UNA PELÍCULA INACABADA
Confinados en el cuadro

Cinco años después de que el virus Covid-19 paralizara el planeta, aún parece ser un campo poco explorado en el ámbito cinematográfico. Ante aquel evento colectivo que cambió la forma en la que nos relacionábamos, la respuesta común parece aferrarse a la negación, un intento de seguir adelante sin mirar atrás como respuesta al trauma. Así pues, las pocas películas que deciden no pasar por alto aquello que una vez nos definió a todos, aparecen como un rescate en medio del océano, un intento de imprimir una huella que parece querer ser borrada a toda costa.
Una película inacabada (Lou Ye, 2024) arranca con un grupo de cineastas rescatando el material que se rodó para una película que nunca llegó a finalizarse 10 años atrás, y deciden retomar el rodaje con el equipo original. Estos brutos a los que apenas podemos acercarnos unos minutos, parecen ser parte de una historia de amor y despertar sexual. El material que está casi siempre rodado a cámara en mano funciona como un puente pasado-presente. Las imágenes se reproducen silentes en una pantalla mientras el director Xiaouri (Mao Xiaouri) comenta por encima. El plano sonoro y el plano visual, que corresponden a dos décadas distintas, se diluyen creando un mismo tiempo cinematográfico. En el material rodado, dos jóvenes se abrazan en una cama, piel con piel, el torso desnudo. La cámara les sobrevuela y se enredan en las sábanas. La imagen se corta y se pueden ver unos segundos de los mismos chicos corriendo el uno contra el otro, antes de regresar a la sala donde se están visionando los brutos. Un segundo de libertad, de frenesí, antes de que el tiempo-espacio se detenga. El deseo parece ser algo intangible, algo etéreo que se desvanece con furor pero que los personajes están constantemente buscando. En la secuencia en la que uno de ellos se ducha, parece abrirse de pronto un milagro. Una joven graba con un iphone como su mano recorre la mampara empañada del baño. Recorre, a través del cristal, el cuerpo de él, todas sus aristas, filmando la superficie que les separa. La desesperación de sentir el calor humano que se envolvía en plástico durante la pandemia. Si ella no filmara aquello, el encuentro desaparecería, puesto que nadie dejó constancia de que existió. Pareciera que la película que no fue, actuase como una premonición de la pandemia que aún estaba lejos de estos personajes melancólicos.

Estas imágenes motivan al equipo a retomar el rodaje diez años después, con la mala suerte de que la fecha coincide con los primeros casos de Covid en la ciudad de Wuhan. El equipo artístico y técnico se queda encerrado en el hotel donde se alojan, lejos de sus familias y con la incertidumbre de no conocer el calibre real de la situación. El encierro se filma tanto por cámaras profesionales omnipresentes, como con móviles que sujetan los propios personajes. Lou Ye mezcla sin miedo píxeles y diferentes formatos de grabación, creando un dispositivo en el que tienen cabida el cuadro vertical, las grabaciones de pantalla o las videollamadas. La red que conforma los días de cuarentena no pueden entenderse sin estos medios digitales. Filmar en vertical, mirar a la calle desde arriba, se convierte en una decisión política y de imprimación generacional. Qué vieron nuestros ojos y desde qué ángulo es la continua investigación del film. Poco antes de año nuevo, Huang Xuan habla con su mujer por videollamada,la pantalla de su móvil ocupa un tercio del cuadro. Reconoce que la pandemia le ha hecho relativizar: “lo que más importa es estar con la familia de uno”. En este pensamiento, Xuan está solo, con el móvil pegado a la cara pero con su familia más lejos que nunca. Y es que cuanto más aislados están los personajes, más se acerca la cámara de Lou Ye. Los planos conjuntos y generales del principio desaparecen una vez empieza la cuarentena, como si el pedazo de metal que es la cámara también buscara el contacto físico a toda costa, en una especie de síndrome de abstinencia cuyo principal síntoma es la cámara en mano. Una desescalada de relación de planos, del conjunto al individual, del espacio por el que poder moverse al encierro total.

Estas videollamadas, los Tiktoks que filman la desesperación, la muerte y el miedo, se introducen en la película sin distancia de seguridad, casi con una rabia empañada por el duelo. Se evidencia la voluntad de dejar marca, de rescatar todo el archivo fílmico que se generó en tiempos de duda, y que Lou Ye sabe que se devaluará, a causa de su formato, su calidad o su falta de autoría (los créditos reconocen que los autores de muchos videos son desconocidos). Interrumpir la narración con su presencia supone crear un espacio para ellos, un subrayado. En todo este anonimato, en la serie de cuerpos que se mueven con la libertad que cuatro paredes les permiten delante de una pantalla, es inevitable pensar en aquellos personajes de esa película inacabada. ¿Dónde estarían en 2020? ¿Cómo habrían vivido la pandemia? Lou Ye es plenamente consciente de su incapacidad para contestar estas cuestiones. Sus propios personajes se han escapado del área confinada que es el cuadro cinematográfico y la cámara no puede sino girar 360 grados, por fin también, libre y sin máscaras.
Una película inacabada (An Unfinished Film, Lou Ye Singapur, 2025)
Dirección: Lou Ye / Guion: Lou Ye y Ma Yingli / Producción: Essential Filmproduktion / Fotografía: Zeng Jian / Reparto: Huang Xuan, Eric Qin, Qi Xi, Zhag Songwen
