DOLOR Y GLORIA

«El cine me salvó la vida»

En Dolor y gloria no hay ningún espacio que no sea para el ego y el coraje del director manchego al abrirnos una puerta hacia su “yo” más íntimo (y nosotros, afortunados somos de que lo haga). Almodóvar muda su piel de réptil -dura y firme- y se refugia detrás de la voz de un personaje ficticio para contarnos su historia, un personaje que grita “soy frágil, sufro y soy humano”.

Salvador Mallo (Antonio Banderas) es un director de cine martirizado por sus constantes problemas de salud, que le han hecho resignarse y apartarse del arte que tanto ama: el cine. ¿Cómo contar de forma ilustrativa, rápida y entretenida todas las dolencias de este personaje?. Fácil, con los vívidos y personales diseños de Juan Gatti, acompañados de la temperamental y sutil melodía compuesta por Alberto Iglesias, el ya veterano músico de la filmografía almodovariana. Como si de un minucioso diagrama de anatomía se tratara, los colores, las formas y la narración de Banderas nos sumergen en las numerosas enfermedades latentes del cuerpo humano. El reencuentro de Mallo con un antiguo actor de una de sus películas ocasionará un amargo choque con las drogas y la resignación. Entre diálogos aparentemente serios, brotan cómicas frases que nos hacen soltar una risotada, propias de esas conversaciones castizas, frescas, naturales y nada impostadas de las tragicomedias de Almodóvar. Mallo cederá una de sus obras al actor, interpretado por Asier Etxeandía, el cual nos desgarra con un visceral monólogo teatral entre un fondo de fuertes colores y pasión desmedida.

Los continuos viajes al pasado del protagonista nos hacen entender cuán importante resulta lo que vivimos en nuestra infancia; la maternidad, los primeros atisbos de deseo sexual y la espiritualidad artística. De ahí surge esta curiosa mímesis de antigüedad y modernidad, tal y como escribía Ande Macazaga sobre ¡Átame! (1989) “sin abandonar completamente la comedia, apostó por sumergir a sus personajes en un universo más dramático, profundo, sentido”. En Dolor y gloria, Almodóvar sigue manteniendo la esencia de sus anteriores obras pero al mismo tiempo innova y apuesta con valentía, reviviendo a su madre, luchadora y enérgica en la juventud, interpretada por una Penélope Cruz perfectamente capaz de volcarse en esa atmósfera rural y humilde. Y en la vejez, reconocemos una madre fatigada y exhausta, interpretada por una entrañable y cálida Julieta Serrano. Encontramos a un Antonio Banderas camaleónico que sin percatarnos muy bien de cómo ni cuando, acaba teniendo una apariencia física y verbal similar al cineasta ciudadrrealeño. Dolor y gloria son dos palabras antónimas que simbolizan que cuanto más altas sean nuestras aspiraciones mayor serán nuestros sacrificios. El film (aunque se caracterice principalmente por estar narrado en clave nostálgica y melancólica) es una oda a la victoria. Es un cántico que apuesta por seguir viviendo a pesar de la adversidad, de la somatización del cuerpo y de las caídas. Es un motivo para anclarse a la esperanza hecha a base de propósitos. Como bien dice el director “el cine me salvó la vida”, y no es más que ese cine rudo y añejo, insertado en la memoria de un niño de un barrio de Calzada de Calatrava que tiene “olor a jazmín y orines”.


Dolor y gloria (España, 2019)

Dirección: Pedro Almodóvar / Producción:  Agustín Almodóvar, Esther García, El Deseo Producciones Distribución: Sony Pictures Spain / Guion: Pedro Almodóvar / Música: Alberto Iglesias/ Fotografía: José Luis Alcaine / Montaje: Teresa Font / Reparto: Antonio Banderas, Penélope Cruz, Asier Etxeandía, Susi Sánchez, Julieta Serrano, Leornardo Sbaraglia, Nora Navas, Raúl Arévalo.

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