JACKASS: LO MEJOR PARA EL FINAL
«Y te acordarás de todo el camino…» (Dt 8,2)
Jackass: Lo mejor para el final (Jeff Tremaine, 2026) abre con la primera escena grabada para la serie, pero nunca emitida, en la que Johnny Knoxville se coloca un chaleco antibalas, se mete un puñado de revistas como protección suplementaria y acepta pegarse un tiro en el pecho. La escena condensa toda la lógica de la franquicia: la estupidez como método, el cuerpo como superficie de inscripción y la cámara como testigo imprescindible. Pero lo más importante llega después, cuando la adrenalina comienza a desvanecerse y Knoxville, antes casi de comprobar la magnitud del daño, pide volverlo a ver. Ahí Jackass descubre que el golpe no termina en el cuerpo, sino en la imagen que lo repite. La apertura no funciona solo como documento de origen, sino también como profecía retrospectiva. En aquel primer disparo ya estaba contenida la relación que Best and Last explicita veinticinco años después. No basta con hacerse daño: hay que verlo, repetirlo, archivarlo, convertir la supervivencia en memoria compartida. Si en 1998 Knoxville pedía la reproducción inmediata para confirmar que aquello había ocurrido, que seguía vivo, ahora la película entera obedece al mismo impulso desde el otro lado de la vida corporal, porque esos impactos no pueden repetirse del mismo modo.
Jackass Forever (Jeff Tremaine, 2022) todavía podía venderse como regreso, había allí un último resto de presente, la promesa de que el cuerpo fundador seguía siendo capaz de producir, una vez más, la vieja alquimia entre dolor, camaradería y risa. Lo mejor para el final parte de la evidencia de que ya no basta con volver a ver a Johnny Knoxville y compañía poniendo el cuerpo en juego, es necesario recapitular, revisar el archivo y asumir que la franquicia solo puede despedirse desde la memoria de sus propios golpes. Su forma retrospectiva no es solo una solución industrial, aunque también lo sea, sino la inscripción material de un agotamiento físico. La película trabaja con restos porque Jackass es ya una comunidad de restos; y el Knoxville que antes ocupaba el centro del impacto empieza a habitar la película desde otro lugar, como testigo, archivo viviente de todo aquello que hizo y ya no debería repetir.

El desplazamiento de Knoxville es el verdadero centro formal de la película. Antes era el cuerpo soberano del caos, el hombre que abría el plano con el saludo ritual y convertía esa frase en autorización sacrificial. Su nombre consagraba una zona de excepción donde la estupidez dejaba de ser accidente para volverse método. En Lo mejor para el final, sin embargo, Knoxville aparece cada vez menos como carne principal del impacto y cada vez más como maestro de ceremonias, voz que convoca, recuerda, comenta y contiene. No desaparece, pero se aleja del centro físico del espectáculo. Su nueva presencia ya no depende tanto de lo que puede hacer como de todo aquello que hizo y ya no debería repetir. El cuerpo fundador se ha vuelto archivo de sí mismo.
Ahí la película encuentra una melancolía más precisa de lo que su superficie permite sospechar. No se trata de ver a unos hombres mayores hacer menos, o de adaptar la vieja fórmula a una edad en la que el chiste debe pasar del golpe juvenil a la revisión médica. Se trata de observar cómo una forma cómica nacida de la inmediatez corporal se ve obligada a sobrevivir mediante la memoria. El archivo no aparece como almacén nostálgico, sino como prótesis. Allí donde el cuerpo ya no puede exponerse, el montaje lo devuelve a la acción; allí donde la lesión introduce una prohibición, la imagen permite una nueva capacidad diferida. Knoxville puede seguir habitando Jackass desde la repetición, desde el comentario, desde la vibración fantasmal de todas las caídas anteriores.
La gracia de Lo mejor para el final, cuando funciona, está en que esos viejos clips ya no son los mismos. El archivo no devuelve el pasado intacto; lo devuelve contaminado por todo lo que vino después. El Knoxville joven que se somete al disparo no aparece ya como un idiota audaz, sino como el primer capítulo de una biografía. Ryan Dunn no reaparece como presencia cómica pura, sino como espectro afectivo. Bam Margera no puede regresar sin que la imagen acuse, incluso a su pesar, la distancia entre pertenecer al grupo y sobrevivir a él. Cada gag antiguo arrastra una temporalidad doble. Seguimos riendo por la precisión primaria del golpe, pero también sentimos que ese golpe pertenece a un mundo corporal ya cerrado, un presente absoluto convertido en documento.

Por eso los nuevos números más abiertamente geriátricos importan más de lo que parecería, son la confesión de que el cuerpo de Jackass ha cambiado de régimen. Si antes se definía por su disponibilidad para el impacto, ahora se define también por su administración sanitaria, por la vigilancia de sus cavidades, por la prueba preventiva, por el deterioro convertido en gag. La obscenidad sigue ahí, pero su horizonte ha mutado. Ya no pertenece a la arrogancia adolescente sino a la certeza adulta de que todo pasa factura.
Ese giro hace que la vieja economía masculina de Jackass se vuelva más visible. La franquicia siempre fue una forma de autoabyección homosocial: hombres blancos, en su mayoría heterosexuales o performativamente heterosexuales, entregándose al dolor, la vergüenza, la feminización paródica, la penetración figurada, la suciedad y el fracaso como si todo ello reforzase, por vía negativa, la pertenencia al grupo. Se podía leer ahí una regresión reaccionaria, un “boys will be boys” llevado hasta su paroxismo intestinal, pero también algo más torcido, una comunidad masculina incapaz de llegar al afecto si no era mediante el daño compartido. En Jackass, quererse siempre fue empujarse escaleras abajo, reírse del vómito ajeno y abrazar al amigo después. La ternura aparecía siempre después del impacto, como si necesitase una fractura previa para hacerse visible.
En Lo mejor para el final, esa comunidad ya no puede demostrarse únicamente en simultáneo, no basta con estar juntos en el set y soportar el dolor ante los demás. La amistad ahora se organiza también como trabajo de conservación. Recordar a Dunn, volver sobre los primeros experimentos de Knoxville o reinsertar a Bam como figura problemática del archivo convierte el vínculo en una forma de montaje. La pandilla sigue existiendo porque sus imágenes siguen tocándose unas con otras. La amistad, en esta última instancia, ya no es solo una práctica corporal; es una práctica archivística. El regreso al carrito de supermercado condensa esta operación. Lo que en un principio era casi una declaración estética vuelve en Lo mejor para el final cargado de una solemnidad que la película no necesita verbalizar. El chiste se ha vuelto una reliquia. La repetición devuelve el origen en forma de mito. El carrito ya no avanza hacia el impacto, avanza hacia la historia de todos los impactos que lo preceden.

No estamos ante una obra plenamente lograda. Su forma de compilación puede ser irregular, a ratos perezosa, más emotiva que incisiva, más dependiente del cariño acumulado que de una verdadera invención cinematográfica. Algunas de sus mejores intuiciones parecen surgir menos de una voluntad reflexiva que de la imposibilidad práctica de seguir haciendo lo mismo. Pero quizá ese sea exactamente su punto de verdad. Jackass nunca fue sofisticado en el sentido más prestigioso del término. Su inteligencia consistía en tomar una idea elemental y repetirla hasta que la risa empezaba a rozar algo antropológico, ritual. Esta última entrega envejece ese mecanismo, y al envejecerlo lo deja más desnudo. La película entiende, acaso sin formularlo del todo, que el cine siempre fue el verdadero dispositivo prostético de Jackass. Una prolongación del cuerpo más allá de su duración física que conserva cada golpe como una capacidad diferida, cada caída como memoria encarnada. El cuerpo de Knoxville ya no puede ocupar el centro de la misma manera, pero la película le permite seguir haciéndolo desde otra distancia. No vuelve a ser joven; vuelve a ser visible. No recupera su potencia; recupera su huella.
Jackass: Lo mejor para el final no es la última prueba de resistencia de Jackass, es su conversión terminal en archivo. Tras el falso presente eterno de la juventud, llega la administración de los restos. Tras el cuerpo que se arrojaba contra el mundo, el cuerpo que mira sus propias ruinas y todavía encuentra en ellas una carcajada. No hay redención ni madurez ejemplar. Solo una comunidad de idiotas aprendiendo, demasiado tarde y por la vía más dolorosa, que incluso la estupidez necesita memoria para sobrevivir.
Jackass: Lo mejor para el final (Jeff Tremaine, 2026)
Dirección: Jeff Tremaine / Fotografía: Chris Darnell, Dimitry Elyashkevich / Producción: Jeff Tremaine, Spike Jonze, Johnny Knoxville / Montaje: Jeff Buchanan, Ian Kornbluth, Matthew Kosinski, Matthew Probst / Reparto: Johnny Knoxville, Steve-O, Chris Pontius, Jason “Wee Man” Acuña, Preston Lacy, Dave England, “Danger” Ehren McGhehey, Sean “Poopies” McInerney, Jeff Tremaine, Zach Holmes, Davon “Jasper” Wilson, Rachel Wolfson.
