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Yes!

La presencia de una cámara herida

¿Qué relevancia tiene que la figura del cineasta se interponga en la imagen de manera que el espectador perciba constantemente que esta su presencia detrás de la cámara? Podría objetarse que toda película nace de una conciencia que organiza las imágenes y que, en consecuencia, esa huella siempre existe. Sin embargo, para entrar en una película tan controvertida como Yes!  (Nadav Lapid, 2025), hay que ceñirse a lo que implica que el espectador sienta la presencia física del director articulando esta gran farsa cinematográfica. No es una operación nueva: la puesta en escena que propone Lapid lleva formulándose desde casi los inicios del cine. Podríamos remontarnos noventa y nueve años atrás, hasta Amanecer (F. W. Murnau, 1927), cuando, en un momento dado, la cámara parece flotar y desplaza las ramas de los árboles para hacer notar su propia presencia cuando descubre a los amantes, creando así una reflexión estética sobre la dimensión física y tangible del cine, donde la cámara decide hacerse visible de manera deliberada. Es precisamente ahí donde conviene situarse para enfrentarse a esta película y no perderse por otros caminos pantanosos. Porque, si bien la controversia actual puede llevarnos a interrogarnos sobre la vigencia y sentido del cine israelí, Lapid se adscribe a esa estirpe de cineastas –que han denunciado desde dentro el estado de su propio país, como Jafar Panahi o Mohammad Rasoulof–. Desde esa posición, la película nos sitúa en las antípodas de la sociedad que filma para comprender con mayor profundidad las fracturas del presente. 

El lenguaje que incorpora la cámara dice mucho más que aquello que verbalizan sus personajes. La torpeza constante de sus movimientos genera una confusión deliberada entre el cineasta y lo filmado, llevando especialmente las escenas de fiestas y bailes a un estado de movilidad permanente, muy distinto al resto del filme, cuya puesta en escena resulta aparentemente más convencional. En esos momentos la cámara no deja de desplazarse; llegando incluso a chocar con el protagonista, Y (Ariel Bronz). Ese gesto de increpar desde la propia cámara va mucho más allá de una decisión formal: supone una forma de posicionarse y desnudarse al mismo nivel que aquello que está siendo filmado. Como si Lapid afirmara: «Yo también pertenezco inevitablemente a esta sociedad, pero esto es un retrato y quienes aparecen en él son plenamente conscientes de estar siendo filmados». Construir ese lenguaje precisamente en las secuencias donde se concentra gran parte de la élite del país no es una decisión baladí. Es ahí donde Y se distancia de quienes lo cuestionan para afirmar que viven en un país cómplice de la barbarie. En ese instante, la cámara estalla en violentos barridos de 360 grados, desenfocados y vertiginosos, difuminando los rostros de quienes retrata como si esas figuras terminarán convertidas en espectros, en presencias deshumanizadas y sin identidad.

Toda la película está atravesada por decisiones formales que sostienen la relevancia de su propuesta estética, desplazando constantemente la reflexión hacia la propia movilidad de la imagen. Los zooms, los movimientos bruscos e inesperados y esa inestabilidad permanente expulsan deliberadamente al espectador de la comodidad de la narración. La película acaba construyendo un lenguaje de denuncia desde sus propias formas. Existe una distancia tan grande entre el relato y el dispositivo que, por momentos, parecen convivir dos películas distintas. Sin embargo, es precisamente esa tensión la que hace posible transmitir el dolor que atraviesa todo aquello que se filma. Porque, aunque muchos personajes compartan aquello que Lapid articula mediante su discurso estético, otros son incapaces de desprenderse de aquello que representan: genocidas y cómplices de un Estado que perpetúa la barbarie. Es precisamente ese dolor, con el que el cineasta convivirá toda su vida, el que termina convirtiéndose en la materia de sus formas. Allí donde la palabra encuentra sus límites, Lapid encuentra otra lengua posible: la del cine.

YES! (Francia, Israel, Chipre, Alemania, 2025)

Dirección: Nadav Lapid / Guion: Nadav Lapid / Dirección de Fotografía: Shaï Goldman / Montaje: Nili Feller / Producción: Judith Lou Lévy, Hugo Sélignac, Antoine Lafon, Thomas Alfandari, Janine Teerling, Marios Piperides, Janine Jackowski, Jonas Dornbach, Maren Ade, Alain Attal, Les Films du Bal, Chi-Fou-Mi Productions, AMP Filmworks, Komplizen Film, Bustan Films, Arte France Cinéma, ZDF/ARTE, Trésor Films / Música: Sleeping Giant, Omer Klein / Reparto: Ariel Bronz, Efrat Dor, Naama Preis, Aleksey Serebryakov, Sharon Alexander, Pablo Pillaud-Vivien, Idit Teperson, Shira Shaish.



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