Berlinale 2023Estrenos

EL PARAÍSO

La libertad siseante

Crítica de El Paraíso - Mutaciones 1

Todo nuestro imaginario viene dado por la perspectiva desde dónde miramos las cosas: aquella visión con la que contemplamos nuestro entorno y la interpretación que hacemos de la realidad que se nos ha venido dada. Así pues, la simbología de un elemento, de un hecho o de una figura puede percibirse desde polos opuestos dependiendo de nuestra herencia. Algo tan concreto como el simbolismo de un animal como la serpiente puede derivar en múltiples lecturas. Si nos basamos en la tradición judeocristiana, este animal es sinónimo de maldad, un ser mentiroso y proclive a la transgresión, causante del pecado original al tentar a Adán y Eva. La segunda acepción de la RAE directamente la describe como el diablo, “el príncipe de los ángeles rebelados». No obstante, en otras culturas la serpiente significa conocimiento, salud, etc.; tiene una connotación positiva. Siguiendo esta línea, El Paraíso (Zeno Graton, 2023) propone una interpretación alejada de la explicación bíblica donde el reptil se resignifica: no es el demonio del Paraíso, sino su protector. 

William (Julien De Saint Jean) llega nuevo al reformatorio juvenil del que Joe (Khalil Ben Gharbia) espera salir pronto con su revisión de condena. Dos desconocidos unidos por un mismo confinamiento con el que han de convivir en plena adolescencia. Ambos comienzan a entablar una relación estrecha y en un momento dado William, tras mostrarle un boceto de una serpiente mordiéndose la cola circularmente, le narra la historia del dragón del norte. El joven anuncia cómo “los dioses tuvieron miedo de su poder y lo tiraron al mar, para que la gente se olvidara de él. Pero la serpiente creció dentro del mar. Su cuerpo creció cada vez más fuerte. Creció tanto que se enroscó alrededor del mundo para protegerlos. Nada ni nadie podía atravesarlo. Los vikingos lo llamaban el Recinto Real. El Paraíso”. La leyenda se convierte en realidad cuando ambos encuentran la salvación, la protección en brazos del otro. El primer contacto físico entre ellos justamente es un enroscamiento: se acarician, se rozan los labios y rápidamente se funden en los brazos del otro. Cada uno buscando su refugio, su paraíso. 

Crítica de El Paraíso - Mutaciones 2

La película se convierte en un cuento que nace de la narración de uno de los protagonistas, en la que afirma, rebuscando entre recuerdos, cómo “un pez atrapado en el hielo no resucita, se muere”. Joe y William son dos serpientes, dos animales lanzados al mar –un centro correccional– y atrapados en el hielo  –un sistema que los culpa y falsamente les promete una redención–, pero que encuentran un motivo para no dejarse morir. Los jóvenes crecen en un contexto helado: el estatismo del centro de menores, la contención, la restricción, el aislamiento del mundo exterior. Con un entorno carcelario que puede recordar por momentos a Gran libertad (Sebastian Meise, 2021), aquí viajamos a su versión juvenil. Aun así, partimos de un encierro. El film comienza con una colección de planos de rejas, ausentes de personas, que enfatizan ese encierro planteando un lugar lejos de la concepción de un paraíso.

La reclusión se mantiene latente a lo largo del metraje, remarcándose en otros momentos como cuando recorren el reflejo exterior proyectado por una cámara oscura en la pared o cuando en las fotografías que sacan libremente como práctica se repiten las mismas rejas: un único paisaje envolvente. Asimismo, el internamiento llama a lo personal y de esa forma el largometraje apuesta por los desenfoques para enfatizar una figura central (acentuando la idea de aislamiento) y rehuye este planteamiento cuando se trata de escenas grupales, cuando los jóvenes conviven y comparten momentos como jugar un partido de baloncesto, contemplar fuegos artificiales lanzados en la distancia (donde viven aquellos quienes gozan de libertad), o gritar bajo la lluvia. 

Crítica de El Paraíso - Mutaciones 3

Hay una cierta presunción de inocencia en las causas de su encierro, en el sentido que no se indaga en los delitos cometidos para acabar en el centro correccional. Algunos de ellos se suponen, pero no se afirman. Así se deja espacio para imaginar, pero sobre todo para ahondar en la dimensión humana de quienes son tan solo un grupo de adolescentes intentando encontrarse, rehabilitarse y ser libres. Ahí subyace el gran tema: la libertad. Todos ellos están forzados a cumplir unas reglas más restrictivas que el resto de la sociedad, pero incluso así su pequeña libertad es paradójica; pequeña como las ventanillas de las puertas de sus habitaciones que los encuadran aún más en un plano cuadrado dentro del plano, donde sus rostros, sus gritos y sus puñetazos se intentan silenciar. Es paradójica porque no se limitan tan solo sus acciones, sino también sus sentimientos. Sophie (Eye Haidara), la educadora, afirma que el centro no es un lugar para entablar relaciones amorosas. Surge ahí la duda: se puede confinar a una persona, se puede intentar “corregirla”, ¿pero se puede someter un sentimiento?

Joe y William luchan contra esto y entre el hermetismo del lugar, entre las celdas vestidas de habitaciones, ambos encuentran resquicios para encontrar su libertad. Encerrados, pero juntos, hallan hendiduras inefables entre las paredes colindantes de sus cuartos a través de las cuales, casi siseantes, compartir música o acariciarse. La película se abre con estos pequeños pasos a un relato queer alejado de tópicos y clichés típicos en estas narrativas, ofreciendo una normalización y nuevas tramas que trascienden la concentración y la simplificación temática. No deviene una historia trascendente, pero se intuyen toda una serie de posibilidades que enriquecen las lecturas más allá de la supremacía del descubrimiento sexual. 

Crítica de El Paraíso - Mutaciones 4

Esa chispa que salta cuando dos almas se encuentran comienza entre rejas y acaba intramuros, pero hay en el último plano una voluntad por ofrecer esperanza al deseo de huir y liberarse. Joe da vueltas al patio de la prisión, encuadrado contra la pared con cierta rectitud y orden; el fondo y el personaje son uno, se fusionan en un mismo lienzo. Entonces él atisba, o cree atisbar, a alguien, y se lanza a correr mientras la cámara ya no puede aplastarlo contra los ladrillos y el cemento, se le escapa. Cuando dos serpientes se entrelazan y consiguen crecer enroscadas para proteger su propio mundo, entonces las rejas dejan de dominar el plano y es el personaje quien, atisbando un punto de fuga por el que escurrirse, consigue correr para escapar de plano. Y uno, ante el fundido a negro que corta antes de una clara resolución, tan solo puede desearle lo mejor. 

 


El paraíso (Le paradis, Bélgica, 2023)

Dirección: Zeno Graton / Guion: Clara Bourreau, Zeno Graton / Producción: Priscilla Bertin, Valérie Bournonville, Karim Cham, Marie Darel, Judith Nora, Joseph Rouschop / Música: Bachar Khalifé / Fotografía: Olivier Boonjing / Montaje: Arnaud Bellemans, Nobuo Coste / Reparto: Khalil Ben Gharbia, Julien De Saint Jean, Eye Haidara, Jonathan Couzinié, Matéo Bastien, Samuel Di Napoli, Amine Hamidou, Nlandu Lubansu, Terry Ngoga

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.