NUESTROS MEJORES AÑOS

Oda italiana a la amistad

¿Qué estamos diciendo cuando afirmamos que una película es muy francesa? ¿De qué hablamos cuando aseguramos de que se trata de una obra muy italiana? ¿Y una españolada? Cierto es que hay una larga lista de referencias artísticas, cuestiones temáticas y/o aspectos sociológicos que pueden ayudarnos a responder estas preguntas. Que existen consagrados autores que han dejado huella en la cinematografía del país donde han desarrollado su carrera y que son determinados títulos los que van modelando tales etiquetas, pero normalmente resulta complicado de explicar con pocas palabras aunque muy evidente de comprobar cuando se está ante algún ejemplo. En el caso de Nuestros mejores años no hay dudas de que nos hallamos ante una película decididamente italiana (no importa si consciente o no), donde los personajes vociferan, existen juegos de seducción, en ocasiones focaliza la mirada en los barrios y personajes marginales, y donde las emociones, los sentimientos, se muestran a flor de piel, sin vergüenzas.

Nuestros mejores anos - REVISTA MUTACIONES

Gabriele Muccino utiliza en su duodécimo largometraje la tragicomedia (que tanto abunda en la cinematografía italiana) para narrar la vida de cuatro amigos (tres hombres y una mujer) desde la década de los 80 cuando eran ilusionados jóvenes, hasta la actualidad, ya adultos y con muchas victorias y derrotas a las espaldas. Con un claro homenaje a Nos habíamos amado tanto (Ettore Scola, 1974), con quien comparte evidentes analogías en el guion, la película abarca casi cuatro décadas en las que, como es lógico, se producen cuantiosos cambios en la existencia de estos cuatro personajes protagonistas (interpretados por diferentes actores según la época filmada). Esto permite al espectador advertir las profundas transformaciones personales, profesionales e incluso ideológicas de algunos de ellos y la escasa mutación de otros, que sí mantienen un mismo pensamiento vital a lo largo de los años.

En todo caso, idas y venidas que reflejan aquel refrán popular que sentencia que la vida da muchas vueltas: amores, desamores, matrimonios, divorcios, encuentros, desencuentros, contratos, despidos, nacimientos, muertes. Sin embargo, Muccio propone que algo sí que queda, que lo que permanece es la amistad (aunque haya intervalos en el tiempo en las que esta se manifieste menos), aquella que deja marca en la adolescencia y prosigue más allá hasta la madurez, el afecto que al final subsiste. Esta película río de más de dos horas de duración y en la que se rompe la cuarta pared no está exenta de innecesarios subrayados sentimentales propios de su director, pero importan más aquellos momentos en los que el peso del tiempo, la nostalgia y el perdón cobran protagonismo.

La carrera cinematográfica de Muccino comienza en Italia pero se traslada a Estados Unidos donde dirige célebres obras de éxito comercial como En busca de la felicidad (2006) y Siete almas (2008), ambas con Will Smith encabezando el reparto. Ahora parece que prosigue en sus orígenes (sus tres últimos filmes son italianos) y por si alguien aún no tiene claro cuáles son que al visionar Nuestros mejores años escuche la bella partitura que el legendario maestro Nicola Piovani ha compuesto para la ocasión, que observe la gesticulación mediterránea de Pierfrancesco Favino, actor italiano de moda en los últimos años gracias a filmes como Suburra (Stefano Sollima, 2015), El traidor (2019) o Padrenostro (2020) y que ya ha trabajado anteriormente con Muccino en tres ocasiones más, así como que contemple en una de las escenas la imponente Fontana di Trevi, más italiana imposible.


Nuestros mejores años (Gli anni più belli, Italia, 2020)

Dirección: Gabriele Muccino / Producción: Lucky Lotus Production, RAI Cinema, Leone Film Group Distribución: Vertigo / Guion: Gabriele Muccino, Paolo Costella / Música: Nicola Piovani / Fotografía: Eloi Molí / Reparto: Pierfrancesco Favino, Micaela Ramazzotti, Kim Rossi Stuart, Claudio Santamaria, Francesco Centorame, Andrea Pittorino, Nicoletta Romanoff, Paola Sotgiu, Francesco Acquaroli

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