GRAN LIBERTAD
El precio de la libertad
Apunta José Luis Sánchez Noriega que el cartel es el primer paratexto que llega de una película. Y, aunque pueda resultar difícil de creer a priori, una sola imagen congelada puede encerrar todo el contenido de un film de manera magistral. Ese es el caso del cartel original de Gran Libertad, el último largometraje de Sebastian Meise. En dicha imagen se manipula la parte trasera de la cabeza de Hans para abrir una mirilla por la que él mismo intenta encender un cigarro con la ayuda de una mano amiga. Una imagen recurrente en una propuesta que va a girar todo el tiempo en torno a la repetición de espacios (celdas, pasillos, mirillas) y elementos (el fuego y la cerilla) mediante los cuales se va a indagar en la idea de encierro y sus consecuencias, así como la persecución de la libertad y el peso que esta misma puede llegar a generar en los sujetos. De ahí la dolorosa, por cobardemente valerosa, escena final.
La película se sitúa en un contexto muy concreto: la primera Alemania democrática. A partir de tres años concretos, el cineasta se acerca a la historia real de Hans, olvidando si acaso los pormenores, para centrarse en el deterioro de la condición psicológica del protagonista a medida que avanza el tiempo y se suceden las repeticiones anteriormente citadas. Hans es encerrado una y otra vez por incumplir el artículo 175, como muestra el arranque de la película a través de insertos de imágenes de cruising que interrumpen los créditos iniciales; por ser homosexual en una Europa que empezaba a condenar el fascismo devolviendo los derechos que habían ardido en las cámaras de gas. Para incidir en esa sensación de repetición y hastío, Meise desordena las fechas y, mediante elipsis y rimas visuales, conecta y pasa de un momento a otro como si accediéramos a los planos a través de pasadizos a los que solo tienen acceso los carcelario -o los presos-. Además, se repiten los planos interiores del recinto, acentuando la sensación de simetría y forzada quietud. Se ausculta el interior como una inmensa jaula donde líneas verticales y horizontales separan a través de verjas los cuerpos humanos y los sonidos asaltan con sus fuertes estruendos en contraposición a las imágenes coloridas del exterior que evocan el pasado.

Dicha construcción del espacio como representación de una institución castradora -¿La nueva Europa?- provoca que cobre mayor importancia la filmación de la gestualidad de los cuerpos. Meise rechaza recrearse en captar el deterioro de los mismos, así como acude al fuera de campo para evitar situaciones escabrosas, para centrarse en cómo estos interactúan entre sí, sobre todo a través de la relación que comienzan a establecer Hans y Viktor. Un vínculo que comienza a partir de las carencias y necesidades del otro y termina deviniendo baliza; desde los favores hechos a través de la mirilla, pasando por los abrazos consoladores a vista de todos, hasta la salvación de un alma herida que solo es capaz de encontrarse con la autodestrucción entre cuatro estrechas paredes. Ese es el gran acierto de la película, centrarse en las caricias y en los roces, porque en tiempos de guerra, el amor es la mayor de las revoluciones, aquí representado por símbolos como el paquete de cigarrillos y la cerilla encendida que ilumina una pantalla a veces sumida en la más terrible oscuridad.

Gran Libertad, ganadora del Giraldillo de Oro en el 18 Festival de Sevilla, continúa con la reconstrucción de la historia de la humanidad iniciada en un contexto cultural marcado desde hace varias décadas, gracias a movimientos socioculturales, por la revisión del pasado reciente. Por la reelaboración de los discursos que se han venido emitiendo como verdades inapelables pero que no son más que ficciones que han desplazado a los márgenes las vivencias de colectivos silenciados, siendo en este caso el LGTBIQ+. Pero, a pesar, de ello, Meise entiende que la situación es demasiado dramática como para cebarse con ello, por eso escoge una cierta poética contenida con la que dirigir la película, bien sea en la dirección de actores o en la elaboración de escenas. Porque, además de ofrecer un lugar en la historia mediante la creación de imágenes a posteriori -como hacen otros cineastas como Todd Haynes en Lejos del cielo (2002) o Carol (2015) – a quienes se les negó, lo que verdaderamente importa es calibrar la dificultad de lidiar con una libertad cuando no se ha conocido otra cosa que la persecución. Cuando el cerebro ha sido entrenado para disfrutar de la propia identidad el mismo tiempo que dura encendida una cerilla.
Gran Libertad (Große Freiheit, Austria, 2021)
Dirección: Sebastian Meise / Guion: Sebastian Meise, Thomas Reider / Producción: Coproducción Austria Alemania; FreibeuterFilm, Rohfilm / Fotografía: Crystel Fournier / Música: Nils Petter Molvaerr, Peter Brötzmann / Reparto: Franz Rogowski, Georg Friedrich, Anton von Lucke, Joachim Schoenfeld, Thomas Prenn, Fabian Stumm, Ulrich Faßnacht

Pingback: El mejor cine de 2022. Votaciones individuales - Revista Mutaciones
Pingback: Crítica El paraíso (2023), de Zeno Graton. Revista Mutaciones