FestivalesFilmadrid 2026

FILMADRID: FOCO MILAGROS MUMENTHALER

El cuerpo fantasma

Foco Milagros Mumenthaler. Revista Mutaciones

En la masterclass impartida por Milagros Mumenthaler dentro del marco del Festival internacional de cine Filmadrid, la directora se aproximaba a sus procesos de creación a través del habitar. Habitar la ausencia, el duelo, el miedo o el pasado. Si bien intentaba escapar de la idea de que sus películas están llenas de fantasmas, los tres largometrajes que conformaron el foco parecían seguir el rastro de los espíritus que van deslizándose entre las películas, del presente al pasado y viceversa. El foco arrancó sumergiéndose en su obra más reciente, Las corrientes (2025). La retrospectiva hacía el viaje cronológico inverso, de delante hacia atrás, en un proceso de reconstrucción de memoria que se asemeja mucho al que la mayoría de sus personajes se ven arrastrados a hacer. En Las corrientes, el fantasma pareciera ser una misma, el espejo Catalina/Lina, en el que una va empujando a la otra con automatismo, movimientos hieráticos que hacen flickear la naturalidad de la interpretación del resto de personajes. En su pavor al agua, Lina (Isabel Aimé) es incapaz de lavarse el pelo, lo que genera tensiones en la relación con su cuerpo y aspecto físico. En el mirarse al espejo emerge también un cuestionamiento identitario de un cuerpo que tiene que seguir operativo dentro de los engranajes de la sociedad burguesa productivista, siempre teniendo que responder un email más, siempre cerrando el siguiente proyecto. Todo esto añadido a los esquemas femeninos y navegando dentro de estados de duelo y pérdida. Este anclaje con la apariencia y el reflejo era algo que también le ocurría a Sofía (Martina Juncadella) en Abrir puertas y ventanas (2011), que concentraba el echar de menos a su abuela en su ropa y sus herramientas de belleza. El poso de la ausencia se asentaba sobre su cuerpo y aspecto físico. Y es que las tres películas de Mumenthaler parecen suspender el tiempo sobre el cuerpo de sus protagonistas, que habitan un punto y aparte dentro de sus vidas. En La idea de un lago (2016), una fotógrafa, Inés (Carla Crespo), ultima la publicación de su fotolibro en medio de su embarazo. Un embarazo que también parece detenerse en el tiempo. En el laberinto de su memoria, la linealidad se rompe en tres tiempos fílmicos intercalados entre sí, mezclando la fantasía, el recuerdo y la realidad. En los tres largometrajes, la ausencia (de la abuela/del padre/de la identidad pasada) es un estado temporal que los personajes se ven obligados a habitar. Un constante espacio de tránsito en el que los lugares que parecían hogares, se ven ahora convertidos en sitios liminales ajenos, deconstruidos.

Mumenthaler contaba que para ella era casi más importante la huella que dejaban los objetos que los objetos per se, de la misma manera que la presencia de alguien es más notable cuando se marcha y deja un vacío. Así, en las tres piezas proyectadas, los objetos adquieren un carácter simbólico, se convierten en contenedores del otro, del ajeno, del nuevo desconocido, incluso para uno mismo. El coche del padre de Inés, el corset de la abuela de las tres hermanas, el bordado que Lina sujeta al lanzarse al río, o incluso su propio pelo. Son objetos que les anclan a sus raíces, a todo aquello que ya no existe. Las protagonistas de Mumenthaler tienden también a aferrarse a cosas que no pueden tocar, que no existen. Desde la brisa que sacude el pelo de Lina en Suiza, que no se ve pero se escucha; a la fotografía del padre de Inés, que no es sino píxeles escudriñados hasta que pierden todo el sentido de artefacto. Las tres películas se organizan en torno a todos estos vacíos, estos objetos efímeros. Los planos conjuntos en los que cabían las tres hermanas en Abrir puertas y ventanas ahora parecen descompensados, la urgencia de huida que invade a Lina está en un plano detalle de sus zapatos que de pronto repiquetean en los adoquines. Todos estos vacíos ocupan espacio sin estar, en la sutileza del no mirar pero sí el escuchar, el percibir. Lina escucha el borboteo del agua que nadie más percibe, siente la luz del faro sobre su rostro y Violeta (Ailín Salas) puede conectar con su abuela colocando todo su cuerpo sobre la colcha de su cama. Las protagonistas de los largometrajes parecen estar conectadas por un hilo invisible que sensibiliza las yemas de sus dedos y agudiza sus sentidos. Un mismo hilo que conecta la distancia inabarcable entre Argentina y Suiza y cosía este ciclo íntegro, anudando las películas entre sí para crear un entramado incorpóreo. 

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