PRESENCE
Ventana a un fantasma
Desde que Soderbergh ganase el Oscar a Mejor Película por Traffic (2000), el norteamericano ha ido basculando, con bastante soltura, entre un cine más comercial: Ocean’s Eleven (2001), Contagio (2011), The Laundromat: Dinero Sucio (2019); siempre con un especial cuidado en la puesta en escena, y otras obras que, sin ser cine de vanguardia, han llevado siempre un punto de experimentación a través de la imagen. Sin movimientos bruscos (2021) entrelazaba el ojo de pez con una historia de gangsters de poca monta, en Kimi (2022) Soderbergh trasladaba la paranoia y agorafobia a unas saturadas y esquizofrénicas imágenes, gracias a la saturación de colores y un montaje acelerado, mientras que en Perturbada (2018), rodaba con Iphone para narrar la historia de una mujer que sufre de acoso, haciendo del voyeurismo y la inmediatez herramientas para adentrarnos en la subyugante experiencia que supone la violencia machista.
En Presence se formaliza un poderoso gesto que vertebra la película al poner el punto de vista de la cámara en la mirada de un fantasma. Abrimos los ojos en una ventana (esa que cerrará otra mirada, solo que eso aún no lo sabemos). Un ente se desliza por una oscura casa desprovista de mobiliario, mientras las ominosas y melancólicas teclas de piano llenan ese vacío que pronto será llenado, ya a plena luz del día, por una familia.
Es fácil caer en la comparación de Presence con A Ghost Story (David Lowery, 2017), y es que la presencia de la casa, la indefinición y la pesadumbre predominan en el tono de ambas. Sin embargo, la película de Lowery era un artefacto mucho más filosófico, atemporal y deslocalizado, trazando una fina línea que partía de la tragedia individual para bailar sobre lo cósmico y la propia concepción de la vida, la muerte y la eternidad. El gesto de Soderbergh reside precisamente en lo contrario, poner la casilla de salida en la indefinición para proceder a completar el puzle, abriendo la puerta a la comprensión. Pero hay algo más, una idea que ya existía en A Ghost Story, en una conversación de ventana a ventana entre dos fantasmas, haciendo de puente entre ambos filmes:
– «I’m waiting for someone.»
– «Who?»
– «I don’t remember.»
El artefacto de Soderbergh tiene tanta complejidad como romanticismo. El fantasma no sabe quién es, dónde está, o porque yace en una casa vacía; acaba de despertar y nosotros con él. Por ello, su primer impulso es cubrir esa falta paseándose curioso por las habitaciones, recibiendo con distancia y prudencia a la nueva familia y escondiéndose detrás de los armarios. Sin embargo, algo sucede, la hija mira por la misma ventana por la que abre la película, en una habitación que será su dormitorio, y al volver la mirada al armario donde se esconde el fantasma, y nosotros con él, parece tangibilizar un hilo que une los dos mundos, antes de que un fundido a negro se lleve el primer contacto entre Chloe y el ente.
El mecanismo se repite, el fantasma atiende las conversaciones de la familia sin que esta note su presencia, menos Chloe, que lo advierte una y otra vez. Hasta que, en una fuerte discusión familiar, el fantasma empieza a tomar una vaga consciencia y la cámara con él, haciendo que su paso y dirección se tornen firmes y pensados. Instantes antes del clímax de tensión, el fantasma reconocerá su misión y entidad, forzando que el mecanismo que le ha dado su (no) existencia se cumpla, de nuevo, por ese portal que adopta forma de ventana.

Desde la banda sonora dispuesta por Zack Ryan podemos abrazar también esta idea de crecimiento y comprensión por parte del fantasma. La canción que abre la película, “Presence”, articula un melancólico monólogo de piano, llenando esos espacios que el ente se resiste, por imposibilidad, a identificar. La bisagra, “Come To Light”, empieza también con notas de piano, pero pronto una melodía más ominosa toma contacto empezando a descubrir las certezas del fantasma. El tema final, “Presence Theme (End Credits)”, incorpora violines que llenan de entendimiento y dolor las habitaciones, dejando un halo de comprensión en las imágenes que corresponden perfectamente con la revelación del fantasma y las hirientes consecuencias de dicho acto.
Identificar lo técnico con lo sentimental y fugaz es un gesto profundamente romántico en una historia empedernidamente trágica. Los espejos obligan a abrirle la puerta al trauma, lanzando una mirada al abismo sabiendo que te la puede devolver. Soderbergh se atreve a unificar dicho acto con una factura que, si bien adolece de simpleza en ciertas situaciones comunes cuando aborda el trauma y las implicaciones familiares, con discusiones algo rimbombantes, cubre estas carencias con toneladas de puesta en escena. El arte de aguantar un cuadro en momentos de tensión dramática asfixiante es algo que a muchos cineastas se les resiste, prefiriendo cortar a modo de fuga. Soderbergh, al igual que el fantasma, de la misma forma que nosotros como espectadores, decide encontrar un punto medio, no corta, pero tampoco se queda, se retira por la puerta y alza el vuelo al lugar que cada uno quiera otorgarle, dejando a la familia, y su dolor, bien arropados en la tierra.
Presence (Estados Unidos, 2024)
Dirección: Steven Soderbergh / Guion: David Koepp / Producción: Extension 765 / Distribuidora: Neon / Fotografía: Zack Ryan / Montaje: Steven Sorderbergh / Música: Zack Ryan / Diseño de producción: April Lasky / Reparto: Lucy Liu, Chris Sullivan, Callina Liang, Eddy Maday, West Mulholland, Julia Fox, Benny Elledge, Daniel Danielson.


