de estos dilatados procesos de desarrollo obliga a los cineastas a autoconvencerse de que su idea es lo suficientemente buena, aun cuando ya no son las mismas personas que las concibieron en primera instancia, un ejercicio de egocentrismo que quema las películas antes siquiera de que existan.

La cuestión es que este camino profesional de ayudantías infinitas y rodajes que impide cualquier acercamiento contemplativo de la vida sí que podría ser, en realidad, el camino más efectivo, y por supuesto, y aquí también está un poco la clave del cineasta precarizado, el único camino con el que se pueden pagar las facturas. Rodar tanto hace callo, automatiza el acto creador, eliminando la duda y la permeabilidad. Esto convierte a los directores en realizadores precisos, capaces de generar imágenes potentes y vacías casi con los ojos cerrados. A veces pienso que haber tomado la otra vía me convirtió en una directora débil, frágil. Cuanto más leía, más veía, más aprendía e investigaba, más músculo estaba perdiendo y más distante me parecía el gesto de filmar. Cuando me envalentono digo que los cineastas no deberían ver películas, que a mí verlas me arrebató el tesón para dirigir equipos de setenta personas sin el reflejo de la duda en mis ojos. Que ellos se dediquen a producir, que el resto nos podemos encargar de que se vean, de cuidarlas e incluso de pensarlas por ellos si hiciera falta. No es verdad, no lo creo. Mis cineastas favoritos son grandes cinéfilos, y no me cabe duda de que hay en ello una correlación directa. Sin embargo cada vez pienso que hoy una cámara tiene más que ver con la cámara arma que con la cámara escritura de Astruc, que rodar es un gesto violento en el que nos perdemos muchos por el camino, desarmados. A ojos de las dinámicas de hiperproducción contemporánea y de sus escuelas cargadas de publicistas y realizadores, seguir pensando el cine te convierte, inevitablemente, en peor cineasta.
