LEVITICUS
Dando en el mensaje, pero no en la forma

Las buenas películas de terror siempre han funcionado no sólo a una gran puesta en escena, cuyo objetivo es crear un aura y atmósfera inquietante, sino también porque dichos elementos se retroalimentan de una visión que pueda darle sentido a ese terror. Es así como este año Evil Dead Burn (Sebastien Vanicek, 2026) usaba la violencia y el fuego como una metáfora del rencor familiar; Obsession (Sebastien Vanicek, 2026) distorsionaba la idea de la novia perfecta y exponía las conductas más tóxicas de aquellos que la idealizan; y Backrooms (Kane Parsons, 2026) mostraba cómo la incapacidad de autocrítica lleva a las personas a perderse en una visión enfermiza de su propia realidad, porque eso es mucho más sencillo que simplemente aceptar la verdad. Sin embargo, ¿qué pasa cuando se tiene esa visión pero no la fuerza suficiente como para convertirlo en una pesadilla audiovisual?
Si hay una secuencia de Leviticus (Adrian Chiarella, 2026) que ejemplifica todo lo bueno que está con esta película, es precisamente su escena de apertura. Una chica tras darse un baño en una piscina, ocupando un plano medio mientras la cámara la sigue de cerca mediante un travelling, puede puede parecer una introducción cualquiera. Sin embargo, cuando la acción se detiene por el accionamiento repentino de una ducha, es cuando todo empieza a construirse. La familiaridad de la chica con lo que sea que ha activado la ducha contrasta con el desconcierto del espectador, que no sabe de qué se trata. Esta sensación se ve potenciada por el tono amable de la mujer, frente al frente al sonido seguido e inquietante del agua que choca contra el suelo.
Esta sensación tan conflictiva se acentúa con el siguiente plano: un plano general que muestra la piscina entera y da más prioridad al espacio en sí y al color azul del agua. La chica queda relegada a un minúsculo habitáculo cuadrado al fondo del plano, donde el color amarillo es el único que aporta algo de iluminación a ese espacio tan cargado, aunque sin llegar a trasmitir la misma sensación de pasión que siente la chica en esos momentos. Al fin y al cabo, su relación está lo suficientemente alejada de la cámara como para que no se pueda llegar a mostrar a detalle los sentimientos y emociones de la chica, lo que más adelante va a terminar generando un gran contraste con la otra pareja homosexual de la película. La secuencia se cierra con el mismo plano medio del principio, solo que ahora hay un muro por en medio que oculta la realidad que se encuentra detrás de este acto. Con todos estos elementos, Chiarella ya presenta la idea que plantea acerca de la identidad sexual y su crítica a quienes la aborrecen. Mantiene el silencio y la cámara alejada de la chica con el fin de mostrar esos actos como algo casi prohibido. Una vez concluye la escena, ni siquiera permite mostrar el resultado de la interacción: todo debe permanecer oculto, acompañado únicamente por un sonido inquietante, porque el simple hecho de aceptar a una pareja homosexual parece ser aterrador.
Así es como Chiarella llena su película de elementos cuyo principal objetivo es el de representar la prohibición o incluso la represión que la sociedad o los protagonistas, ejercen sobre sus deseos internos. La primera vez que los dos personajes van a la fábrica es cuando aparece uno de estos elementos. Mediante un plano medio, el director muestra a ambos antes de entrar. No obstante, la visión sobre ellos es difusa, ya que una ventana con barrotes los cubre por completo en el plano. Sin necesidad de decir nada y teniendo en cuenta lo que sucede después, la película ya da a entender que estos dos chicos están atrapados de alguna forma.

Por eso, no es de extrañar que las secuencias de la fábrica rompan la lógica visual de la película. Al igual que ocurre en los primeros minutos de la historia, la interacción entre ambos le devuelve el color a los planos. Incluso la primera vez que Naim (Joe Bird) a Ryan (Stacy Clausen) hacer gala de sus cualidades físicas, no solo la cámara lo enfoca de arriba a abajo, sino que aparece un ligero haz de luz que casi parece ser un reflejo de la propia mirada curiosa de Naim. Todo ello culmina con un acercamiento de cámara cuando los dos personajes comienzan a intimar, mostrando su relación de forma cercana siendo acompañada por una música que le suma más pasión e incluso calma a la escena. Este contraste funciona especialmente bien porque se trata del segundo encuentro romántico homosexual de la película, lo que choca directamente con lo visto al inicio y muestra, a su vez, las dos caras del conflicto. Por un lado, la visión reduccionista y casi satánica de la homosexualidad; por otro. la verdad que supone abrirse con alguien que te entiende.
Precisamente por eso, cuando las escenas transcurren fuera de la fábrica, la película recupera ese tono apagado del principio. El pueblo, al estar impregnado de estos códigos tóxicos, se convierte en parte del problema. No solo aparecen de vez en cuando aparecen planos que encierran a los protagonistas tras rejas o escaparates, como si fuesen animales de estudio, sino que el propio vestuario de los dos chicos se ve afectado. Esto resulta especialmente evidente en el caso Naim, quien, cuando se encuentra en su momento de mayor felicidad lleva una camisa blanca y poco más, mientras que cuando debe fingir que encaja en la sociedad idealizada por su madre y el resto pueblo, adopta unos tonos más apagados y se cubre hasta arriba, como si cubriera esa parte que le da vergüenza.
Es precisamente por este manejo tan bueno de la dualidad entre la aceptación o el rechazo que la película se tropieza cuando salta al terror. Porque, mientras todo el drama de los dos chicos se toca con mimo y cuidado, cada vez que la película cambia de registro es cuando todos sus mecanismos se vienen abajo. El mayor ejemplo de este problema viene con el uso de la criatura. Su introducción funciona, y la manera en que Chiarella la anticipa a través de la mirada de Naim contribuye a mitificarla más como antagonista. Sin ir más lejos, el primer encontronazo funciona. La cámara se sitúa en el hombro de Naim para adaptar su punto de vista mientras este se acerca progresivamente a Rick. Lo que en un principio es mera curiosidad se transforma poco a poco en algo aterrador, hasta que el ser se manifiesta, aunque Naim todavía no pueda verlo y solo perciba las consecuencias de su presencia. Este recurso se repetirá a lo largo de la película: Naim no ve lo que hace su yo malvado, pero sí contempla cómo este daña a la persona que ama. Es un elemento que funciona porque refuerza la idea de la relación tóxica entre ambos protagonistas y muestra cómo la indecisión constante de Naim, incapaz de determinar a qué lado pertenece, termina haciendo daño al otro.

La aparición física de la entidad se desmorona una vez que esta encuentra un cuerpo al que imitar. En la escena del hospital, Chiarella simplemente muestra a la entidad a lujo de detalle en un plano general. La escena continúa desarrollándose, pero, en lugar de generar tensión, el director parece intentar cerrarla de forma lo más rápida posible. No hay tiempo para procesar lo que ocurre ni hay alguna variación en el plano o elementos adicionales que potencien la escena, lo que convierte el momento en algo carente de impacto. Aquí es donde surge la inevitable comparación con It Follows (David Robert Mitchell, 2014), una película que juega con una idea similar, pero que, al contrario que Leviticus, sí consigue convertir aquello que se asemeja a lo humano en algo aterrador. Y no porque una película elija alterar la apariencia de su antagonista y la otra no, sino porque It Follows convierte cualquier elemento cotidiano en algo de lo que desconfiar a través de pequeños detalles.
Mediante planos generales y un foco difuminado, construye la imagen de una pequeña figura que camina a lo lejos. Alguien que parece normal, pero cuyo andar y cuya falta de expresividad lo convierten en algo extraño. De esta forma, cualquier pasillo o espacio vacío se transforma en una posible entrada para que ese ser aparezca, hasta que finalmente lo hace. Y lo más aterrador de todo es que casi parece humano. Es así que Leviticus termina fallando: cuando abraza al terror, lo hace sin llegar a transmitirlo realmente. Cada aparición del falso Rick no cambia el ambiente. La criatura se convierte en un perseguidor más al que la dirección no consigue dar el impulso necesario, hasta el punto que termina siendo exactamente lo que se ve en pantalla: un chico caminando o, peor aún, un recurso que recurre al susto fácil cuando no queda otra opción.
Leviticus (EE.UU., Adrian Chiarella, 2026)
Dirección: Adrian Chiarella / Guion: Adrian Chiarella / Fotografía: Tyson Perkins / Música: Jed Kurzel / Producción: Causeway Films, Salmira Productions, Screen Australia, VicScreen, Kojo Studios / Reparto: Joe Bird, Stacy Clausen, Mia Wasikowska, Jeremy Blewitt, Ewen Leslie, Davida McKenzie, Nicholas Hope, Zahra Newman, Tyallah Bullock, Edwina Wren
