DEVUÉLVEMELA
Aunque el terror se vista de seda
Devuélvemela consolida a los hermanos Philippou como maestros del terror corporal, empeñados en transformar el dolor en materia cinematográfica tangible. La película no se limita a retratar la devoción enfermiza de una mujer, sino que hace que su casa, su ropa, incluso su cabello, cuenten la historia de su duelo, su llanto y su desesperación. En Devuélvemela, los hermanos Philippou abandonan la crudeza frenética de Háblame (2022) para sumergirse en un terror más emocional y menos performativo. Aquí, la posesión es una herida larvada que se gesta en el hogar, en lo íntimo, en las esquinas del duelo y la maternidad. Es un film donde lo técnico disecciona la forma en la que se presenta el terror, y donde el vestuario y el maquillaje revelan y confiesan más que cubren y disfrazan.

Desde su primera secuencia —una llegada silenciosa a una casa abandonada por la vida— la película establece su lenguaje: lo simbólico será visual, táctil, y eminentemente corporal. La cámara recorre la arquitectura como si se adentrara en un organismo enfermo. Andy y Piper (Billy Barratt y Sora Wong) llegan a vivir con Laura (Sally Hawkins), su nueva figura materna, mientras caminan entre paredes desconchadas, madera húmeda y espacios totalmente asimétricos. Paredes llenas de cicatrices emocionales o una cocina que, en lugar de aportar la calidez de un hogar, es fría como un altar de ritual. Todo parece detenido en un tiempo posterior a la pérdida, como si la vida hubiese huido dejando atrás únicamente a sus fantasmas. La clave, además, está en cómo los cuerpos que habitan ese espacio también han sido diseñados para manifestar el duelo. Sally Hawkins interpreta a Laura con un lenguaje físico meticuloso. Sus peinados —siempre tensos, recogidos— revelan una voluntad de control que contrasta brutalmente con el caos emocional —en el— que vive. Su maquillaje nunca es estridente, pero cada escena parece escurrirle más el color del rostro, como si su piel fuera desdibujándose cuanto más crece la obsesión. Hacia el final, cuando la pulsión se desborda, también lo hace su estética: el pelo cae, el rostro se agrieta, y en ese abandono la monstruosidad encuentra su forma. Este tratamiento del cuerpo como símbolo también atraviesa a los niños. En Piper hay algo desfasado en los tejidos, en los colores pastel que evocan una infancia estancada, parece vestida con ropa que no le pertenece. Andy, por su parte, lleva prendas suaves, como si su cuerpo aún no se hubiera endurecido frente a lo que está a punto de vivir, pero sobrellevando lo que ya ha tenido que absorber. Es significativo cómo el vestuario infantil va ensuciándose y contaminándose a medida que se intensifica el ritual de Laura: es una manifestación visual de la transgresión.

Donde Háblame utilizaba la mano embalsamada como objeto fetiche para liberar el terror juvenil, aquí todo objeto —una muñeca, una cinta de VHS, un cepillo de pelo— está cargado de liturgia emocional. El trauma está en la materia. En este sentido, Devuélvemela radicaliza el camino simbólico iniciado en su ópera prima. El dolor se habita. En este contexto, el maquillaje alcanza su punto más alto como extensión del deterioro. No se trata de cicatrices ni prótesis grotescas; el terror está en el desgaste y su progresión durante el film es más perturbadora que cualquier jumpscare. Devuélvemela elige la estética de lo roto, de lo usado, para aparentar lo que ya no es. La casa maquillada de hogar, pero que es féretro. Una madre vestida de cordura, pero que sangra desequilibrio. Una infancia inocente que ya ha sido sacrificada.
Pero si hay una secuencia que concentre todos los impulsos visuales, simbólicos y físicos de Devuélvemela es la escena en la piscina. No se trata únicamente de una culminación narrativa, sino de una cristalización formal del dolor en su estado más puro. El montaje, fragmentado y opresivo, alternando planos detalle de heridas abiertas, cuerpos sumergidos y rostros desdibujados… agonía ritualizada. El agua, elemento purificador en tantas narrativas, aquí se convierte en líquido amniótico sanguinolento, escenario de una regresión al trauma primario. Es en esa piscina donde el body horror adquiere una dimensión puramente emocional, identidades fracturadas. El rostro de Laura, desfigurado por la tensión y la rabia, se entremezcla con los reflejos del agua, como si ya no pudiera reconocerse a sí misma. Piper, atrapada entre el deseo de salvación, la angustia del ahogamiento y la imposición de una maternidad ajena, se ve sumergida, literalmente, en un dolor que la arrastra hasta el fondo. Es en esta escena donde la película parece susurrar aquello de los que quería hablarnos durante todo el metraje, y es que el dolor más inhumano no es el de la carne que se rompe, sino el de la identidad que se impone y se deforma… y todo, prácticamente, sin decir ni una palabra.
Devuélvemela (Bring Her Back, Danny Philippou y Michael Philippou, Australia y EE.UU, 2025)
Dirección: Danny Philippou, Michael Philippou / Guion: Danny Philippou, Michael Philippou, Bill Hinzman / Producción: Coproducción Australia-Estados Unidos; Causeway Films, RackaRacka Studios, SAFC Studios, Salmira Productions. Distribuidora: A24, Sony Pictures / Fotografía: Aaron McLisky / Música: Cornel Wilczek / Interpretación: Sally Hawkins, Billy Barratt, Sora Wong, Jonah Wren Phillips

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